Amanda y yo vivíamos en Monterrey. Estábamos en una temporada de visitar el bajío con cierta frecuencia: mi madre vivía en Salamanca y mi padre en Celaya. Yo, por una razón de salud, no podía hacer largas manejadas, así que un amigo me ayudó con una ida en particular —él no trabaja los viernes, y eso lo dejaba libre para el viaje. Yo tenía programado quedarme por el bajío un par de semanas.
Con mi padre vendo unos equipos por Mercado Libre. Los fabrica él, pero con el tiempo le ha tomado más sacarlos. Para mí, ayudarle a venderlos es más una terapia ocupacional para él que algo necesario para mí. Creo que cuando alguien deja de trabajar, o de tener algo que hacer, envejece de golpe y se muere. Amanda me había puesto la condición de no trabajar hasta tarde durante ese viaje, así que entre semana me movía a Celaya y trabajaba con mi Pa de día, ayudando a sacar los equipos —que cuando no le ayudo, tardan mucho en salir.
Durante esas semanas terminamos haciendo una vuelta a Querétaro. Los detalles del cómo y el por qué los dejo para otra ocasión. Lo que importa para esta historia es que durante esa visita surgió —sin que la estuviéramos buscando en ese momento— la posibilidad de mudarnos a esa ciudad.
De regreso a Salamanca, manejando, volteé a ver a Amanda y le pregunté: ¿es en serio? ¿nos vamos a venir? Había que preguntarle a Dios.
Amanda es medio gedeónica. Pide señales milagrosas. Sacó el reporte del clima, vio que no llovería en al menos dos semanas más, y dijo: quiero que llueva esta semana como señal. Yo no soy partidario de pedir ese tipo de señales. Me incomodé, pero no dije nada. Solo le dije: bueno, pero si pasa, yo tengo unas peticiones más.
Había pasado algo parecido cuando nos casamos. Antes de la boda ella pidió que se vendiera un equipo de los que fabrico con mi padre antes de cierto día, como señal. Cuando lo dijo, le contesté: mejor sé honesta y di que no te quieres casar conmigo —porque ese equipo no se vendía seguido y además es caro. No solo se vendió. Se vendieron todos los que tenía para vender. Por cierto, no los he vuelto a vender así desde entonces.
Al día siguiente de pedir la lluvia, mientras yo regresaba de Celaya a Salamanca, empezó a llover. Amanda me marcó por teléfono y me dijo: está lloviendo. Y sí, estaba lloviendo. Le dije que la veía en un rato más, colgamos, y terminó de llover. No fueron más de cinco minutos. La lluvia no quedó registrada en Google ni en los otros sistemas que dan el clima, esos que cuando empieza a llover rápidamente cambian la probabilidad.
Le dije: bueno, ya llovió, pero yo tengo más asuntos. Tengo un despacho en Monterrey, y no puedo simplemente venirme y abandonar el lugar; necesito compartirlo para que la renta no sea tan pesada —ya lo había intentado antes, sin resultados. También tengo este presupuesto: la mudanza no puede costar más de tal cantidad, y necesita ser deducible. Necesitamos tener antes un lugar donde llegar. Y teníamos programado un viaje a Puerto Morelos de dos meses, con salida desde Monterrey y los boletos ya comprados; no quiero rentar Monterrey durante esos dos meses para luego regresar, así que necesitamos mudarnos antes, entregar Monterrey, y después de las vacaciones movernos directamente a Querétaro. Y que el avión salga de Querétaro, no de Monterrey. Y que todo el cambio no se salga del presupuesto.
Esas fueron mis condiciones iniciales (y si quieres, le decía a Dios)… supongo que en realidad no me quería mover, estaba en mi zona de confort, y para salir de ahí estaba en modo oblígame (sí, como el del meme de Shmebulock).
Pues te voy a obligar, me contestaron desde arriba. Y en lo que sigue, finísimo lector, podrás ver la respuesta.
Ya de regreso en Monterrey, el mismo día que llegamos tomamos fotos de la oficina y publicamos —como ya lo había hecho antes, sin resultados. Antes de la hora llegó el primer mensaje. Al día siguiente teníamos muchos mensajes. En la primera entrevista, la del primer mensaje, nos convencieron y traían el dinero en mano para rentar. ¿Cómo decirles que no? Yo ya había redactado el contrato desde Salamanca, así que en Monterrey solo fue actualizar datos, imprimir y firmar.
Las mudanzas que había encontrado en internet costaban el doble de mi presupuesto, más IVA. Después de cerrar la renta volví a buscar y encontré una empresa que se llama Mudanza Fácil —que es curioso, porque mi despacho originalmente se llamaba Declara Fácil. El costo era justo mi presupuesto, con factura incluida.
Después alguien nos ofreció su casa en Querétaro para llegar mientras buscábamos a dónde acomodarnos. Cuando cambié el vuelo —los vuelos— el cambio total no pasó de doscientos pesos.
Pero las señales no se terminaron ahí.
