Me amo y me dijo.

Hace unos segundos, mientras aprovechaba el tiempo en lo que espero su salida del DIF, leía el devocional que estoy llevando, se llama Mi Espíritu, Mi Responsabilidad. Este devocional en el día tres habla sobre la obediencia. El texto toca puntos interesantes, desde luego. Pero, lo que atrapo mi pensamiento fue la mención a lo ocurrido con el “joven rico”, en el evangelio de Marcos 10:21-22, le colocare en dos de mis traducciones favoritas, el 21 en NTV y el 22 en RVR60.

“Jesús miró al hombre y sintió profundo amor por él. —Hay una cosa que todavía no has hecho —le dijo—.  Anda y vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Después ven y sígueme.

Marcos 10:21 NTV

En particular, lo que me conmovió, fue lo siguiente “Jesús miró al hombre y sintió profundo amor por él”… En la Reina Valera nos traduce de forma más poética “Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo”… Justo antes confrontar esta el sentir amor, para pedir que dejara aquello que tenia cautivo su corazón, en este caso era su riqueza (material). En mi caso fueron planes, expectativas y deseos, que era donde tenia mi tesoro y esperanza.

Mi oración, y mi responsabilidad, es tener preparado mi corazón para dar pasos en obediencia. Y no me ocurra como con el joven en la historia, que valoro más aquello que tenia a lo que podría vivir al seguir a Jesús.

“Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.”

Marcos 10:22 RVR60

Cada que algo en su palabra, o en sus formas de hablarme, me confronta y me incomoda (porque pide cambiar algo en mi vida) es Dios mismo sintiendo profundo amor por mí. Conmovido, teniendo compasión y diciéndome: Una cosa te falta, hay una cosa que todavía no has hecho

Lovers go home

Ahora que empecé el día
volviendo a tu mirada
y me encontraste bien
y te encontré más linda
ahora que por fin
está bastante claro
dónde estás y dónde
estoy
sé por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola
que del vecino
territorio del amor
ese desesperado
empezarán a mirarnos
con envidia
y acabarán organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos.

Mario Benedetti


No estoy completamente seguro, me parece he experimento una primer excursión del vecino territorio del amor, no fue organizada, fue espontánea. Esta serie de atenciones y sentimientos que le tengo, puede que ya no se encuentren en donde pensaba estaban.

Aquello en donde ponemos nuestra atención termina por crecer, y nunca he sabido ocultar lo que siento. Dice Horacio Oliveira, personaje de Rayuela, que no se puede elegir en el amor, pues es un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.

Esto es mas como la construcción de una catedral, una obra sagrada, sin prisa y con tiempo, cuidando los detalles. Teniendo como objetivo la edificación, no que caiga el rayo. Sin embargo, si debe hacerlo, sea bienvenido… tampoco voy a colocar un pararrayos.

Alicia y el conejo

– ¿Pero tú me amas? – Preguntó Alicia.
– ¡No, no te amo! – Respondió el Conejo Blanco.

Alicia arrugó la frente y comenzó a frotarse las manos, como hacía siempre cuando se sentía herida.

– ¿Lo ves? – Dijo el Conejo Blanco. Ahora te estarás preguntando qué has hecho mal, para que no consiga quererte al menos un poco, qué te hace tan imperfecta, fragmentada. Es por eso que no puedo amarte.

Porque habrá días en los cuales estaré cansado, enojado, con la cabeza en las nubes y te lastimaré. Cada día pisoteamos los sentimientos por aburrimiento, descuidos e incomprensiones.

Pero si no te amas al menos un poco, si no creas una coraza de pura alegría alrededor de tu corazón, mis débiles dardos se harán letales y te destruirán. La primera vez que te vi hice un pacto conmigo mismo : «evitaré amarte hasta que no hayas aprendido a amarte a ti misma». Por eso Alicia no, no te amo. No puedo hacerlo.

Fragmento de “Alicia en el país de las maravillas” de – Lewis Carrol

2

Hay que ver las cosas como realmente fueron. Los sentimientos pueden cambiar rápido si se ponen en perspectiva.

Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.

Quédate dos días sin comer
y verás qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.

Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete y ya.

Jaime Sabines

La memoria miente, sonreímos o solo registramos los momentos que queremos, y por amor (nótese la cursiva) es fácil auto engañarnos si lo queremos creer.

En retrospectiva te das cuenta que has dado vida de más. No hay equilibrio en la balanza, y es cuando dices: Hasta aquí llegue.

