Hay una pregunta sencilla que casi nunca se hace en voz alta: ¿quién manda en una iglesia local? La respuesta que muchos dan por sentada es que manda el pastor principal. Hay un hombre al frente, los demás lo acompañan y la última palabra es suya. Suena ordenado. Suena bíblico. Pero cuando uno va al Nuevo Testamento a buscar esa figura, no la encuentra. Encuentra otra cosa.
Conviene decir desde el principio qué se afirma aquí, para que no se discuta otra cosa. No sostengo que en una iglesia nadie destaque, ni que todos hagan lo mismo, ni que las decisiones se tomen contando manos en una asamblea. Habrá siempre un hermano que enseñe con más peso, que articule la visión, que dirija la reunión, que sea el rostro visible cuando hace falta uno — y eso es bueno, y el Nuevo Testamento lo muestra.
Tres cosas discuto, y solo tres. Primera: que ese hombre tenga la última palabra por razón de su puesto. Segunda: que lleve un adjetivo que lo diga. Tercera: que una casa se dé por sana sin preguntarse a quién está levantando. Las dos primeras son sobre cómo se gobierna una iglesia; la tercera es sobre qué produce, y la dejo para el final porque es la que más me importa y la que menos se pregunta.
El Nuevo Testamento conoce columnas y conoce principales, y cada vez que los nombra entre hermanos los nombra en plural o dentro del grupo — Santiago es columna junto a Cefas y Juan, Judas y Silas son principales entre los hermanos. Lo que no aparece nunca es uno solo llevando esa palabra sobre los demás. Todo lo demás lo concedo de entrada. Si alguien responde a estas páginas describiendo a un hermano que enseña, articula y va al frente dentro de un cuerpo que de verdad puede contradecirlo, y que al cabo de los años tiene más ancianos que cuando empezó, no me habrá refutado: habrá dicho lo mismo que yo.
Vale la pena mirar con calma, porque de esto depende cómo se gobierna la casa de Dios, y porque equivocarse aquí no es un error de organigrama. Es un error que abre la puerta a cosas que después cuesta mucho cerrar.
I. La última palabra
Lo que dice el texto
Empecemos por un detalle que es fácil pasar por alto. Cuando el apóstol Pedro escribe a los líderes de las iglesias, podría haberse presentado de muchas maneras. Era apóstol. Había caminado con Jesús. Tenía toda la autoridad para hablar desde arriba. Y sin embargo, cuando se dirige a los ancianos, se llama a sí mismo «anciano también con ellos» (1 Pedro 5:1). La palabra que usa es sympresbýteros: co-anciano, anciano junto a los otros.
Detengámonos ahí, porque es importante. Si alguna vez hubo un momento oportuno para instituir el cargo de «pastor principal», para decir «yo estoy por encima y ustedes por debajo», ese era el momento, y ese era el hombre. Pedro tenía el rango para hacerlo. No lo hizo. Se puso al lado. No por descuido, sino porque así es como funciona el liderazgo en la iglesia de Cristo: entre pares, no desde un trono.
Aquí alguien podría detenerme, y con razón aparente: «pero Pedro no era un anciano cualquiera. A él le fueron dadas las llaves del reino (Mateo 16:19). A él, tres veces, el Señor le dijo «apacienta mis ovejas» (Juan 21:15-17). Y a él, en la última cena, el Señor le encargó en singular: «tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Que hable con humildad no borra la comisión que tenía». Es una buena objeción — la mejor que puede hacerse aquí — y merece mirarse con los tres textos abiertos.
Las llaves. Y aquí tengo que corregirme, porque en esto yo mismo afirmé de más. Solía responder que la potestad de las llaves es el atar y desatar, y que como eso se les da a todos los discípulos dos capítulos después (Mateo 18:18), no queda primacía. Pero léase el versículo con cuidado: «a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos» (Mateo 16:19). Se dan dos cosas, y Mateo 18:18 repite solo la segunda. Puede ser que la segunda explique a la primera — el griego admite esa lectura y no la voy a descartar —, pero también puede ser que sean dos, y en ese caso mi respuesta anterior se quedaba corta. Así que no la usaré: concedo lo más costoso de las dos lecturas y sigo desde ahí. El atar y desatar es de todos, y eso el texto lo dice. Las llaves se le dan a Pedro, y solo a él.
Ahora bien, ¿qué son? Aquí es donde hay que tener el nervio de no completar el texto. Mateo no lo dice. La imagen viene de Isaías, donde la llave de la casa de David se pone sobre el hombro de un hombre que abre y nadie cierra (Isaías 22:22). Y conviene leer también el versículo anterior, porque se citará contra mí: de ese hombre se dice que será «padre al morador de Jerusalén y a la casa de Judá» (v. 21). Es lenguaje de mayordomía, y fuerte. Pero mírese de quién es la casa: Eliaquim administra lo que no es suyo, en nombre de un rey que sigue siendo el rey, y el capítulo termina diciendo que ese mismo clavo bien afirmado será quitado y caerá (v. 25). Es figura, y de ahí a un cargo hay un trecho que el texto no anda.
Lo que sí podemos hacer es mirar qué hizo Pedro con ellas, porque Hechos lo cuenta: fue el que abrió la puerta. Predicó el primer sermón y se abrió a los judíos (Hechos 2), estuvo cuando se abrió a los samaritanos (Hechos 8), y entró en casa de Cornelio para que se abriera a los gentiles — «Dios ha concedido también a los gentiles arrepentimiento para vida» (Hechos 11:18). Tres puertas, una vez cada una. Que eso sea lo que las llaves significaban, Hechos no lo dice y yo no lo puedo probar: es mi lectura, y la pongo como tal. Lo que sí está escrito es que el hombre a quien se le dieron fue el que estuvo en las tres aperturas, y que después no vuelve a aparecer la palabra.
Y ahora lo que decide el punto para este ensayo, que no es qué son las llaves sino qué se hace con ellas después. Ningún texto las transmite. Nadie más en el Nuevo Testamento las recibe, las reclama, o es llamado el que las tiene. Una puerta se abre una vez; después queda abierta, y el que la abrió no se queda de portero cobrando entrada. Concedo, pues, todo lo que el texto da: Pedro recibió algo que nadie más recibió. Y sostengo lo que el texto no da: que de ahí salga un oficio, y menos un oficio local y permanente, no está escrito en ninguna parte. El hombre que tenía las llaves escribió a los ancianos y se llamó anciano junto a ellos. Si las llaves hubieran significado rango sobre sus hermanos, ese es el renglón donde se habría notado.
