Un anciano entre los ancianos.

Lo que el Nuevo Testamento dice (y no dice) sobre quién gobierna la iglesia.


Hay una pregunta sencilla que casi nunca se hace en voz alta: ¿quién manda en una iglesia local? La respuesta que muchos dan por sentada es que manda el pastor principal. Hay un hombre al frente, los demás lo acompañan y la última palabra es suya. Suena ordenado. Suena bíblico. Pero cuando uno va al Nuevo Testamento a buscar esa figura, no la encuentra. Encuentra otra cosa.

Vale la pena mirar con calma, porque de esto depende cómo se gobierna la casa de Dios, y porque equivocarse aquí no es un error de organigrama. Es un error que abre la puerta a cosas que después cuesta mucho cerrar.

1. Lo que dice el texto

Empecemos por un detalle que es fácil pasar por alto. Cuando el apóstol Pedro escribe a los líderes de las iglesias, podría haberse presentado de muchas maneras. Era apóstol. Había caminado con Jesús. Tenía toda la autoridad para hablar desde arriba. Y sin embargo, cuando se dirige a los ancianos, se llama a sí mismo «anciano también con ellos» (1 Pedro 5:1). La palabra que usa es sympresbýteros: co-anciano, anciano junto a los otros.

Detengámonos ahí, porque es importante. Si alguna vez hubo un momento oportuno para instituir el cargo de «pastor principal», para decir «yo estoy por encima y ustedes por debajo», ese era el momento, y ese era el hombre. Pedro tenía el rango para hacerlo. No lo hizo. Se puso al lado. No por descuido, sino porque así es como funciona el liderazgo en la iglesia de Cristo: entre pares, no desde un trono.

Esto no es un texto aislado. Es el patrón de todo el Nuevo Testamento.

Cuando Pablo y Bernabé fundaban iglesias, en cada una nombraban ancianos, en plural (Hechos 14:23). Cuando Pablo deja a Tito en Creta, le encarga «establecer ancianos en cada ciudad» (Tito 1:5): ancianos, no un anciano. Cuando Pablo convoca a los líderes de la iglesia de Éfeso —una sola ciudad— llama a «los ancianos», en plural (Hechos 20:17). Cuando Santiago da instrucciones para el enfermo, dice «llame a los ancianos de la iglesia» (Santiago 5:14). Cuando Pablo saluda a la iglesia de Filipos, saluda a «los obispos y diáconos», otra vez en plural (Filipenses 1:1).

El patrón no se rompe en ningún lado. Una iglesia, varios ancianos.

Hay incluso un texto que conviene notar aquí, precisamente porque suele esgrimirse para lo contrario. Cuando la carta a los Hebreos pide a la congregación que se deje guiar —«Obedeced a los que os dirigen y sujetaos a ellos» (Hebreos 13:17)—, esos guías aparecen en plural. La palabra que usa no es «pastor» sino «los que os guían», y aun así el punto se sostiene, porque el versículo que más se blande para reclamar obediencia a un solo hombre habla, si se lee con cuidado, de varios: el rebaño sigue a un cuerpo de líderes, no a un soberano.

Hay algo más que conviene aclarar, porque suele confundir. En el Nuevo Testamento, las palabras anciano, obispo (o supervisor) y pastor no nombran tres cargos distintos en una escalera. Nombran lo mismo. Se ve con toda claridad en Hechos 20: Pablo llama a «los ancianos» (v. 17), les dice que el Espíritu Santo los puso como «obispos», y que su tarea es «pastorear» la iglesia de Dios (v. 28). Anciano, obispo, pastor: las tres palabras para los mismos hombres, en la misma frase. Lo mismo hace Pedro en 1 Pedro 5:1-2, donde los ancianos son llamados a pastorear ejerciendo supervisión. Y lo mismo Pablo en Tito 1, donde alterna «anciano» y «obispo» para el mismo oficio (vv. 5 y 7).

Entonces, cuando alguien dice «yo soy el pastor, ellos son los ancianos, son cosas distintas», está dividiendo lo que el texto une. No hay un oficio de pastor por encima del de anciano. Es la misma persona, la misma tarea, vista desde tres ángulos.

Conviene ser honesto en un punto: que estos tres términos nombran un mismo oficio es la lectura más natural del texto, y es la que sostiene la mayoría de las tradiciones que han mirado estos pasajes con cuidado. No es, sin embargo, la única lectura que ha existido. Ya muy temprano, en el siglo II, las cartas de Ignacio de Antioquía distinguen a un obispo único de los presbíteros, y de ahí arranca una tradición —episcopal— que ve en el Nuevo Testamento la semilla de tres oficios y no de uno. No la sigo, porque creo que fuerza una distinción que los textos no hacen: en Hechos 20, en Tito 1 y en 1 Pedro 5 las tres palabras caen sobre los mismos hombres en la misma frase. Pero digo esto para que quede claro que aquí se interpreta, no se recita una obviedad. El argumento no es «cualquiera lo ve»; es «leído con cuidado, el texto une lo que otros separan».