El futuro

Imagina que estás pensando en el futuro y decides hacer un plan para poder tener una vejez asegurada y durante toda tu vida productiva ahorras y vas acumulando ganado (vacas), estas vacas se las encargas a alguien que te ha prometido cuidarlas, reproducirlas y sacarles la leche (y todo lo que pueda). Te ha prometido que cuando ya no puedas seguir aportando mas ganado, cuando seas viejo, te va a cuidar. Vas a vivir del fruto de tu vida y de haberle dejado a cargo su administración.

Llegado el momento (treinta días antes, por cierto), ese mayordomo de tu riqueza construida durante toda una vida de trabajo, te dice que… Pues mira, te puedo pasar algunos litros de leche, o te puedo pasar las vacas que ahorraste… pero ahora tienes que manejarlas tu. Obviamente, al llegar a esa edad solo vas querer vivir tranquilo, y te ves (veras) forzado a acceder y recibes entonces solo algunos de los litros que están generando con tu ganado. Los suficientes para vivir, con buena suerte, un poco más y con aún más suerte medianamente bien.

Lo que no menciono, de su plan maquiavelico, es que después de tu muerte el se planea quedar con todo tu ganado, a tu familia ya no le va a pasar de esa leche, ni la propiedad (derechos) del ganado. La cual por cierto te la quito al momento de preguntarte si querías hacer tu mismo la administración del ganado o si preferías un poco de leche para vivir. Algunos mayordomos son generosos y te permiten nombrar un heredero (tu hijo por ejemplo) y a tu muerte le darán el apoyo que te daban a ti, durante toda su vida.

Pero sin darle derechos sobre el ganado, mas a modo de “apoyo“. Recordemos que la leche (el apoyo) proviene del ganado que tu, durante tu vida, lograste tener. Aunque nada de eso importará para ese momento, el ganado ya no será de tu heredero. Al final se quedaran con TODO, ni la leche le darán, ni si quiera las heces a tus nietos. Es decir tu heredero, no podrá heredar.

¿Alcanzan a ver el problema en esta metáfora? Pues las entidades reguladoras no lo alcanzan a ver, o están coludidas con lo que será el atraco de riqueza mas grande de la humanidad… robarán los ahorros de toda una generación a nivel mundial. No nos tocara presenciar eso (estaremos muertos), pero si le tocara vivirlo a nuestra descendencia. Les quitaran el beneficio del trabajo de sus padres y abuelos (hablo de esta generación). Todo por lo que estas trabajando y ahorrando hoy se lo quedara al final una financiera, un banco, una aforé, un gobierno. Pero no tu familia.

A mi me crea conflicto que un seguro para el retiro, mediante ahorro, al final cuando se ha ahorrado el monto capaz de generar las aportaciones mensuales (pensión) sea no heredable. Si la mensualidad a recibir es generada por el dinero ahorrado (es decir, por su respectivo manejo e intereses), ¿por qué no son perpetuamente generadas, heredables o transferibles? ¿Por que no es posible retirar en un futuro esa riqueza, para mal gastarla o para darla a otro que la administre?

Solo puedes, al llegar a la vejes, elegir entre recibir el monto ahorrado… aunque para ese momento es lo que menos vas a querer hacer… no vas a querer manejarlo, administrarlo o arriesgarlo. A esa edad uno ya se encuentra cansado. Tendrás que recibir de forma vitalicia la pensión (pagos mensuales que son generados, lo repito de nuevo, por que es muy importante dejarlo en claro, a partir del manejo y los intereses beneficios de TU propio dinero). Hay aseguradoras, que son generosas, y te dejarán heredar esos pagos en solo una ocasión. Puedes heredar la pensión a una persona, pero esa persona no lo puede heredar a otra persona.

También te dan la opción de no dejar la pensión a alguien, y bueno, se la quedan ellos de inmediato. Otras que son aún menos éticas, se quedaran con el trabajo y ahorro de tu vida, en cuanto estés enterrado, sin darte la opción de ¿señor quiere que lo robemos ahora o después?

El problema viene desde el momento en que aceptamos la palabra pensión, para los rendimientos de nuestros ahorros. Por eso las palabras son tan importantes.

Obviamente durante el tiempo que se esta realizando el ahorro, ellos cubren el riesgo de una muerte prematura o invalidez, pero para eso ellos están cobrando un monto de seguro (el cual no va a parar a tus ahorros). La ganancia de ellos radica en la relación de los seguros contratados contra los seguros cobrados, de manera holística no de manera particular.

Aun cuando contra un cliente perdieran, pues algunos pocos podrían morir o tener invalidez antes de haber ahorrado la cantidad necesaria, la mayoría de los clientes van a llegar a acumular el ahorro completo, mas los pagos de los seguros. Es decir, que la aseguradora nunca pierde. Durante el periodo de riesgo, te paga sin perder pues esta considerando todos los flujos de pagos de sus clientes, contra los flujos de pagos de seguros. Y al llegar a la vejes, el manejo o interés del ahorro acumulado es el que te dará los pagos mensuales.