Juan 21. Lo de Juan 21 conviene leerlo entero. Pedro había negado al Señor tres veces. Y el Señor, resucitado, le pregunta tres veces «¿me amas?», y tres veces le encarga las ovejas. Tres negaciones, tres restauraciones. La escena entera gira en torno a una pregunta de amor, no a una investidura de rango: es un pastor caído siendo levantado, no un hombre siendo puesto por encima de los demás.
Y en el griego el diálogo es todavía más hondo. Las dos primeras veces Jesús pregunta con agapao — el amor que se da sin condición —, y Pedro, que acaba de caer, responde con phileo — el cariño que sí se atreve a ofrecer. A la tercera, el Señor no insiste: baja a la palabra de Pedro y le pregunta con phileo. Lo que entristece a Pedro es, creo, eso: descubrir que el Señor tuvo que ajustar la pregunta al tamaño del amor que él podía dar esa mañana. Leer ahí la institución de un cargo supremo es afirmar más de lo que está escrito; lo que está escrito es un hombre restaurado con el amor más pequeño que tenía, y puesto a apacentar desde ahí. (Quien quiera ver ese descenso renglón por renglón, con el interlineal delante, lo dejé en Tres preguntas, dos palabras.)
Lucas 22:31-32. Queda el tercero, y es el más incómodo de todos, así que lo pongo entero: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos». Un hombre nombrado, un encargo en singular, los hermanos como objeto. Si algún versículo pudiera fundar una primacía petrina, es este.
Léase con el versículo anterior pegado, que es donde empieza. Satanás pidió zarandearos — plural, los pidió a todos. Jesús oró por ti — singular, uno solo. Y luego mírese qué viene tres versículos después: «no cantará el gallo hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (v. 34). Ese es el marco entero. No estamos en una investidura: estamos en la mesa donde se le anuncia a un hombre que va a caer esa misma noche. «Una vez vuelto» no es una fecha de toma de posesión — es la condición de quien todavía tiene que volver de algún sitio. Lo que el versículo le da a Pedro es la promesa de que su fe no se acabará en la negación, y una tarea para el día después de la vergüenza.
Y nótese quiénes son los que va a confirmar: sus hermanos. La misma palabra otra vez, en el lugar donde habría cabido cualquier otra. El que confirma no queda por encima del confirmado; queda de vuelta, y con trabajo.
Pero lo que me parece que zanja el asunto es dónde está escrito esto. Ocho versículos antes, en esa misma mesa y esa misma noche, los discípulos estaban discutiendo cuál de ellos sería el mayor, y el Señor les contestó que entre ellos no sería como entre los gentiles (Lucas 22:24-26) — a ese pasaje volveremos, porque tiene más que decir. Por ahora basta la vecindad: en esa misma conversación, minutos antes, el Señor acababa de decirles que el mayor sería como el más joven y el que dirige como el que sirve. Quien quiera leer en «confirma a tus hermanos» la institución de un primado tiene que explicar por qué el Señor habría instituido en el versículo 32 un lugar sobre los hermanos, después de haber definido en el 26 que el que dirige lo hace sirviendo — y sin que Lucas note nada. Es más sencillo leer lo que está: un hombre a punto de negar, sostenido por la oración de Cristo, encargado de levantar a los suyos cuando se levante él.
El apostolado y el renglón pertinente. Pero el dato que a mí más me pesa es otro, y para que pese hay que decirlo con precisión. Se me recordará, y con razón, que Pedro sí se llama apóstol: está en la primera línea de las dos cartas — «Pedro, apóstol de Jesucristo» (1 Pedro 1:1), «Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo» (2 Pedro 1:1). Es cierto, y no lo escondo. Escribe como apóstol, y por eso lo que escribe es Escritura.
Lo que quiero notar es otra cosa, y es más estrecha. Esas dos líneas encabezan cartas dirigidas a congregaciones enteras. Cuando llega el capítulo donde se dirige a los ancianos como grupo — el lugar exacto donde un rango sobre ellos habría sido pertinente — no vuelve a poner el apostolado sobre la mesa. Ante las iglesias, apóstol. Ante los ancianos, «anciano también con ellos» (1 Pedro 5:1).
Y hay que leer ese versículo entero, porque tiene tres cláusulas y yo he citado una. Pedro se llama también testigo de los padecimientos de Cristo, y participante de la gloria que será revelada. Concedo lo que eso da: no es un hombre borrando su historia, y ninguno de esos ancianos podía decir de sí mismo lo primero. Pero mírese qué clase de cosas son las otras dos. Testigo es lo que vio — un hecho de biografía, no un rango sobre nadie. Y participante de la gloria que será revelada es, precisamente, lo que esos ancianos también son: esa frase no lo separa de ellos, los junta en la misma esperanza. De las tres cláusulas, la única que describe su relación con los hombres que lo leen es la primera, y esa dice junto a.
La objeción de Filemón. Y aquí hay que aceptar una réplica seria, porque el argumento tal como lo he puesto tiene un flanco. Se dirá: «que un hombre hable como par no prueba que lo sea. En el Nuevo Testamento, precisamente, el que tiene autoridad suele hablar como si no la tuviera. Pablo le escribe a Filemón: aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor (Filemón 8-9). Ahí está un hombre con autoridad eligiendo el lenguaje del ruego. Si el lenguaje humilde probara la ausencia de autoridad, ese versículo sería imposible». Es cierto, y es la mejor objeción que se le puede hacer a lo que acabo de escribir.
Pero mírese qué hace exactamente Pablo en ese versículo, porque es justo lo contrario de lo que la objeción necesita. Pablo nombra la autoridad que está dejando de usar. La dice con todas las letras antes de rogar: tengo libertad para mandarte, y no voy a mandarte. Ese es el patrón, y no está solo — a los corintios les escribe que no se enseñorea de la fe de nadie (2 Corintios 1:24), pero también les advierte que si vuelve no será indulgente (2 Corintios 13:2). El apóstol que se abaja deja constancia de desde dónde se abaja. El Nuevo Testamento tiene una manera de decir «podría mandar y elijo rogar», y la usa cuando hace falta.
