Tardía

Me debiste haber tomado la mano, mucho mas que la mano, aquella ocasión, mientras caminábamos por las arboledas a esperar tu camión de regreso… O de menos la mano. No entiendo indirectas. Solo cuando analizo eventos pasados me doy cuenta de todo eso.

¡Todo eso! Como cambia con unos signos (entenderían más con una foto de ¡Todo eso!) Y cuan vano de esa manera suena. Pero todo eso, es más que “todo eso” (en el dos mil diez y tantos). Y  ahora todo eso es solamente todo esto, este escrito.

La francesa

Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: « J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiserie como si dijeran «comme vous devez êter cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.

FIN

Adolfo Bioy Casares