Viñador

He visto de cerca lo que sucede cuando un líder se resiste a la rendición de cuentas de un cuerpo de líderes. No voy a contar detalles porque no es el punto, pero sí puedo decir esto: esa experiencia me llevó a buscar respuestas con más urgencia que curiosidad. Porque poco después, Dios me puso en el camino de ayudar a sembrar una iglesia. Y en el proceso de registrarla legalmente, me encontré con una pregunta que parecía administrativa pero resultó ser profundamente teológica: ¿cómo protegemos a esta iglesia desde su ADN?

Lo que encontré — o mejor dicho, lo que recordé — vale la pena compartirlo.

Hay un esquema bíblico que a menudo se pierde en la práctica. Pablo utiliza tres términos para describir una misma función desde distintos ángulos. Quién eres: anciano o presbítero (presbýteros). Habla de tu carácter, tu madurez, tu lugar en la comunidad. Qué haces: supervisas como obispo (epískopos). Habla de tu función práctica. Cómo lo haces: pastoreando (poimaínō). Habla de la manera en que ejerces esa función: cuidando, acompañando, conociendo a las ovejas.

Esto se ve con claridad en Hechos 20:17-28, donde Pablo convoca a los ancianos de Éfeso y les dice que el Espíritu Santo los puso como supervisores para pastorear la iglesia de Dios. Tres términos, una misma función, en un mismo discurso. Tito 1:5-7 confirma el patrón cuando Pablo instruye a Tito a establecer ancianos en cada ciudad y de inmediato pasa a describirlos como obispos, usando ambos términos de forma intercambiable. Pedro hace lo mismo en 1 Pedro 5:1-2, cuando exhorta a los ancianos a pastorear el rebaño de Dios, ejerciendo la supervisión. No son tres oficios en una jerarquía; son tres facetas de un mismo llamado. Y aquí está la clave que quiero subrayar: pastorear es una actividad, no un título.

El servicio — la diaconía — es otra cosa, y va en otro momento. En una etapa de siembra los papeles se entrelazan: lo primero que se levanta son ancianos, y esos mismos ancianos terminan haciendo funcionalmente lo que después harán los diáconos. Los diáconos formales se levantan cuando las actividades lo requieren, no antes. Es lo que sucede en Hechos 6: los siete no se nombran por diseño anticipado, sino porque el crecimiento generó una necesidad concreta que el cuerpo no podía seguir cargando solo. Pero eso es tema de otra entrada.

En algún punto de la historia eclesiástica, el término «pastor» se fue adhiriendo casi exclusivamente a quien predica. El que sube al púlpito es «el pastor.» Y con el tiempo esa asociación se solidificó tanto que hoy, en muchas iglesias, predicar y pastorear se usan como sinónimos. Pero no lo son. Pastorear es caminar con las personas. Es conocer sus luchas, acompañar sus procesos, estar disponible en lo cotidiano. Predicar es una de las muchas actividades que un anciano puede realizar, pero no es la que lo define como pastor. Uno puede ser un orador extraordinario y no conocer el nombre de los hijos de quienes le escuchan cada domingo. Lo más delicado es cuando el predicador mismo se siente pastor por el hecho de subir al púlpito. Cuando iguala ser orador con pastorear.

Hay otro error que se entrelaza con este y que vale la pena nombrar: equiparar la preparación teológica con la madurez espiritual. Alguien estudia en un seminario, obtiene un título, maneja bien el griego y el hebreo, y automáticamente se le percibe — o se percibe a sí mismo — como espiritualmente maduro. Pero el conocimiento teológico y la madurez espiritual no son lo mismo. Puedes saber mucho sobre Dios y conocer poco de Él. Puedes exegétar un pasaje con precisión académica y no vivir lo que ese pasaje enseña. La preparación teológica es valiosa, sin duda, pero es una herramienta, no un indicador de carácter. Los requisitos que Pablo establece para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:6-9 no son académicos: irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, hospedador, apto para enseñar, no pendenciero, no codicioso, que gobierne bien su casa. Son requisitos de carácter, de testimonio, de cómo vives con los tuyos y con los demás. Cuando confundimos título académico con madurez espiritual, terminamos poniendo en posiciones de liderazgo a personas que saben mucho pero que no han sido probadas en el servicio, la humildad ni la rendición de cuentas.

Y hay algo más que vale la pena reconocer: dos ancianos pueden conocer bien las Escrituras, amarlas profundamente, y llegar a conclusiones distintas en temas que no son centrales al evangelio. Eso no es un problema — es una realidad. La iglesia sigue siendo iglesia aunque sus ancianos no estén de acuerdo en cada detalle escatológico o en cada matiz interpretativo. Lo que los une no es pensar igual en todo, sino sujetarse juntos a la misma Palabra y caminar juntos bajo el mismo Señor. Por eso el consenso importa más que tener razón: no se trata de que uno convenza al otro, sino de que juntos busquen la voluntad de Dios con humildad, sabiendo que «ahora vemos por espejo, oscuramente» (1 Corintios 13:12). El día que un consejo de ancianos solo funcione si todos piensan exactamente igual, dejó de ser un consejo y se convirtió en un eco.