Eso es precisamente lo que falta en 1 Pedro 5:1. Pedro no dice «aunque soy apóstol, les hablo como anciano». No hay cláusula concesiva, no hay un rango nombrado para dejarlo de usar, no hay nada que el lector deba descontar. Lo que sí nombra — testigo, participante — no es autoridad puesta a un lado, es lo que vio y lo que espera. Dice qué es en relación con ellos: anciano juntamente con ellos. La objeción, bien traída, no me quita el argumento — me da la herramienta para afinarlo. Si Pedro hubiera tenido rango sobre esos ancianos y hubiera elegido no usarlo, tenemos el molde exacto de cómo lo habría escrito, porque Pablo lo escribió. No está escrito así.
Seré preciso sobre quién debe demostrar qué: el que afirma que existía esa autoridad tiene que mostrarla escrita; señalar que no aparece no es construir un argumento sobre el silencio, es negarse a afirmar lo que el texto no dice. Son cosas distintas. El silencio no prueba mi lectura; pero tampoco autoriza la contraria, y la contraria es la que necesita el texto que no tiene.
El patrón
Esto no es un texto aislado. Es el patrón de todo el Nuevo Testamento. Cuando Pablo y Bernabé fundaban iglesias, en cada una nombraban ancianos, en plural (Hechos 14:23). Cuando Pablo convoca a los líderes de la iglesia de Éfeso — una sola ciudad — llama a «los ancianos», en plural (Hechos 20:17). Cuando Pablo saluda a la iglesia de Filipos, saluda a «los obispos y diáconos», otra vez en plural (Filipenses 1:1). El patrón no se rompe en ningún lado. Una iglesia, varios ancianos.
Hay incluso un texto que conviene notar aquí, precisamente porque suele esgrimirse para lo contrario. Cuando la carta a los Hebreos pide a la congregación que se deje guiar — «Obedeced a los que os dirigen y sujetaos a ellos» (Hebreos 13:17) —, esos guías aparecen en plural. La palabra que usa no es «pastor» sino «los que os guían», y el versículo que más se blande para reclamar obediencia a un solo hombre habla, si se lee con cuidado, de varios.
Y hay algo que conviene aclarar, porque suele confundir. En el Nuevo Testamento, las palabras anciano, obispo y pastor no nombran tres cargos distintos en una escalera. Nombran lo mismo. Se ve con toda claridad en Hechos 20: Pablo llama a «los ancianos» (v. 17), les dice que el Espíritu Santo los puso como «obispos», y que su tarea es «pastorear» la iglesia de Dios (v. 28). Anciano, obispo, pastor: las tres palabras para los mismos hombres, en la misma frase. Lo mismo hace Pablo en Tito 1, donde alterna «anciano» y «obispo» para el mismo oficio (vv. 5 y 7). Y Pedro, a los ancianos, les encarga precisamente esto: «apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» (1 Pedro 5:2) — el anciano es quien pastorea.
Entonces, cuando alguien dice «yo soy el pastor, ellos son los ancianos, son cosas distintas», está dividiendo lo que el texto une. No hay un oficio de pastor por encima del de anciano. Es la misma persona, la misma tarea, vista desde tres ángulos.
Conviene ser honesto en un punto: que estos tres términos nombran un mismo oficio es la lectura más natural del texto, y es la lectura que sostienen muchas tradiciones que han mirado estos pasajes con cuidado. No es, sin embargo, la única lectura que ha existido. Ya muy temprano, en el siglo II, las cartas de Ignacio de Antioquía distinguen a un obispo único de los presbíteros, y de ahí arranca una tradición — episcopal — que ve en el Nuevo Testamento la semilla de tres oficios y no de uno. No la sigo, porque creo que fuerza una distinción que los textos no hacen: en Hechos 20 y en Tito 1 las tres palabras caen sobre los mismos hombres en la misma frase. Pero digo esto para que quede claro que aquí se interpreta, no se recita una obviedad.
Diótrefes. Falta decir una cosa más antes de avanzar, para que nadie piense que el problema de un hombre que concentra el poder es un invento moderno. No lo es. El apóstol Juan, en una de sus cartas más cortas, tuvo que confrontar a un hombre llamado Diótrefes, «al cual le gusta tener el primer lugar», que no recibía a los hermanos y echaba de la iglesia a los que querían recibirlos (3 Juan 9-10). Ya en el primer siglo, en vida de un apóstol, existía el hombre que amaba el primer puesto y expulsaba a quien lo contradecía. La Escritura no solo describe este patrón: lo nombra y lo reprueba.
Y quien traiga esa carta hará bien en notar cómo firma el que la escribe: «el anciano» (2 Juan 1; 3 Juan 1), en singular. Es cierto, y no lo escondo — pero mírese qué hace con ese título: no lo usa para gobernar su propia casa, sino para escribirle a otra que no es suya, y anunciar que cuando vaya recordará las obras de Diótrefes (v. 10). Lo que la carta muestra es a alguien que interviene desde fuera en una casa ajena, que es justamente lo que un pastor local no puede hacer. Y el remedio que la Escritura aplica al hombre del primer lugar es otro que llega de fuera con autoridad apostólica para intervenir en una casa que no es la suya. Ese remedio se acabó cuando se acabaron los que la tenían. Lo que quedó instalado para cuando ya nadie viene de fuera es lo que venimos leyendo: un cuerpo de ancianos en cada casa.
Ignacio y Clemente. Un detalle sobre Ignacio, porque su testimonio pesa y no es honesto esconderlo. Sus cartas son tempranas — a una generación de los apóstoles — y describen al obispo único no como novedad que defender, sino como orden ya asentado. Alguien dirá, con razón aparente: «una estructura tan extendida, tan pronto, no puede ser una corrupción lenta; lo más razonable es que venga de los apóstoles mismos».