Falta decir una cosa más antes de avanzar, para que nadie piense que el problema de un hombre que concentra el poder es un invento moderno. No lo es. Es tan viejo como la iglesia misma. El apóstol Juan, en una de sus cartas más cortas, tuvo que confrontar a un hombre llamado Diótrefes, «al cual le gusta tener el primer lugar», que no recibía a los hermanos y echaba de la iglesia a los que querían recibirlos (3 Juan 9-10). Ya en el primer siglo, en vida de un apóstol, existía el hombre que amaba el primer puesto y expulsaba a quien lo contradecía. La Escritura no solo describe este patrón: lo nombra y lo reprueba.

2. La prueba de la lógica

Aquí es donde quiero pensar despacio, porque la mayoría de los que defienden al pastor principal no lo defienden con un versículo. Lo defienden con una costumbre. «Siempre ha sido así», «alguien tiene que mandar», «la iglesia necesita una cabeza visible». Son razones prácticas, no bíblicas, y conviene examinarlas con la misma herramienta que ellas usan: la lógica.

Pongamos sobre la mesa una incoherencia que casi nadie se atreve a mirar.

Casi todos los que defienden al pastor principal rechazan el papado. Dirán que un solo hombre no puede tener la autoridad final sobre la iglesia, que eso es contrario a la Escritura, que ningún hombre se sienta en el lugar que solo le corresponde a Cristo. Y tienen razón. El problema es que, al mismo tiempo, quieren un solo hombre con la autoridad final sobre su iglesia.

Se dirá: «pero no es lo mismo, el papa manda sobre toda la Iglesia universal, yo solo sobre mi congregación». Es verdad que la escala es distinta. Pero la escala no cambia la naturaleza de la cosa. El obispo de Roma también empezó como un obispo entre otros, y su primacía —según reconoce la propia historia de la Iglesia— no cayó del cielo ya formada, sino que creció poco a poco a lo largo de siglos: una sede que fue acumulando preeminencia, primero por el prestigio de su ciudad, luego por su región, luego sobre todas. No hace falta resolver aquí la vieja disputa entre quienes ven en ese crecimiento un desarrollo legítimo y quienes ven una usurpación. Basta notar lo que nadie niega: que la autoridad universal de Roma no estuvo ahí desde el principio, sino que se fue concentrando. El papado no es un error de otra especie que el pastor principal. Es el mismo principio, crecido.

Es la diferencia entre la bellota y el roble. No se puede condenar el roble y bendecir la bellota, porque son la misma cosa en dos momentos. Si el principio de «un hombre con la autoridad final» está sano cuando hay cincuenta personas en la sala, ¿por qué estaría enfermo cuando hay cincuenta millones? Y si está enfermo en los cincuenta millones, ya estaba enfermo en los cincuenta. El tamaño no santifica ni corrompe. O el principio sirve, o no sirve, y entonces no sirve en ninguna escala.

Quien rechaza al papa y abraza al pastor principal está rechazando el árbol mientras planta la semilla.

Llegados aquí, aparece siempre la mejor objeción, y hay que tomarla en serio. Dirá el defensor: «yo no soy como el papa, porque yo sí me someto. Respondo ante una denominación, ante otros pastores, ante un concilio. Tengo a quién rendir cuentas». Es una buena respuesta. Si fuera cierta, cambiaría las cosas. Por eso hay que examinarla.

Queda todavía una objeción, y es quizá la más seria que puede hacerse desde el texto mismo. Se dirá: «pero Pablo dejó a hombres solos al frente de iglesias. A Timoteo en Éfeso, a Tito en Creta. Les dio autoridad para nombrar ancianos, para corregir, para acallar a los rebeldes. Eso es un hombre al mando». Y es cierto que Timoteo y Tito recibieron esa encomienda. Conviene mirar qué clase de encargo era.

Timoteo y Tito no eran pastores principales de una congregación: eran colaboradores itinerantes del apóstol, enviados a un lugar por un tiempo y con una tarea concreta. Pablo se lo dice a Tito con todas las letras: lo deja en Creta «para que corrigieras lo deficiente y establecieras ancianos en cada ciudad» (Tito 1:5). Es decir, lo envía precisamente a instalar el gobierno plural y luego seguir camino. Su autoridad no era la de un dueño que se queda, sino la de un fundador que organiza y parte. A Timoteo, de hecho, Pablo le pide que vaya a reunirse con él (2 Timoteo 4:9,21); no estaba echando raíces como monarca de Éfeso. Lo que estos hombres encarnan no es el pastor principal permanente, sino la fase de fundación: alguien viene, ordena la casa, deja ancianos al frente y se va. Tomar a Timoteo como modelo del cargo vitalicio de «pastor que manda» es confundir al partero con el dueño de la casa. El que construye el andamio no se queda viviendo en él.