Y entonces llegan los riesgos. Si en la mente del líder «pastorear = predicar», el púlpito se convierte en su trono. Y si alguien más sube a predicar, no lo vive como colaboración, sino como amenaza. Como si le estuvieran quitando el pastoreo. Como si le arrebataran el liderazgo. Eso genera dinámicas muy dañinas: celos, territorialidad, control del micrófono, y al final una iglesia que gira alrededor de una persona en vez de ser cuidada por un cuerpo de ancianos. He visto cómo líderes en estructuras verticales ven al consejo de ancianos como un estorbo, como una «guerra de poder.» Y eso es revelador, porque si la rendición de cuentas se siente como un obstáculo, es porque ya te pusiste por encima de ella. Un anciano entre ancianos no ve al consejo como amenaza; lo ve como familia. Esto puede llegar a extremos preocupantes. He visto líderes atribuirse títulos que en la práctica los hacen incorregibles. Cuando alguien se coloca en una categoría donde nadie puede cuestionarlo, se anula cualquier posibilidad de rendición de cuentas. Pero hay que ser honestos: las estructuras verticales no solo existen porque hay líderes que las buscan. También existen porque las congregaciones las permiten. Es más cómodo tener un líder que piense por ti, que no tener que discernir, no tomar partido, no asumir responsabilidad. Y eso tampoco es bíblico.

El consejo de ancianos no es un invento organizacional moderno. Es un diseño bíblico, y creo que existe por una razón muy concreta: protección. Un líder solo no tiene quién le diga «eso no estuvo bien» o «ahí tienes un punto ciego.» El consejo funciona como espejo: te devuelve lo que no puedes ver de ti mismo. Y lima egos no por confrontación, sino por convivencia. Es muy difícil mantenerte inflado cuando tienes pares, no subordinados.

Cuando trabajábamos en la redacción de la declaración de fe lo expresamos así: «Creemos que la autoridad es delegada por Dios en las esferas de la familia, el gobierno y la Iglesia (Romanos 13:1-2; 1 Corintios 11:3). Adoptamos un modelo de liderazgo plural mediante un Consejo de Ancianos, cuyos integrantes son identificados y aprobados por la congregación con base en su carácter, servicio, testimonio y amor por las Escrituras. Este gobierno se ejerce mediante el ejemplo, la rendición de cuentas mutua (Efesios 5:21) y el consenso en el Consejo de Ancianos. Para el servicio y la administración operativa, el Consejo se apoya en Diáconos designados conforme al modelo bíblico (1 Pedro 5:1-3; Marcos 10:42-45; 1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-9; Hechos 6:3-5; Hechos 14:23).»

Eso solo funciona en pluralidad. Un pastor solo no se rinde cuentas a sí mismo. Lo digo incluyéndome: una de las razones por las que busco estas protecciones es para que si yo mismo, en un futuro, confundo mi voz con Su voz, haya un cuerpo que me lo señale. La protección no es solo contra los demás. Es también contra uno mismo. El gobierno vertical puede ser tan bueno como la relación del líder con Dios. Pero esa relación, si no hay pluralidad, siempre estará en cierta medida sin rendición de cuentas.

En medio de esta investigación, un término capturó mi atención: viñador. Según la RAE, viñador es simplemente quien cultiva o cuida viñas. Es el que trabaja la planta, no el que hace la bebida — esos son vinateros o vinicultores. Es un término funcional, no honorífico. Nadie se infla diciendo «soy viñador»; es decir «trabajo la tierra.» Bíblicamente, combina dos imágenes poderosas. En Juan 15:1, Jesús presenta un esquema claro: el Padre es el Labrador, Jesús es la Vid, y nosotros somos los pámpanos o ramas. Ahí somos ramas que dan fruto. Pero en Mateo 20:1-16, el dueño de la viña envía obreros a trabajar en ella. Y en Mateo 9:37-38, Jesús dice que la mies es mucha y los obreros pocos. Viñador, entonces, combina ambas realidades: eres rama que pertenece a la vid y obrero enviado a trabajar en la viña, bajo la autoridad del Labrador que es el Padre. No es un título que te eleva; es una función que te ubica. Para cualquier iglesia que lleve «La Viña» o «Vineyard» en su nombre, es una conexión natural: el nombre de la iglesia se encuentra con la función del liderazgo sin carga jerárquica.

Debo confesar algo: propuse este término y no fue adoptado. Por consenso del consejo, no lo usaremos de momento (al parecer solo a mí me agradaba). Y respeté esa decisión. Curiosamente, eso mismo demuestra que el modelo funciona. Propuse, el cuerpo dijo «no por ahora», y seguimos adelante juntos.

Y no fue el único caso. El párrafo de gobierno que cité arriba tampoco salió de una sola pluma: mi compañero propuso una redacción, yo propuse otra, el movimiento al cual nos queríamos afiliar tenía otra, y al final quedó otra que no fue ninguna de las tres (aunque sí se acercó más a la del movimiento de Vineyard). Se conservaron frases que yo no habría escrito y se descartaron frases que sí escribí. Así se ve un consejo cuando está funcionando. Rendición de cuentas en acción, no en teoría.

Nada de lo que escribo aquí pretende ser una imposición. Es lo que encontré buscando proteger, desde su ADN, la iglesia que estamos ayudando a sembrar. Son convicciones nacidas de las Escrituras, moldeadas por la experiencia, y sometidas a un cuerpo. Si algo de esto resuena contigo, te invito a hacer algo simple: mira tu propia comunidad con ojos frescos. ¿Hay rendición de cuentas real, o solo la apariencia de ella? ¿El liderazgo es plural en la práctica o solo en el organigrama? ¿Podrías decirle «no» a tu líder sin consecuencias? Y si eres líder: ¿podrían decírtelo a ti? Escudriña las Escrituras por ti mismo. No te conformes con lo que te enseñaron — examínalo. Los de Berea eran «más nobles» no porque aceptaban todo, sino porque «escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Esa nobleza es la que te pido. Y confío en que el Labrador sigue cuidando a su viña.

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