Es un argumento serio. Pero nótese qué tipo de argumento es: es una inferencia histórica hacia atrás, desde lo que Ignacio describe hacia lo que los apóstoles habrían instituido. Y entre Ignacio y los apóstoles está, precisamente, lo que los apóstoles sí escribieron. Los textos que describen el gobierno de las iglesias — Hechos, las cartas a Timoteo y Tito, 1 Pedro, Filipenses, Santiago — son anteriores a esas cartas, y en todos ellos el patrón es plural. Se me recordará el candidato clásico a excepción: las cartas de Apocalipsis 2–3, dirigidas cada una «al ángel» de su iglesia — un singular por congregación. Pero fundar un oficio de gobierno sobre esa palabra es construir sobre lo incierto dos veces: no sabemos qué es ese «ángel» (¿un mensajero? ¿una figura celestial? ¿un líder? — se ha sostenido todo), y el libro entero habla en símbolos que él mismo debe descifrar. Donde la Escritura describe gobierno con lenguaje llano, el plural no falla; para romper ese patrón haría falta algo más firme que la palabra más discutida del libro más simbólico.
Y hay un segundo dato, del mismo periodo: la iglesia de Roma escribió una carta a la de Corinto — la que la tradición llama Primera de Clemente — protestando porque los corintios habían depuesto a sus presbíteros. Nótese todo lo que ahí está en plural: la carta la envía una iglesia, no un obispo que la firme; los agraviados son presbíteros, varios; y el gobierno que la carta describe y defiende es el de siempre — obispos y diáconos, en plural, puestos por los apóstoles. Un documento entero sobre el gobierno de dos iglesias que cada vez que nombra a los que gobiernan habla de obispos y presbíteros en plural no es lo mismo que la ausencia de documentos: es un testigo hablando del tema, y hablando en plural.
Y ya que la traje yo, hay que decir también lo que hay en ella que no me conviene, porque el que cita una carta entera no puede citarla a medias. Esa carta argumenta el orden de la iglesia con una analogía escalonada — sumo sacerdote, sacerdotes, levitas, y el que no es ninguna de las tres cosas, cada uno en su propio rango. Quien quiera usar esa carta a favor de una estructura de grados tiene ahí con qué, y no se lo voy a esconder. Lo que hay que notar es qué produce: la analogía escalonada no pone a un presbítero sobre los otros: pone a los presbíteros, como cuerpo, distintos de la congregación. Y la sucesión que la carta describe recae sobre presbíteros, en plural, que es por quienes protesta. En una carta larga, escrita expresamente sobre quién gobierna y con qué derecho, no aparece por ningún lado el hombre único al frente de Corinto.
Se dirá todavía algo más fino: «las revoluciones dejan cicatrices. Si la iglesia entera abandonó el diseño apostólico en una generación, ¿dónde está la controversia? Ningún escritor de ese tiempo registra la protesta». El argumento suena fuerte hasta que uno mira qué lo sostiene: es una inferencia sobre lo que la historia debió dejar registrado, aplicada a un periodo del que casi no conservamos registros. El hueco entre los apóstoles e Ignacio es el que está casi vacío: de esos años nos quedan un puñado de documentos. Deducir de un archivo casi vacío que «no hubo protesta porque no quedó escrita» es construir sobre el silencio — y sobre un silencio doble: el de lo que no se escribió y el de lo que no sobrevivió. Yo no sé qué controversias hubo en esos años, y no voy a inventar la historia que el texto no cuenta. Pero el que afirma que no hubo ninguna está inventando exactamente igual, solo que hacia el otro lado.
Y una carta protestando por el trato dado a un cuerpo de presbíteros es, si se quiere usar la palabra, una cicatriz.
Y ya que esta distinción la uso más de una vez en estas páginas, conviene dejarla escrita. Una cosa es deducir de lo que no se conservó, y otra leer lo que un documento conservado no dice teniendo que decirlo. Lo primero construye sobre el vacío. Lo segundo mide un texto por su propio asunto — y solo vale cuando el documento trata el tema y el renglón es el suyo.
De ahí no afirmo más de lo que da: no sé cómo se gobernaban las demás ciudades, ni qué pasó después. Lo que sí puedo decir es que el cuadro conservado no muestra un episcopado único ya universal y sin fricción: muestra una región donde Ignacio lo describe asentado, y dos iglesias grandes donde, por las mismas fechas, un conflicto de gobierno entero se discute sin que la figura aparezca.
Tenemos que elegir entre inferir el diseño desde una generación después, o leerlo en los documentos de la generación misma. Yo elijo los documentos.
Timoteo y Tito
Antes de avanzar, queda una objeción, y es quizá la más seria que puede hacerse desde el texto mismo. Se dirá: «pero Pablo dejó a hombres solos al frente de iglesias. A Timoteo en Éfeso, a Tito en Creta. Les dio autoridad para nombrar ancianos, para corregir, para acallar a los rebeldes. Eso es un hombre al mando». Y es cierto que Timoteo y Tito recibieron esa encomienda. Conviene mirar qué clase de encargo era.
Timoteo y Tito recibieron autoridad real, y no hay que disimularlo. A Timoteo, Pablo le da instrucciones para juzgar acusaciones contra ancianos — «Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos» (1 Timoteo 5:19) — y le escribe para que sepa «cómo debes conducirte en la casa de Dios» (1 Timoteo 3:15). Eso es supervisión sobre el cuerpo de ancianos, y lo concedo entero, porque está escrito.
Ahora miremos cómo estaba diseñado ese encargo. A Tito, Pablo se lo dice con todas las letras: lo deja en Creta «para que pudieras terminar nuestro trabajo ahí y nombrar ancianos en cada ciudad, tal como te lo indiqué» (Tito 1:5) — la tarea es instalar el gobierno plural. Y al final de la misma carta le describe cómo termina el encargo: «Cuando envíe a ti a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí en Nicópolis» (Tito 3:12). Llega el relevo, y Tito parte. Un cargo vitalicio no funciona por relevos; una comisión sí. Con Timoteo, la secuencia es la misma: «procura venir pronto a verme» (2 Timoteo 4:9), «procura venir antes del invierno» (v. 21) — y en medio anota: «A Tíquico lo envié a Éfeso» (v. 12). Y entre esos ruegos hay un detalle doméstico que dice más que muchos argumentos: «Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos» (v. 13). Un hombre instalado de por vida como monarca de Éfeso no está esperando relevo ni recibiendo encargos de equipaje. Las cartas enteras respiran tránsito.