Cuando nos casamos, estuvimos en un proceso largo de pláticas prematrimoniales. El pastor me preguntaba: ¿Dios ya te ha dicho que es ella? Y yo le decía que, dentro de mi cosmovisión, Dios no te dice sí o no con respecto a ese tipo de decisiones. Más bien tiene un rango dentro del cual eres libre, mientras no contradigas sus mandatos. ¿Por qué Dios me hablaría para decirme que me podía casar con ella? Cuando llegó el momento le dijimos al pastor: ya tenemos la fecha separada en el registro civil y en el lugar del evento; nos gustaría que nos casaras. Es decir, no obtuve una indicación divina específica; tomamos la decisión.
Con lo de Querétaro fue parecido. Todo pasó tan rápido —dos semanas, el mismo tiempo que tardamos en preparar la boda— que no habíamos alcanzado a contarles a los pastores. Cuando finalmente les contamos lo que estaba pasando, nos preguntaron: ¿Dios ya se los ha confirmado mediante un pasaje en la Biblia?
Justo ese día, antes de ver a los pastores, Amanda me había compartido un pasaje que ella sentía que Dios le había dado como confirmación: Isaías 45.
Yo iré delante de ti, derribaré las alturas, romperé las puertas de bronce y haré pedazos las barras de hierro. Yo te entregaré tesoros escondidos, riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre. Por consideración a mi siervo Jacob, al pueblo de Israel, que he elegido, te he llamado por tu nombre y te he dado el título de honor que tienes, sin que tú me conocieras. Yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te he preparado para la lucha sin que tú me conocieras, para que sepan todos, de oriente a occidente, que fuera de mí no hay ningún otro. Yo soy el Señor, no hay otro. Yo creo la luz y la oscuridad, produzco el bienestar y la desgracia. Yo, el Señor, hago todas estas cosas. Yo enviaré de lo alto mi victoria, como rocío del cielo y lluvia de las nubes, y la tierra la recibirá; como fruto producirá la salvación y a su lado florecerá la justicia.
A Amanda le habló especialmente el cierre del pasaje, con la lluvia que baja del cielo —después de la lluvia que ella misma había pedido como señal. A mí me quebró otra parte: «Yo te he preparado para la lucha sin que tú me conocieras».
Los pastores nos dieron la bendición. Salíamos el siguiente fin de semana, un par de días después.
Para ese momento yo ya había hecho un inventario de todo lo que teníamos para iniciar en Querétaro. En esa lista incluí un piano que, por falta de espacio, no estaba en la casa con nosotros: vivíamos en un espacio de una sola habitación que lo era todo —cuarto, oficina, cocina; el baño, gracias a Dios, tenía puerta. Hacía un poco más de dos años habíamos prestado el piano a alguien de la congregación que quería aprender a tocar. Nadie sabía que se lo habíamos prestado. Yo se lo quería pedir de regreso para llevárnoslo. Amanda me dijo: no, ya pasó mucho tiempo, déjaselo, ahora es de él. ¿Le podía decir que no? Quizá sí, pero no lo hice. Di el piano por perdido. Además, esa persona ya había dejado de asistir a la congregación.
Un día antes de venir, mientras todavía preparábamos todo, me entró una llamada de esa persona. Me dijo: ¿cuándo puedes pasar por el piano? Ya no lo puedo tener en la casa. Le contesté: ahora mismo, voy en camino.
Las otras señales habían sido respuesta a lo que yo pedí —oficina, mudanza, vuelos, presupuesto. El piano fue distinto. Yo no lo pedí; lo había rendido. Lo había dado por perdido por obediencia a Amanda. Y justo el día antes de salir, sin que nadie supiera nada de lo que estábamos viviendo, me lo devolvieron con urgencia. Como si Dios estuviera diciendo: no solo te doy lo que negociaste conmigo; también te devuelvo lo que ya habías soltado.
Las complicaciones de la mudanza tienen su propia historia. Los muebles del segundo piso los tuvimos que desarmar —o cortar— para volver a unirlos al subir: la escalera era demasiado estrecha.
Cargamos lo que pudimos cargar. Otras cosas las dejamos. Y otras nos las robaron: mientras sacábamos cajas y subíamos por más, unos vecinos se llevaron una. Era la única caja distinta —ahí estaba nuestra ropa de diario y nuestra ropa de boda. Lo vimos después en el video de las cámaras. No nos dimos cuenta hasta ya a medio viaje, demasiado lejos para regresar.
Y aunque al piano lo había soltado antes —de mala gana, pero lo había soltado—, con la ropa fue distinto. A esa sí le teníamos apego. No la rendimos; nos la quitaron. En el momento no lo tomamos con el agrado con el que ahora lo cuento. Fue duelo. Era la caja con la ropa que nos íbamos a llevar a Puerto Morelos: queríamos fotos en la playa con esas prendas. En la carretera, a medio viaje, cuando nos dimos cuenta, lo que sentimos fue otra cosa.
Nunca voy a ver envejecer ese vestido. Tampoco esa guayabera mía con la que me casé. Pero el pacto que vestimos ese día no estaba en la tela. En nuestros anillos lleva la cita 1 Samuel 20:23, que dice: «Y que el Señor nos haga cumplir las promesas que nos hicimos el uno al otro, porque él fue testigo de ellas.» El testigo de aquellos votos no se va con lo robado. Él está en nosotros. Con Él nos venimos a Querétaro, y con Él iremos a donde nos lleve después, o donde nos deje quedarnos.
Solo quisiera ser más sensible, para ya no ser obligado.








