¿Alguna vez has visto algo que te hizo voltear para otro lado? ¿Alguna vez has ignorado a alguien? Para mi vergüenza yo sí lo he hecho, y más seguido de lo que quisiera admitir — en ocasiones porque siento que no puedo hacer nada, y en otras porque mi mente dice “no se lo merece”, “él me hirió primero”, “no es mi asunto”.
Lee los pasajes antes de entrar al texto: Salmo 113:5-6, Filipenses 2:6-8, Mateo 11:29, Isaías 53:7, Hebreos 12:2, Miqueas 6:8, Salmo 127:1, 1 Juan 2:6.
Dios no es así con nosotros.
El salmista lo dice de una manera que desarma: está entronizado en las alturas, y se inclina para mirar. No aparta la vista. Se asoma.
Y Filipenses me dice que no se quedó asomado. Aunque era Dios, y es Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Renunció a sus privilegios, adoptó la posición de esclavo, y nació como un ser humano. Algunas versiones lo dicen así: se humilló a sí mismo. Es decir, no solo no apartó la mirada — además de vernos, bajó hasta nosotros.
Y estando entre nosotros, nos dijo y nos sigue diciendo: “Déjenme enseñarles, porque soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma.” Nos lo demostró cuando llegó el momento de la humillación más profunda. Isaías ya lo había anticipado: maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca. No se defendió, no protestó, no exigió lo que merecía. Sostuvo la humillación desde adentro, en silencio.
Así como en ocasiones he apartado la mirada, también he estado del otro lado: cuando necesitaba ser visto, y alguien volteó para otro lado. ¿Alguna vez te has sentido humillado?
Me fijo en lo que pasa por dentro cuando eso ocurre. Me siento humillado porque creo que no merezco esto. Y aparto la mirada del otro porque creo que no merece ser visto. Es la misma moneda, por los dos lados: lo que espero. Lo que ya creía acerca de mí y de los demás antes de que alguien hiciera nada.
Y hay algo más que ese párrafo confiesa sin querer: estaba esperando ser visto por alguien. Mi mirada no estaba puesta en Jesús — estaba puesta en quien quería que me mirara. Y cuando espero que mi valor venga de ahí, lo estoy tomando del lugar equivocado.
Y la otra mitad es igual. Cuando dejé de ver a la otra persona, tampoco tenía la mirada en Jesús. La tenía puesta en ella — en la que no quería mirar. Irónico: para decidir que no merecía ser vista, primero tuve que verla, medirla, y dictar sentencia. Nunca fue que no la vi. Fue que la vi sin Él.
«¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno!
¿Y qué es lo que espera de ti el Señor?:
Practicar la justicia,
amar la misericordia
y caminar humildemente ante tu Dios.»
Miqueas 6:8 (NVI)
Selah — detente y piensa.
Aunque hay versiones que no dicen “caminar humildemente”, sino “humillarte ante tu Dios”. La NVI misma decía “humillarte” en su edición anterior y “caminar humildemente” en la actual. Es decir: el mismo equipo decidió que las dos frases dicen lo mismo — y eligió la que, sospecho, le duele menos al lector de hoy. Pongo atención a cuál de las dos me suena mejor — porque eso también habla de mi corazón.
Caminar humildemente y caminar humillándome me suenan a cosas muy distintas, y la distancia entre las dos es exactamente la distancia entre cómo me valoro y cómo me ve Él. Porque no hay diferencia: caminar humildemente es humillarme ante mi Dios. Es saber y reconocer de dónde viene la valoración adecuada respecto a quién soy y cómo debo ver a los demás. Y justo ahí está el secreto del descanso del alma.
La humildad y la humillación tienen un vínculo directo: si habito en humildad, puedo sobrellevar la humillación. No porque sea fuerte, sino porque ya no dependo de lo que los demás piensen o hagan conmigo.
Pero esto no es algo que simplemente decido tener un día. No es diferente al amor: lo amo a Él porque Él me amó primero. De la misma manera, puedo caminar en humildad porque Él primero se humilló para venir a mí. Porque Él soportó su propia humillación — y me dice Hebreos que soportó la cruz sin importarle la vergüenza, por el gozo que le esperaba. Eso es lo que se me da, antes de que se me pida algo. Y lo que se me pide, en ese mismo versículo, es volver a la mirada: quitarla de quien quería que me mirara, y fijarla en Él.
Y si caminar en humildad con Él no está en su lugar, el Salmo 127 me da una bofetada necesaria: si el Señor no protege la ciudad, de nada sirven los guardias. Si Jesús no tiene el control de mi corazón, en vano me esfuerzo. Y si no ando con Él en humildad, lo que venga de afuera me va a humillar.
Por eso, cada vez que me siento humillado o herido, puede ser una invitación a revisar si estoy caminando en humildad. No como condena — sino como brújula. Mi humillación habla de mi camino; lo que el otro dijo o hizo habla del suyo. Todos estamos en el camino. La transformación no es un interruptor; es una obra que Él prometió completar.
Y mientras la completa, el camino ya está marcado:
“El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo.”
1 Juan 2:6