Falta un versículo, y es el más fuerte que tiene el argumento contrario, así que lo traigo yo. A Tito, al cerrar el capítulo dos, Pablo le escribe: «Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie» (Tito 2:15). Con toda autoridad. Dicho a un hombre, en una isla, en la misma carta donde se le manda nombrar ancianos en cada ciudad.
Concedo lo que da: es autoridad real. Ahora léase de qué es autoridad, porque el versículo empieza con un pronombre y el pronombre tiene antecedente. «Esto» es el capítulo entero que acaba de terminar: qué se les enseña a los ancianos y a las ancianas, a los jóvenes, a los siervos; y la gracia de Dios que nos enseña a vivir sobria, justa y piadosamente (Tito 2:1-14). Léase la lista completa y búsquese ahí una sola instrucción de gobierno. No la hay. Lo que Tito tiene autoridad para hablar, exhortar y reprender es doctrina y conducta — la palabra que Pablo le dejó, no las decisiones de una casa.
Y adviértase de dónde saca esa autoridad, porque el capítulo anterior también lo dice. El anciano debe retener «la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tito 1:9). Es el mismo verbo y la misma tarea, escrita como requisito de cualquier anciano calificado. Tito no tiene ahí una facultad que los ancianos de Creta no vayan a tener: tiene la que se les está pidiendo a ellos, ejercida por el que llegó primero a enseñarla. Si ese versículo probara un oficio sobre el cuerpo, probaría que cada anciano que retiene la palabra fiel lo tiene también.
Queda el final: «nadie te menosprecie». Es la misma preocupación que Pablo tiene con Timoteo — «ninguno tenga en poco tu juventud» (1 Timoteo 4:12). No se le dice a un hombre cuya posición está fuera de discusión; se le dice al que puede ser desatendido, y por eso hay que respaldarlo por escrito. Es el respaldo de un apóstol a un enviado joven que llega a una casa ajena. Un hombre con la última palabra por su puesto no necesita que le manden una línea diciendo que no lo menosprecien.
Lo que estos hombres encarnan es la fase de fundación: delegados del apóstol que ejercen autoridad real mientras la casa se ordena, dejan ancianos al frente y siguen camino. Y aquí está el punto que decide la cuestión: para que Timoteo fuera el modelo del «pastor principal» como oficio permanente, haría falta que algún texto dijera que ese rol continuaba después de él — que otro hombre heredaría su tipo de autoridad, que cada iglesia debía tener uno. Ningún texto lo dice. Lo que sí dicen los textos es qué quedaba al partir los delegados: ancianos, en plural, en cada ciudad. El que construye el andamio ejerce autoridad real sobre la obra; lo que no hace es quedarse viviendo en él, ni heredarlo.
Se dirá que ese texto existe y que yo mismo lo cito: «lo que has oído de mí… encárgalo a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). Pero léase qué se transmite ahí y a quiénes. Lo que se encarga es el depósito de la enseñanza, no un cargo; y se encarga a hombres, en plural, que enseñarán a otros, en plural. Es una cadena que se ensancha en cada eslabón. Lo que haría falta para el argumento contrario es lo contrario: un texto donde el tipo de autoridad de Timoteo pase a un hombre, en singular, para una iglesia. Ese no está.
Se dirá todavía algo más: «pero Pablo siguió escribiendo con autoridad a iglesias que ya tenían ancianos — a los corintios, a los gálatas, a los mismos efesios. El vínculo del fundador no se disolvió el día que se nombraron ancianos». Es cierto que siguió escribiendo. Pero nótese qué son esas cartas: enseñanza de un apóstol dirigida a congregaciones enteras — «a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos» (Filipenses 1:1) —, no órdenes de un fundador a un consejo. En ninguna de ellas manda al cuerpo de ancianos en virtud de haber plantado la iglesia. Y nótese algo más, que la objeción no ve: todas están escritas desde lejos. Un hombre que dirige por carta desde otra ciudad es la prueba de que la casa camina sin él — y quien la gobierna mientras tanto son los ancianos que dejó. El propio Pablo lo dijo al despedirse de los de Éfeso: vienen lobos «después de mi partida», y la guardia queda en manos de ellos; él los encomienda «a Dios, y a la palabra de su gracia» (Hechos 20:29, 32). No se encomendó a sí mismo.
La sumisión que se verifica y la que se declara
Llegados aquí, aparece siempre la objeción que de verdad hay que tomar en serio. Dirá el defensor: «yo no soy como el papa, porque yo sí me someto. Respondo ante una denominación, ante otros pastores, ante un concilio. Tengo a quién rendir cuentas». Es una buena respuesta. Si fuera cierta, cambiaría las cosas. Por eso hay que examinarla.
Hay una distinción enorme entre las dos. La sumisión verificable significa que hay personas reales, con acceso real a los hechos, que pueden decirte que estás equivocado y a las que tú no puedes ocultarles nada, porque comparten el piso contigo. La sumisión declarada significa que tú dices que rindes cuentas, pero tú eliges al que te audita, tú controlas qué información recibe, y tú reportas el resultado. La primera es sumisión. La segunda es un espejo al que se le llama tribunal.
Y aquí se cae la objeción. Porque el papa también dice que rinde cuentas: ante Dios, ante la tradición, ante los concilios. Todo hombre que concentra el poder tiene auditores. El problema nunca fue que falten auditores. El problema es que el auditado controla la auditoría. Cuando el que dirige elige a sus propios jueces, decide qué saben, y luego anuncia que ya fue aprobado, no se ha sometido a nadie. Ha construido una sumisión que él mismo administra.
Lo que sí baja a lo concreto la reciprocidad son otros textos, y no dependen de discusión ninguna. Santiago la lleva al terreno más incómodo: «confesaos vuestros pecados unos a otros» (Santiago 5:16). Donde hay confesión mutua hay información compartida, y nadie guarda bajo llave lo que todos deberían ver. Pablo reparte el peso: «Llevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). La carga que se lleva entre varios no se le puede esconder a los varios. Y nadie queda fuera de esos mandatos: el que dirige, menos que nadie. No es un hombre eligiendo a quién le rinde cuentas; es un cuerpo de iguales que se ven, que comparten la información, que pueden contradecirse con conocimiento de causa.