El monto ahorrado que es de donde se generan esos pagos (repito, generar es muy diferente a extraer). Es decir, el dinero de tus ahorros no se estaría agotado, o reduciendo. Al contrario, con el manejo debería de crecer y por eso me incomoda (me molesta mucho) saber que la aseguradora se lo quedará. Lo mismo que la aforé, bancos y gobiernos (aunque de este último podría entenderlo, y justificarlo un poco, si es bien manejado en favor de la sociedad).

A todas luces es un fraude a largo plazo, las letras chiquitas, la parte que no te explican (porque ni siquiera el mismo vendedor de seguro se lo explicaron). Ese es el verdadero negocio de esos instrumentos financieros, robarán a tu descendencia, es un fraude/robo transgeneracional que es difícil de detectar al momento en que adquieres el *servicio.

“It is well enough that people of the nation do not understand our banking and monetary system, for if they did, I believe there would be a revolution before tomorrow morning.”
Henry Ford

El futuro no es un lugar al que vamos, es un lugar al que nos llevan (aún si somos conscientes), la única manera de crear el futuro es dirigiendo el presente. ¿Conoces alguna manera de evitar ese futuro y poder dirigir el presente?

Diálogos 01

– La nueva normalidad que quieren imponer a la fuerza es la nueva esclavitud. El engaño es simple… Deja tu realidad y vive la nueva normalidad. Deja tu forma de vivir, deja de dar abrazos y aprecio, obstruye la comunicación con el cubrebocas, no respires aire puro, no te relaciones con nadie y deprime tu sistema inmune sin salir de tu casa. Tu decides si dejas tu realidad, tu libertad por una normalidad impuesta. Es la prueba final que nos da la vida si realmente estás vivo o muerto por dentro.

– Que no te hayas infectado solo es un asunto de probabilidad. Y asumir que es a causa de que es tu “sistema inmune” es egolatría. Espero no te toque pasar por eso.

– En base a tu sistema de creencias si, pero es fácil determinarlo, cuando creas un carro, primero se crea en la mente y luego físicamente, no debemos subestimar lo mental, de ahí viene todo.

– Hay factores que no dependen de tu percepción, por ende, no son relativos a tu sistema de creencias. Que tú creas que puedes sobrevivir a la embestida de un ferrocarril (Por mucho que lo hagas en tu mente) eso no va a pasar. Lo mismo ocurre con este virus, lo que tú creas no afecta la realidad, que tú creas que es falso no lo hace falso.

– Uno se pone en las vías del tren para que sea atropellado o no por él, existen las leyes físicas pero uno usando magia se pone en el lugar adecuado para no ser afectado por cuestiones externas.

– No es como que puedas determinar “donde están las vías” para no ponerte y para eso son las normas de la “nueva normalidad” no es una “nueva esclavitud”, es una forma de prevenir y ES la realidad actual. Ingeniero ¿leí/escribió bien? ¿magia?


Llega la nueva sección de diálogos, directamente de alguna conversación en la red, algún amigo (regularmente) y yo. ¿Cuál de las dos voces creen que sea la mía?

El barril de amontillado.

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo.

Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.

-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Se llevó la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¿Y cuál es la lema?
-Nemo me impune lacessit
-¡Muy bien! -dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.

Le miré sorprendido. Él repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Este -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediendo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Se apoyó pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado.

Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.

En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo.

Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.

-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.

Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.

El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:

-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat.

FIN

Firma de Edgar Allan Poe

Título original The Cask of Amontillado publicado en Filadelfia en la revista/editorial Godey’s Lady’s Book en la sección Tales of the grotesque and arabesque en 1846.


Irónicamente, el lema «Nemo me impune lacessit» que significa «Nadie me ofende impunemente» esta atisbando el futuro de su amigo, dando gota a gota las intenciones, pero nunca dejando verlas por completo. Edgar lo utiliza como ahora usamos frases casuales, por ejemplo: ¿Ya leíste el libro “Busca una vida”? Muy interesante el lema, su vinculo con Edgar y otras tantas cosas… pero no te arruinare lo divertido de su búsqueda por Internet.

¿Cuál es tu obra favorita de Edgar Allan Poe? ¿Has tenido amigos a los que quisieras mostrar tu barril de amontillado? Evidentemente, cuando Jorge Luis Borges escribía sobre el perdón, la venganza y el olvido… no había leído a Edgar.