La Biblia da aquí un principio, no un reglamento de gobierno: «someteos unos a otros» (Efesios 5:21). Y conviene leerlo en su sitio. Pablo lo escribe describiendo la vida llena del Espíritu; es decir, cómo se comporta la iglesia cuando el Espíritu la gobierna. No es una norma administrativa: es el aire que respiran los que son de Cristo. El principio es sencillo: unos a otros. Es mutuo y es horizontal. Y nadie queda fuera de ese «unos a otros»: el que dirige, menos que nadie. Si la sumisión mutua es la marca de la vida en el Espíritu, el liderazgo no escapa de ella; al contrario, es donde más debería notarse. No es, pues, un hombre eligiendo a quién le rinde cuentas; es un cuerpo de iguales que se ven, que comparten la información, que pueden contradecirse con conocimiento de causa.

Esa reciprocidad no flota en el aire; el Nuevo Testamento la baja a lo concreto. Santiago la lleva al terreno más incómodo: «confesaos vuestros pecados unos a otros» (Santiago 5:16). Donde hay confesión mutua hay información compartida, y nadie guarda bajo llave lo que todos deberían ver. Pablo, por su parte, reparte el peso: «Llevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). La carga que se lleva entre varios no se le puede esconder a los varios.

Y aquí está la pregunta que lo decide todo: ¿esa sumisión es verificable o solo declarada?

Hay una distinción enorme entre las dos. La sumisión verificable significa que hay personas reales, con acceso real a los hechos, que pueden decirte que estás equivocado y a las que tú no puedes ocultarles nada, porque comparten el piso contigo. La sumisión declarada significa que tú dices que rindes cuentas, pero tú eliges al que te audita, tú controlas qué información recibe, y tú reportas el resultado. La primera es sumisión. La segunda es un espejo al que se le llama tribunal.

Y aquí se cae la objeción. Porque el papa también dice que rinde cuentas: ante Dios, ante la tradición, ante los concilios. Todo hombre que concentra el poder tiene auditores. El problema nunca fue que falten auditores. El problema es que el auditado controla la auditoría. Cuando el que dirige elige a sus propios jueces, decide qué saben, y luego anuncia que ya fue aprobado, no se ha sometido a nadie. Ha construido una sumisión que él mismo administra.

Por eso la pluralidad de ancianos no es un detalle de organización. Es lo que hace que la rendición de cuentas sea real y no solo una palabra. Ya lo advertía Proverbios: los planes se frustran donde no hay consejo, pero «con muchos consejeros, triunfan» (Proverbios 15:22). No es que muchos acierten siempre; es que un hombre solo no tiene quien lo detenga cuando yerra. Un cuerpo de hombres que comparten el gobierno, que conocen los hechos de primera mano y que pueden contradecirse entre sí, sostiene una vigilancia que ningún arreglo individual puede imitar. Donde hay pares verdaderos, la verdad no se administra: se ve. Y esa es, al final, la mejor protección que tiene una iglesia, y también el mejor cuidado para el que dirige, porque nadie debería cargar solo con un peso que Dios repartió entre varios.

Ya lo había dicho el Predicador con una imagen sencilla: «Más valen dos que uno solo», porque cuando uno cae, el otro lo levanta, pero «¡ay del que está solo cuando caiga y no haya otro que lo levante!» (Eclesiastés 4:9-10). Y todavía añadió que «un cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:12). El que gobierna solo no tiene quien lo levante cuando tropieza. Por eso Dios no lo dejó solo.

3. Cómo se ve el liderazgo sano

Hasta aquí podría parecer que estoy en contra de todo liderazgo fuerte, y no es así. La pluralidad no es ausencia de liderazgo. Es la forma sana del liderazgo. Conviene decir qué sí, para que no quede solo el qué no.

El Nuevo Testamento sí reconoce que entre los ancianos hay diferencias. Pablo dice que los ancianos «que gobiernan bien» son dignos de doble honor, «mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17). Hay ancianos que enseñan más, que dedican más tiempo, que tienen un don más visible para la palabra. Eso es real y es bueno. El don de enseñanza puede concentrarse en una persona. Lo que no se concentra es el gobierno. Y conviene recordar que ni siquiera la enseñanza es monopolio de uno: Pablo da por hecho que los hermanos se enseñan y amonestan «unos a otros» (Colosenses 3:16). El don de la palabra sobresale en algunos; la palabra de Cristo habita en todos.

A esta figura la tradición la ha llamado primus inter pares, «el primero entre iguales». Conviene saber, eso sí, que la frase es tardía: como locución fija no aparece en los textos clásicos, y se documenta en español y en otras lenguas modernas siglos después de Roma. Lo que sí es romano —y antiguo— es la cosa que la frase nombra, y vale la pena contarla porque encierra una advertencia. Cuando Augusto consolidó su poder, fue lo bastante astuto para no llamarse rey ni dictador: esos títulos habían costado la vida a Julio César. Eligió presentarse como princeps, «primer ciudadano», uno más entre iguales, manteniendo intacta la fachada de la república mientras por debajo concentraba en sus manos el ejército, las provincias y el dinero. En su caso, el «primer ciudadano» fue el disfraz elegante de un reinado absoluto.