Conviene decir de qué clase es lo que voy a citar ahora, porque yo mismo he dicho que las razones de costumbre y conveniencia no son razones bíblicas. Lo que sigue es sabiduría, no mandato: describe cómo funcionan las cosas, no instituye el gobierno de la iglesia. No fundo nada en ello. Lo traigo porque ilumina lo que ya está fundado en otra parte.
Dicho eso: ya lo advertía el proverbio — los planes se frustran donde no hay consejo, pero «con muchos consejeros, triunfan» (Proverbios 15:22). Alguien dirá, y tiene razón en el dato, que esta clase de dichos son dichos de corte: retratan a un rey que decide rodeado de consejeros, no a un cuerpo que decide junto. Es cierto, y por eso no los uso para probar la estructura — la estructura ya quedó leída en Hechos, en Tito, en Filipenses, en Santiago. Lo que sí dicen estos, y lo dicen para cualquiera, es lo que le pasa al que está solo cuando cae. Eso no depende de si el que cae es rey o anciano.
Ya lo había dicho el Predicador: «Más valen dos que uno solo», porque cuando uno cae, el otro lo levanta, pero «¡ay del que está solo cuando caiga y no haya otro que lo levante!» (Eclesiastés 4:9-10). Y todavía añadió que «un cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:12). El que gobierna solo no tiene quien lo levante cuando tropieza. Por eso Dios no lo dejó solo.
La semilla y el roble
Aquí es donde quiero pensar despacio, porque la mayoría de los que defienden al pastor principal no lo defienden con un versículo. Lo defienden con una costumbre. «Siempre ha sido así», «alguien tiene que mandar», «la iglesia necesita una cabeza visible». Son razones prácticas, no bíblicas, y conviene examinarlas con la misma herramienta que ellas usan: la lógica.
Pongamos sobre la mesa una incoherencia que casi nadie se atreve a mirar. Casi todos los que defienden al pastor principal rechazan el papado. Dirán que un solo hombre no puede tener la autoridad final sobre la iglesia, que eso es contrario a la Escritura. Y tienen razón. El problema es que, al mismo tiempo, quieren un solo hombre con la autoridad final sobre su iglesia.
Se dirá: «pero no es lo mismo, el papa manda sobre toda la Iglesia universal, yo solo sobre mi congregación». Es verdad que la escala es distinta. Pero la escala no cambia la naturaleza de la cosa. El obispo de Roma también empezó como un obispo entre otros, y su primacía — según reconoce la propia historia de la Iglesia — no cayó del cielo ya formada, sino que creció poco a poco a lo largo de siglos. No hace falta resolver aquí la vieja disputa entre quienes ven en ese crecimiento un desarrollo legítimo y quienes ven una usurpación. Basta notar lo que la historia documenta: que el ejercicio de la autoridad universal de Roma no estuvo ahí desde el principio, sino que se fue extendiendo.
Es la diferencia entre la bellota y el roble. No se puede condenar el roble y bendecir la bellota, porque son la misma cosa en dos momentos. Si el principio de «un hombre con la autoridad final» está sano cuando hay cincuenta personas en la sala, ¿por qué estaría enfermo cuando hay cincuenta millones? Y si está enfermo en los cincuenta millones, ya estaba enfermo en los cincuenta. El tamaño no santifica ni corrompe. O el principio sirve, o no sirve, y entonces no sirve en ninguna escala.
Hablo, conviene precisarlo, de una sola casa: la iglesia. El principio que examino es «un hombre con la última palabra sobre el pueblo de Dios» — no la autoridad de un padre en su hogar ni la de un rey en el pacto antiguo, que son otras casas con otro diseño. Por qué esta casa tiene el diseño que tiene, lo veremos más adelante.
Y nótese que el argumento no depende de cuánto tarde la bellota en crecer. Rápido o lento, en siglos o en una generación, lo que se planta es lo mismo. La pregunta nunca fue cuándo germina la semilla, sino qué semilla es.
Conviene decir desde ahora a quién se examina aquí, porque no es al hombre. No estoy diciendo que el pastor de la esquina sea un papa en miniatura, ni que su corazón albergue lo que el papado llegó a ser — no conozco su corazón, y este ensayo no juzga el corazón de ningún hombre en particular. Examino la semilla, no la mano que la sostiene. La mano puede ser limpia, sacrificada, sincera — y la semilla seguir siendo la que es. Precisamente por eso el argumento no se responde con biografía: decir «yo no soy así» no toca la pregunta, porque la pregunta nunca fue cómo eres tú. Es qué planta el principio, lo plante quien lo plante.
Quien rechaza al papa y abraza al pastor principal está rechazando el árbol mientras planta la semilla.
La objeción del Antiguo Testamento
Y aquí hay que responder una pregunta que el lector atento ya se habrá hecho, porque es la mejor pregunta que puede hacerse contra todo lo dicho: ¿y el Antiguo Testamento? Ahí el patrón parece el contrario. Moisés al frente del pueblo. Los jueces, uno a la vez. David en el trono. Un hombre singular, rodeado de ancianos, con la última palabra. Si ese fue el diseño de Dios durante siglos, ¿por qué no habría de serlo ahora?
Porque algo cambió entre aquel tiempo y este, y no lo digo yo: lo dice la Escritura, y lo dice en cadena. En aquel tiempo, el Espíritu de Dios reposaba sobre personas particulares — sobre Moisés, sobre los jueces, sobre los reyes — y de forma revocable: Saúl lo perdió, y David, después de su pecado, rogó «no quites de mí tu santo Espíritu» (Salmos 51:11). El pueblo seguía al hombre sobre quien estaba el Espíritu, porque el Espíritu no estaba sobre todos. El liderazgo singular no era un capricho: correspondía a esa distribución.
