«Comprendí que para entender el sentido de la vida, primero era necesario que la vida no fuese sin sentido y malvada, y después, usar la razón para comprenderla.»
León Tolstói
Empecé «Confesión» pensando que estaba leyendo a Dostoyevski. Lo tenía en mi lista de libros pendientes y en algún punto confundí al escritor, claro que la portada en el Kindle no favorecía que leyera el nombre del autor. En ocasiones me salto los prólogos, buscando tener esa primera experiencia que tiene quien los suele escribir. Además, son casi exactos contemporáneos (Tolstói 1828–1910, Dostoyevski 1821–1881), ambos rusos hasta la médula, ambos obsesionados con el sufrimiento, la culpa y el sentido frente a la muerte.
Pero mientras avanzaba entendí que la confusión se confirmó, en mi mente, de otro lado: no es que se parezcan en estilo, es que comparten el mismo tipo de honestidad brutal que casi nadie más se atreve a poner en papel (claro, sin la honestidad casi grotesca de Bukowski, que también me gusta, pero es tema de otra entrada).
Rondando el capítulo X u XI, creció mi curiosidad y me puse a investigar. Por lo regular me gusta conocer la vida del autor para saber si realmente tiene autoridad para hablar. Tolstói escribe esto en la cúspide de su éxito. Ya había publicado Guerra y Paz y Ana Karenina. Tenía fama, familia, riqueza, el respeto de media Europa. Y aun así, alrededor de los cincuenta años, cayó en una desesperación tan profunda que llegó a esconder una cuerda de su propio cuarto por miedo a usarla contra sí mismo.
Eso ya es suficiente para desconfiar de cualquier fórmula fácil de «ten éxito y serás feliz». Pero lo que hace que el libro valga la pena no es esa premisa —bastante trillada, si somos honestos—, sino a dónde te lleva después.
Lo que pasó en esos capítulos fue que el libro dejó de ser queja existencial y se volvió algo más. Tolstói escribe su propia respuesta —»maldad y sin sentido»— y entonces hace la corrección que cambia todo: esa respuesta no describía la vida humana en general. Describía su vida. Una vida dedicada, dice él mismo, a complacer sus propios deseos.
Ahí está el quiebre real del libro, y es más incómodo que cualquier crisis filosófica abstracta: no es «la vida no tiene sentido», es «mi vida no tenía sentido porque la viví para mí mismo.» Tolstói no se limita a describir el vacío. Va más lejos y desmonta las salidas fáciles con las que cualquiera de nosotros intentaría taparlo: vivir «para la familia», vivir «para la humanidad». Son, dice, la misma forma de egoísmo aplazado.
No exagero si digo que reconocí, casi paso por paso, la misma secuencia: la simplicidad ingenua de joven, la insatisfacción después de lograr cosas que se supone deberían llenar algo, la exploración por todo lo que la humanidad tiene para ofrecer como respuesta, y al final, el mismo tipo de mirada crítica sobre los credos y sistemas religiosos que había heredado sin cuestionar del todo.
La diferencia principal es que yo nunca fui ateo —aunque hubo momentos en que hubiera preferido que fuera tan simple como eso. Pero el punto de quiebre es el mismo: entender, no como idea sino como experiencia vivida, que uno es egoísta y vive para sí mismo. Esa es la precondición incómoda que nadie te cuenta de antemano. Mientras sigues viviendo para ti mismo, la verdad —aunque te la pongan enfrente— no tiene dónde aterrizar.
Lo que hace que «Confesión» no caiga en autoayuda disfrazada de clásico es que Tolstói nunca ofrece una resolución barata. No hay un «y entonces encontré a Dios y todo se arregló.» Lo que hay es un hombre que se despoja, capítulo tras capítulo, de cada salida cómoda —la ciencia, la filosofía, la vida disipada, la religión institucional tal como la había recibido— antes de llegar a algo que pueda sostener con honestidad.
Es un libro corto. Se lee en un par de sesiones. Pero no es un libro fácil, en el sentido de que no te deja tranquilo. Te obliga a preguntarte, mientras lees, para qué estás viviendo realmente, y si la respuesta te gusta tanto como crees.
Lo recomiendo sin reservas, sobre todo si alguna vez has llegado a un logro —una carrera, un título, un proyecto terminado— y sentiste el hueco en lugar de la satisfacción que se suponía debía estar ahí.