Por eso la idea, bien entendida, predica justo lo contrario de lo que Augusto hizo con ella. El primero entre iguales de verdad es un anciano que enseña con más peso, que articula la visión, que dirige las reuniones, que es la cara visible cuando hace falta una. Pero cuya autoridad no está por encima de la de sus hermanos, sino dentro del cuerpo. Su voto pesa lo mismo. Puede ser corregido. No tiene la última palabra por sí solo, porque la última palabra la tiene el cuerpo de ancianos reunido bajo Cristo, que es la única cabeza de la iglesia.

La diferencia entre el primero entre iguales y Augusto no está en las palabras —ambos podían sonar igual de humildes— sino en si los iguales son reales. Augusto no tenía pares: tenía súbditos a los que llamaba iguales. Y eso es exactamente la sumisión declarada de la que hablábamos: la apariencia de igualdad administrada por el mismo que manda. La iglesia necesita lo contrario. No un primero que dice tener iguales, sino iguales que de verdad lo son.

Es la diferencia entre dirigir y reinar. Dirigir es ir al frente sirviendo, mostrando el camino, cargando más peso. Reinar es estar por encima, donde nadie te alcanza. Lo primero es un don. Lo segundo es el problema que toda esta carta de Pedro, y todo el patrón del Nuevo Testamento, vino a evitar.

Un liderazgo fuerte y sano se reconoce porque el líder quiere pares de verdad. No los tolera: los busca. Quiere hombres que le digan que no, porque sabe que esa es su protección y la de la iglesia. Lo entendió el sabio mucho antes: «El hierro con hierro se afila» (Proverbios 27:17). Un hombre sin pares es un filo que nadie vuelve a afilar. Y como sabe que la corrección de un amigo hiere pero sana, no la esquiva: «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6). El que solo quiere aplausos huye de esas heridas; el que quiere su propio bien las busca. El que huye de los pares reales no está protegiendo su autoridad. Está protegiendo algo que no resiste la luz.

4. Preguntas para una congregación

Termino no con afirmaciones, sino con preguntas. Porque una cosa es saber qué dice la Biblia y otra es saber qué tengo enfrente. Cualquier congregación puede hacerse este examen, con honestidad y sin acusar a nadie. Las respuestas dicen mucho.

¿Hay un consejo de ancianos, o hay un solo hombre con un grupo que lo acompaña? ¿Existe en los hechos, o solo en el nombre?

¿Puede el consejo de ancianos tomar una decisión que el líder principal no quiere? ¿O en la práctica nunca se decide nada contra su voluntad?

¿Las finanzas de la iglesia son visibles para más de una persona? ¿Alguien además del líder sabe de verdad qué entra y qué sale?

¿La disciplina, cuando hace falta, la diseña el cuerpo de ancianos, o la define un solo hombre que también elige la sanción y la justifica?

Cuando el líder dice que rindió cuentas, ¿a quién? ¿Esa persona tiene acceso real a los hechos, o solo conoce lo que el mismo líder le cuenta?

¿Quién puede corregir al que dirige? ¿Existe alguien con la información y la autoridad para hacerlo, o todos los caminos de información pasan por él?

Si hay un solo líder, ¿está formando ancianos que lo reemplacen, o asentándose como indispensable? ¿Trabaja para volverse innecesario, o para volverse imprescindible?

¿El consejo gobierna, o adorna? ¿Tiene dientes, o está de figura?

Estas preguntas no acusan. Solo ofrecen un criterio. Si las respuestas dibujan a un cuerpo de hombres que de verdad comparten el gobierno, gracias a Dios. Si dibujan a un solo hombre rodeado de un consejo decorativo, entonces la congregación tiene derecho a saberlo, y derecho a pedir lo que la Escritura describe: no un dueño con asesores, sino ancianos que pastorean juntos.

Porque al final, ni Pedro quiso ser más que un anciano entre los ancianos. Y si el apóstol no quiso el primer lugar, nadie tiene por qué reclamarlo.

La Última Cena como revelación del Pesaj: memoria, proclamación y esperanza.

La Santa Cena no es un rito vacío. Es memoria, proclamación y esperanza.
Cada vez que participamos del pan y de la copa, volvemos la mirada al momento en que Jesús instituyó el Nuevo Pacto —no como ruptura del Pesaj (Pascua), sino como su revelación más profunda. Aquello que por siglos señaló la liberación física de Egipto ahora encontraba su cumplimiento más alto: la liberación del pecado por medio del Cordero de Dios.