Pero mírese lo que pasó un día con Moisés, el líder singular por excelencia. Dios tomó del Espíritu que estaba sobre él y lo repartió sobre setenta ancianos — ancianos, en plural, «y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo» (Números 11:17). Nótese contigo: los setenta no lo reemplazan ni lo borran; se le suman, y Moisés sigue ahí después del versículo. Lo que cambia no es quién es Moisés. Es cuántos llevan. Y cuando dos de ellos profetizaron fuera de turno y Josué pidió que se les prohibiera, Moisés respondió con uno de los deseos más grandes que registra la Escritura: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos» (Números 11:29). El hombre que cargaba solo deseó en voz alta el fin de su propia exclusividad.
Ese deseo se volvió promesa en boca de Joel: «derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Joel 2:28). Y la promesa se volvió hecho en Pentecostés, donde Pedro se levanta y declara: «esto es lo dicho por el profeta Joel» (Hechos 2:16). Sobre toda carne. Ya no sobre el hombre al frente mientras el pueblo mira: sobre cada creyente. «Vosotros tenéis la unción del Santo» — escribe Juan a la congregación entera, no a sus líderes (1 Juan 2:20).
Pongo los textos en fila y digo lo que veo. Y digo también qué clase de cosa es lo que estoy diciendo, porque importa: esto es una inferencia, no una cita. Ningún versículo dice «por eso la iglesia se gobierna en plural». Lo que hay es una cadena, y la cadena sí está escrita: Moisés lo deseó, Joel lo prometió, Pedro lo declaró cumplido. Lo que sigue de ahí lo concluyo yo, y lo pongo a la vista para que se pueda examinar: el liderazgo de un solo hombre correspondía al tiempo en que el Espíritu estaba sobre uno solo, y ese tiempo terminó. Y por eso un gobierno que concentra en un hombre la dirección espiritual de la casa no es simplemente una opción de organigrama entre otras: opera, en la práctica, como si Pentecostés no hubiera ocurrido. Trata el discernimiento como propiedad de uno cuando Dios lo derramó sobre todos. Privatiza lo que fue derramado. Y como es inferencia, digo también qué la desmontaría, y lo digo con cuidado para no pedir menos de lo que sostengo ni más de lo que sería justo. No me basta con que a un hombre se le encomiende una obra en una casa: eso lo tienen Timoteo y Tito, y lo concedo entero. Lo que desmontaría esto es un texto posterior a Pentecostés donde el lugar sea permanente y transmisible: un hombre que herede de otro la dirección de una iglesia, o una instrucción de que cada casa tenga uno. Eso es lo que la tesis contraria necesita, y es lo que no encuentro. Si está, lo leo y corrijo.
Y aquí alguien hará la pregunta más aguda de todas: «si dirigir a creyentes ungidos privatiza la unción, ¿por qué cinco ancianos no la privatizan igual que uno? ¿Por qué el principio muerde al uno y perdona a los cinco?» La respuesta es que la distinción no la puse yo: la puso el texto. La misma Escritura que declara la unción sobre todos es la que instituye ancianos con requisitos que no todo creyente reúne todavía (1 Timoteo 3:1-7, Tito 1:5-9), reconocidos por la iglesia y constituidos en cada ciudad. Y adviértase quién escribe ambas cosas: el mismo Pablo. El apóstol del Espíritu derramado sobre toda carne es el apóstol que manda establecer ancianos calificados. Si el argumento de Pentecostés disolviera todo gobierno, pondría a Pablo contra Pablo. No lo hace, porque el principio nunca fue «nadie dirige»: fue «ninguno trata el discernimiento como monopolio de su puesto».
Ya estaba, además, en la primera escena de todas: el mismo capítulo donde Dios reparte el Espíritu sobre setenta ancianos es el capítulo donde Moisés desea que todo el pueblo profetice. El anhelo de la unción universal y el gobierno de un cuerpo plural conviven ahí sin tensión, puestos por Dios mismo. Lo que ese capítulo no contiene — y no lo contiene ningún capítulo posterior a Pentecostés — es un hombre ordinario con la última palabra sobre sus hermanos, de manera permanente y por razón de su puesto.
Y hay una diferencia más, que no es de número sino de estructura: dentro de un cuerpo, cada anciano tiene pares con autoridad e información para corregirlo; el hombre con la última palabra en solitario no tiene a nadie estructuralmente capaz de hacerlo. Cinco que se auditan entre sí no son uno multiplicado por cinco. Lo que cambia no es la cantidad: es que existe la relación. Nadie se audita a sí mismo, y donde hay uno solo no hay a quién. Eso es la sumisión verificable hecha carne.
Números 12: la singularidad que Dios defiende. Y hay una objeción todavía más fina, que usa contra mí lo que yo mismo subrayé. Se dirá: «acabas de decir que en ese capítulo conviven la unción universal y el cuerpo plural. Pero ahí convive algo más, y lo notaste tú: el contigo de Números 11:17 — los setenta llevan la carga con Moisés, y Moisés sigue siendo Moisés después del versículo. Entonces el reparto del Espíritu no abolió la cabeza única cuando ocurrió por primera vez. ¿Por qué habría de abolirla ahora?» Es la mejor objeción que se le puede hacer a esta sección, y es justa: si el reparto y la cabeza convivieron una vez, pueden convivir siempre.
Miremos entonces qué es Números 11 dentro de la cadena, porque ahí está la respuesta y no la puse yo. Números 11 no es el cumplimiento de nada: es el primer paso de un movimiento que el propio capítulo declara incompleto. Lo declara Moisés, en voz alta, en el mismo capítulo: ojalá todo el pueblo profetizara. Si el reparto sobre setenta hubiera sido el diseño terminado, esa frase no tendría sentido — es la frase de un hombre que mira lo que acaba de pasar y dice que falta. Y lo que falta lo prometió Joel y lo declaró cumplido Pedro. De modo que la convivencia de Moisés con los setenta no es el modelo permanente: es una etapa, y el texto mismo dice hacia dónde iba.
Y hay algo más, que es lo que decide. La cabeza que convive con los setenta no es una cabeza cualquiera: es la de aquel a quien Dios hablaba boca a boca, y ya veremos que esa condición no se repite. Cuando se acabó Moisés, lo que quedó no fue otro Moisés — quedó Josué preguntando por medio de un sacerdote. Y cuando se acabó la sombra entera, lo que quedó no fue un hombre: quedó el que la Escritura llama el buen pastor. El opositor tiene razón en que reparto y cabeza convivieron. Lo que no puede mostrar es un solo momento en que la cabeza fuera un hombre ordinario en la casa de Dios — ni antes de Pentecostés, donde era Moisés, ni después, donde es Cristo.