El Hallel en labios de Jesús

“Después de cantar los salmos, salieron al monte de los Olivos.”
Mateo 26:30 (NVI)

En el Pesaj se cantaba tradicionalmente el Hallel (Salmos 113–118).
Detenernos en esto un momento hace que la escena cobre un peso distinto.
Jesús cantó estos salmos sabiendo que en pocas horas sería entregado.

Entre ellos se encuentran líneas como:

“Esta es la puerta del Señor;
por ella entrarán los justos.”
Salmo 118:20 (NVI)

Él es esa puerta.
A través de Él tenemos acceso, reconciliación y vida.

Jesús no solo celebró el Pesaj;
reveló su significado verdadero

En la mesa se comía pan sin levadura y se bebía vino.
Los símbolos ya estaban allí, esperando su cumplimiento.

Jesús toma el pan, lo bendice y dice:

“Tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo:
‘Esto es mi cuerpo que por ustedes es entregado;
hagan esto en memoria de mí’.

1 Corintios 11:23–24 (NVI)

Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: «Tomen, coman; esto es Mi cuerpo».” Mateo 26:26 (NBLA)

No es simplemente una resignificación. Es quitar el velo. Es revelar que el éxodo, el cordero, la sangre, las hierbas amargas y las copas siempre apuntaron a Él. No es reinterpretar la Pascua; es mostrar aquello que la Pascua siempre había estado anunciando.

Incluso reemplaza el lavado ritual de manos por un acto aún más profundo:

Jesús lavó los pies de sus discípulos.
Juan 13:1–15

Lo que era un gesto ceremonial se transforma en un llamado de servicio y entrega. Y precisamente a eso hemos sido llamados.

En esa misma mesa, cada elemento del Pesaj adquiría un significado pleno. No solo el pan y la copa, sino todo el ritual que por siglos había narrado la liberación de Israel, ahora encontraba su cumplimiento más profundo en Él. Jesús no estaba simplemente celebrando una tradición: estaba revelando aquello hacia lo que el Pesaj siempre había apuntado.

Las cuatro copas del Pesaj y la Cena del Señor

Entre los elementos más significativos del Pesaj se encuentran las cuatro copas, cada una asociada a una declaración de Dios en Éxodo 6:6–7. Para los judíos, estas copas recordaban la obra redentora del Señor en el éxodo; para Jesús y sus discípulos, esa misma noche, adquirieron una dimensión profética que se iluminó a la luz del Nuevo Pacto.

CopaFrase de ÉxodoSignificado tradicionalRelación con la Última Cena
1. Santificación“Yo os sacaré”Separación del puebloPodría corresponder al inicio de la cena
2. Liberación“Yo os libraré”Recuerdo de salir de EgiptoParte del ritual previo
3. Redención“Yo os redimiré”Redención mediante sangre“Después de cenar tomó la copa…” (1 Co 11:25)
4. Consumación“Yo os tomaré por pueblo mío”Comunión plena con DiosJesús no la bebió esa noche

“De la misma manera, después de cenar tomó la copa y dijo:
‘Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; hagan esto, cada vez que la beban, en memoria de mí’.1 Corintios 11:25 (NVI)

Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: «Beban todos de ella; porque esto es Mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Mateo 26:27-28 (NBLA)

Aquí surgen dos lecturas entre intérpretes:

  1. La cuarta copa se “cumple” cuando Jesús dice “Tengo sed” y “Consumado es” en la cruz.
  2. La cuarta copa queda para las Bodas del Cordero, cuando beba de nuevo con nosotros.

En ambas, el mensaje brilla igual: la Consumación está ligada a su Victoria.

Y antes de salir rumbo al monte de los olivos, se cantaron los salmos, meditemos en el siguiente:

“Estimada a los ojos del Señor
Es la muerte de Sus santos.”
Salmo 116:15 (NBLA)

¿Fue la Cena antes del Pesaj?
Juan añade un matiz

Los sinópticos presentan la cena como pascual, pero Juan señala:

“No entraron al pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua.”
Juan 18:28 (NVI)

Esto abre dos posibilidades:

  • Jesús celebró el Pesaj anticipadamente, o
  • Juan está siguiendo otro calendario (sacerdotal vs. galileo).

No obstante, el punto no es la sincronía cronológica, sino la intención divina: Jesús muere en tiempos de Pascua como el Cordero. No solo narró el éxodo —lo encarnó y lo cumplió. La teología de Juan no depende del calendario, sino del simbolismo: Jesús muere cuando los corderos pascuales eran sacrificados.

Recordar — Anunciar — Esperar

Cada vez que tomamos la Cena del Señor, unimos tres tiempos:

Hacia atrás → la cruz y el sacrificio
Hacia el presente → vivimos bajo el Nuevo Pacto
Hacia adelantehasta que Él venga

“Porque cada vez que comen este pan y beben esta copa,
proclaman la muerte del Señor hasta que Él venga.”
1 Corintios 11:26 (NVI)

El Pesaj se celebraba una vez al año y en Jerusalén.
Ahora, bajo el Nuevo Pacto, no está atado a un lugar ni a un calendario.
Podemos participar cada vez que nos reunimos en Su nombre.

La Mesa del Señor se convierte así en un acto vivo:
proclamando al Cordero que quita el pecado del mundo, su Evangelio, y la esperanza en Su regreso.


Para reflexionar

Justo antes de la prueba más difícil en toda la vida de Jesús —la cruz, el peso del pecado del mundo, el abandono, el juicio y la muerte— Él encaminó su corazón con alabanzas. No huyó, no se distrajo, no se endureció: entonó los salmos. El Hijo de Dios se preparó para el sufrimiento con adoración.

Si Él, en la hora más oscura, cantó, ¿cuánto más nosotros, cuyas pruebas jamás cargarán el peso del pecado del mundo? La adoración no niega el dolor: lo orienta. Nos recuerda quién es Dios, quiénes somos en Él y hacia dónde caminamos. La alabanza no es un escape: es un ancla. Y Jesús nos mostró el camino.

Yo no sé por lo que puedas estar pasando, pero El-Roi —el Dios que ve, el Dios que no es indiferente, el Dios que mira incluso cuando nadie más lo hace, el Dios que te busca— sí lo sabe. Él no es indiferente a nuestras cargas.

Si Jesús cantó antes de la prueba, tú también puedes encaminar tu corazón con adoración. No para evadir la realidad, sino para anclarte en Aquel que nunca te pierde de vista.

¿Cómo vives la Cena del Señor? ¿Cómo vives el Nuevo Pacto?

¿Qué hay entre Dios y los hombres?

El pasado 12 de diciembre, mientras recorría la ciudad, observé las diversas expresiones populares asociadas a esa fecha y sentí la necesidad de escribir algo al respecto. En lugar de centrarme en pasajes que señalen los errores (como Isaías 44:19), preferí adoptar un enfoque positivo. Así como quien conoce bien un billete auténtico puede distinguir uno falso, es más constructivo partir de lo que sí presentan los textos antiguos utilizados por la comunidad cristiana primitiva. Por ello, planteé la siguiente pregunta: ¿Puede alguien que no sea Jesucristo recibir oraciones o actuar como mediador entre Dios y los hombres? A continuación, comparto el resultado de analizar estos 66 documentos desde diversos enfoques interpretativos.

1. Interpretación literal o gramatical-histórica

En estos textos, en su sentido más directo, se presenta a Dios como el receptor de la oración. Por ejemplo, Jesús enseña a orar directamente al Padre:

  • Mateo 6:9: «Vosotros, pues, oraréis así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos…’».

No se orienta la oración hacia seres humanos, sino hacia Dios. En cuanto a la mediación entre Dios y los hombres, un pasaje clave es:

  • 1 Timoteo 2:5: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”

Este texto subraya la exclusividad de Jesús como mediador. No menciona a ningún otro ser como mediador en cuanto a la reconciliación o la salvación.

Además, cuando se presentan situaciones en las que un ser humano o un ángel recibe algún tipo de reverencia, la reacción es siempre negativa. Por ejemplo:

  • Hechos 10:25-26: Cuando Cornelio quiso postrarse ante Pedro, este lo impidió diciendo: “Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
  • Apocalipsis 19:10; 22:8-9: Cuando el apóstol Juan intenta adorar al ángel, este lo reprende indicando que solo a Dios se debe adorar.

Estos ejemplos evidencian que ni apóstoles ni ángeles son considerados dignos de recibir adoración u oración. Esto implica que la oración y la mediación hacia Dios no se extienden a otros seres creados.

2. Interpretación alegórica

Si abordamos una lectura alegórica, donde personajes y eventos del Antiguo Testamento representan realidades espirituales más profundas, encontramos que sumos sacerdotes, profetas y reyes servían como mediadores vivos y activos entre el pueblo y Dios en su propio momento histórico. Estas figuras, plenamente vigentes mientras cumplían su función, apuntaban simbólicamente hacia el mediador definitivo: Jesucristo.

De este modo, la alegoría conduce a interpretar a Jesús como el Sumo Sacerdote perfecto (Hebreos 7:23-27; 9:11-14), dando plenitud a las mediaciones parciales anteriores.

Este énfasis en la mediación de personas vivas se ve reforzado por la prohibición de interactuar con los muertos como fuente de guía espiritual. Deuteronomio 18:10-11 prohíbe expresamente la adivinación o el contacto con espíritus de los fallecidos. Esto refuerza la idea de que no se contemplaba recurrir a quienes ya no vivían para la mediación entre Dios y los hombres.

Así, la alegoría no valida nuevos mediadores ajenos a Cristo, sino que confirma que el rol de aquellos seres humanos vivos y autorizados en su tiempo encuentra su cumplimiento pleno en Jesús.

3. Interpretación tipológica

En el Antiguo Testamento existían mediadores humanos (Moisés, Aarón, los sacerdotes) que, desde una perspectiva tipológica, anticipaban la obra de Cristo. El Nuevo Testamento aclara que estas tipologías se cumplen y consuman en Jesús (Hebreos 9:15; 12:24). Así, Cristo es el fin de todas las mediaciones humanas. No se presenta un reemplazo posterior a Él, ni se indica que otros seres humanos o celestiales deban asumir ese rol.

4. Interpretación contextual

Dentro del contexto del Nuevo Testamento, la comunidad primitiva oraba «en el nombre de Jesús» (Juan 14:13-14; 16:23-24), reconociendo en su autoridad y posición ante el Padre la clave para la comunicación con Dios. No hay testimonio en estos escritos de que los creyentes dirigieran oraciones a otros santos, a María (la madre de Jesús) o a ángeles. Por el contrario, se enfatiza que toda oración, petición e intercesión va dirigida a Dios, conscientes de que Cristo es el único mediador.

5. Interpretación moral

Moralmente, estos textos instan a la humildad y a depositar la confianza solo en Dios. Dirigir la oración a otra entidad diferente del Creador implica un desvío, ya que se deposita en una criatura la dependencia que corresponde únicamente al Señor. Jesús mismo insistió: “Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás” (Mateo 4:10, cf. Deuteronomio 6:13).

Del mismo modo, en Apocalipsis 19:10 y 22:9, cuando Juan intenta adorar al ángel, este lo corrige y le ordena adorar únicamente a Dios. Jeremías 17:5 advierte contra poner la confianza en el hombre, y Romanos 1:25 denuncia el error de intercambiar la gloria del Creador por la criatura. Así, la enseñanza contenida en estos textos llama a mantener la relación vertical con el Creador como el único objeto legítimo de adoración y dependencia total.

6. Interpretación escatológica

Considerando la consumación futura descrita en algunos de estos escritos, la adoración final se centra en Dios y en el Cordero (Cristo) (Apocalipsis 5:8-14). No se presenta ningún otro personaje recibiendo oración ni actuando como mediador en la realidad escatológica. Esto refuerza la idea de que la mediación es exclusiva de Cristo, tanto en el presente como en el futuro eterno.


Estas diversas perspectivas, en los escritos reconocidos por la comunidad cristiana primitiva, convergen en la afirmación de que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. No se presenta evidencia de que otros humanos (vivos o muertos) o ángeles deban recibir oración o actuar como mediadores. Por el contrario, cualquier acto de adoración u oración a seres distintos de Dios se desalienta.

Fe y ciencia

Acabo de leer, en uno de los foros de una de las materias que estoy cursando, la siguiente estadística: «83.6% cree más en la fe que en la ciencia», me parece que está mal planteada la forma en que hicieron la pregunta para obtener ese resultado.

La discusión sobre la intersección entre ciencia y fe es profunda y multifacética. La referencia a Pablo (el apóstol) en su carta a los romanos es particularmente pertinente y esclarecedora:

«Porque las cosas invisibles de él, desde la creación del mundo, se hacen claramente visibles, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, tanto su eterno poder, como su deidad; de modo que no tienen excusa.» Romanos 1:20 RVR60

Este versículo sugiere que a través de la observación del mundo natural—las «cosas hechas»—, podemos llegar a comprender aspectos de la divinidad. Esto indica que el universo, en su orden y complejidad, testimonia la existencia y los atributos de un creador, accesible a todos y dejando sin excusa a quienes eligen no reconocer a Dios.

Esta perspectiva no solo se alinea con la visión religiosa, sino que también encuentra eco en el pensamiento de notables científicos y pensadores, quienes han expresado su asombro ante el universo y la naturaleza. Por ejemplo:

Galileo Galilei afirmaba que «La matemática es el lenguaje con el que Dios ha escrito el universo», lo que refleja la idea de que el descubrimiento de leyes matemáticas que gobiernan el cosmos es una manera de entender el plan divino.

Albert Einstein mencionó que «Cuanto más comprendo la física, más me inclino hacia el misticismo», destacando cómo su comprensión del universo le llevó a contemplar lo místico, a pesar de sus complejas creencias personales sobre Dios y la religión.

Jane Goodall ha compartido su sentido de maravilla y conexión espiritual con la naturaleza y los animales, indicando que «Sientes esta maravilla… y sabes que estás en armonía con algo mucho más grande que tú mismo.»

Neil deGrasse Tyson observa el universo como «un cosmos sin lugar para las creencias basadas en la autoridad; veo un universo rigurosamente determinista, magníficamente indiferente a nuestras creencias personales», lo que subraya una admiración por el universo desde una perspectiva científica rigurosa.

Comparto la visión de Galileo Galilei y creo que es posible profundizar en un aspecto sin perder el otro. Porque son para propósitos diferentes. Lo que históricamente ha estado en conflicto es la relación entre religión organizada y ciencia, más que entre fe y ciencia como conceptos. La ciencia y la fe pueden coexistir y complementarse, enriqueciendo nuestra comprensión y apreciación del mundo y más allá. 

Referencias

buzonuv@uv.mx. (s. f.). El conocimiento científico presente en la vida cotidiana – Dirección de Comunicación de la Ciencia. https://www.uv.mx/cienciauv/blog/cienciavidacotidiana/

Salmo 119:71-75 NTV


71 
El sufrimiento me hizo bien,
    porque me enseñó a prestar atención a tus decretos.
72 Tus enseñanzas son más valiosas para mí
    que millones en oro y plata.

Yod

73 Tú me hiciste; me creaste.
    Ahora dame la sensatez de seguir tus mandatos.
74 Que todos los que te temen encuentren en mí un motivo de alegría,
    porque he puesto mi esperanza en tu palabra.
75 Señor, sé que tus ordenanzas son justas;
    me disciplinaste porque lo necesitaba.


Tranquilo, ya podrás ver claramente, porque todas las cosas cooperan para bien.

Oseas 6:4-7

«Oh Israel[a] y Judá,
    ¿qué debo hacer con ustedes?—pregunta el Señor—.
Pues su amor se desvanece como la niebla de la mañana
    y desaparece como el rocío a la luz del sol.
Envié mis profetas para destrozarlos,
    para aniquilarlos con mis palabras,
    con juicios tan inevitables como la luz.
Quiero que demuestren amor,[b]
    no que ofrezcan sacrificios.
Más que ofrendas quemadas,
    quiero que me conozcan.[c]
Pero igual que Adán,[d] ustedes rompieron mi pacto
    y traicionaron mi confianza.

a) En hebreo Efraín, se refiere al reino del norte de Israel. b) La versión griega traduce este término hebreo como que tengan compasión. Comparar Mt 9:13; 12:7. c) En hebreo que conozcan a Dios. d) O Pero en Adán.

Cereso

El Señor es mi pastor, tengo todo lo que necesito. Sal 23:1

El martes pasado me invitaron a una visita al CERESO (apodaca). Los invitados eran aquellos «inquilinos» que han dejado de recibir visitas. Pero son tantos que cada ocasión que van no se repiten, es impresionante la necesidad que hay dentro.

Por supuesto que desde nuestro privilegio podemos pensar que somos muy diferentes, pero no es así. Recuerdo que una de las pregunta que se hizo fue «¿Qué me dirías si te digo que estas aquí porque Dios te ama?» a lo que hubo varias respuestas…

Pero ninguna de ellas estaba de acuerdo con esa aseveración. Luego se les hicieron un par de preguntas ¿cuántos tienen alguien que hubiere muerto? (claro, no recuerdo las palabras exactas que se usaron) pero la gran mayoría levantó la mano.

Entonces hubo un silencio, y pudo sin problemas llegar la segunda pregunta: ¿Cuántos tienen a alguien que se encuentre perdido, ido completamente, a causa de las drogas? Y prácticamente las mismas personas levantaron las manos…

Lo siguiente fue; como les dije hace unos momentos «están aquí porque Dios los ama. Si estuvieran afuera seguramente estuvieran en alguna de esas dos condiciones, sin embargo ahora están aquí, perfectamente conscientes y sin peligro de muerte (al menos no de ese indole). están aquí porque, lo crean o no, Dios les ha puesto una pausa a su vida y les ha dado una oportunidad de recapacitar, sin importar lo que hubieran hecho, en este momento pueden tomar nuevas decisiones»

Fue increíble el ambiente que se sintió en ese momento, la atención era plena en ese momento. Yo no era quien hablaba, me limitaba a cargar los lonches y kits de limpieza para los más de 60 espectadores. Pero también estaba siendo ministrado.

El líder a quien yo acompañaba es alguien que en algún momento se había encontrado del otro lado de la plática (preso) y por supuesto los entendía y siente empatía al cien por ellos. Yo, a la verdad, no entiendo por lo que están pasando con exactitud, sólo teorizó sobre eso.

Dentro del CERESO es otro mundo, pero no muy diferente, con las mismas opciones que tenemos afuera; hay trabajo legal y trabajo ilegal. Y Dios sigue poniendo las mismas alternativas; «delante de ti está el bien y el mal, tu eliges».

La sesión terminó y regresaron a lo que tenían que regresar (no tengo idea). Los que tenían preguntas, después del tiempo de «lunch» se quedaron y hablamos con ellos. No fueron muchos, ya publicare sobre ellos después.

Lo que sí descubrí es que dentro hay necesidad, como la hay afuera. No tengo idea de como, pero la próxima ocasión que asista hay que llevar, al menos, 50 biblias. Si te gustaría formar parte de, mandame un mensaje. Ya sea en especie, en voluntariado o en efectivo.

A final de cuentas, la realidad es que la última palabra sobre sus vidas no se ha escrito y todo puede cambiar, sería gratificante ser parte de ese cambio.