Y antes de salir de Números tengo que quedarme un capítulo más, porque el que viene después es el que más incomoda a esta sección, y prefiero traerlo yo. En Números 12, Aarón y María dicen esto: «¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?» (v. 2). Léase despacio, porque suena parecido a mí. Y Dios no lo aprueba: desciende, los llama, y responde que a los profetas se les habla en visión y en sueños, «no así a mi siervo Moisés… boca a boca hablaré con él» (vv. 6-8). Ahí está, en el capítulo siguiente al que vengo usando, Dios defendiendo la singularidad de un hombre.
Concedo todo lo que el texto da, y da bastante: hubo una singularidad de Moisés, era real, y Dios la defendió Él mismo. No la voy a disolver diciendo que el pasaje trata de otra cosa.
Pero mírese qué singularidad es, porque el texto la nombra con precisión y no deja lugar a confusión. Lo que Aarón y María reclaman es haber hablado — «¿no ha hablado también por nosotros?» — y lo que Dios defiende es cómo le habla a Moisés: boca a boca, no en visión. La disputa entera es sobre el canal de la revelación. No sobre quién decide, ni quién gobierna, ni quién tiene la última palabra en la congregación. Nadie en ese capítulo pide compartir la carga. La carga ya se había repartido un capítulo antes, por acto de Dios, sobre setenta hombres, y a ninguno de los setenta se le reprocha nada — ni ahí, ni después. Nótese lo que Números 12 no hace: no revoca a los setenta, no les retira el Espíritu, no dice que el reparto fuera un error. Los dos capítulos quedan juntos en la Escritura sin que el segundo toque al primero.
Y ahora la pregunta que decide el asunto, que no es sobre Aarón ni sobre María: ¿quién puede pararse detrás de ese capítulo? Porque el escudo de Números 12 no cubre a un hombre por dirigir una casa. Cubre a aquel a quien Dios habla boca a boca. Esa es la condición que el propio texto pone, y la Escritura ya dijo dos veces que esa condición no se repite: «nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara» (Deuteronomio 34:10). Y cuando el Nuevo Testamento vuelve a ese lugar, lo asigna: Moisés fue fiel como siervo en toda la casa de Dios; Cristo, como hijo, sobre su casa (Hebreos 3:5-6). La silla de Números 12 tiene ocupante, y no está vacante.
Números 27: el sucesor que no hereda lo esencial. Y hay que ir todavía un poco más lejos en el libro, porque el que quiera este argumento completo tiene derecho al capítulo que sigue de verdad. Dieciséis capítulos después del reparto, con los setenta ya constituidos y trabajando, Moisés le pide a Dios un sucesor. Y Dios no le da setenta: le da uno. «Toma a Josué hijo de Nun, varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él» (Números 27:18), y la razón que el propio Moisés había puesto en su petición: «para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor» (v. 17). Ahí está, escrito, después del reparto y con el reparto vigente: una cabeza que se sucede en singular.
Concedo el dato entero, porque es el dato. Y ahora léase qué se sucede exactamente, porque el capítulo lo dice y no lo deja a la imaginación. Josué recibe de la honra de Moisés, pero no toda: «pondrás de tu dignidad sobre él» (v. 20) — parte, no el conjunto. Y lo que expresamente no recibe es el canal: «él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará por el juicio del Urim delante de Jehová» (v. 21). Moisés hablaba boca a boca. Josué pregunta por medio de un sacerdote y una piedra. En el mismo capítulo donde se instala al sucesor, el texto anota que lo único que hacía única a la silla de Números 12 no pasó a él. La sucesión que el capítulo describe no transmite la singularidad; la reduce.
Y sobre la frase que aquí importa — «que no sea como ovejas sin pastor» — hay que decir a dónde va, porque el Nuevo Testamento la recogió y le puso nombre. Cuando el Señor vio a las multitudes «estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9:36; Marcos 6:34), y lo que hizo no fue nombrar a un hombre: se puso él. Esa frase tiene destinatario, y ya llegó. La misma carta que asignó la casa de Moisés a Cristo lo dice de la otra manera: Moisés fue siervo en la casa, Cristo es hijo sobre ella (Hebreos 3:5-6). El sucesor singular de Moisés existe, es real, y no es el que dirige una congregación: es aquel de quien Moisés era figura. Quien tome Números 27 para fundar un oficio local tiene que explicar por qué se detiene en Josué, cuando el propio texto sigue caminando hasta el que dice de sí mismo: «yo soy el buen pastor» (Juan 10:11).
No digo esto para acusar a nadie de nada, y quiero que quede escrito: no juzgo el corazón del que cita este capítulo, como no he juzgado el de nadie en estas páginas. Digo solamente qué hay que reclamar para que el capítulo alcance. El que lo usa para blindarse tiene que sostener que Dios le habla a él como no les habla a sus hermanos — y eso es, exactamente, la singularidad que este ensayo dice que terminó. El capítulo no protege al que dirige. Protege a Moisés, y dice por qué.
Queda una última cosa, y es la que a mí más me pesa. El hombre a quien Dios defiende en el capítulo doce es el mismo que en el capítulo once, cuando Josué quiso protegerle la exclusividad, respondió «ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta». Es decir: Dios defendió lo que Moisés no estaba agarrando. Moisés no reclamó su lugar; lo deseó repartido. Y cuando María quedó herida, no cobró la ofensa: clamó por ella — «te ruego, oh Dios, que la sanes ahora» (v. 13). Ese es el orden que el pasaje enseña, y va justo al revés de como suele citarse. La singularidad la sostuvo Dios; el hombre que la tenía la quiso menos suya y oró por la que se la disputaba. El que hoy quiera el capítulo completo, que lo tome completo.
«Esta obra me costó la vida»
Y aquí hablará el que más derecho tiene a hablar, y hay que escucharlo entero: «esta obra me costó la vida. Yo no heredé un púlpito: barrí el local, pagué la luz de mi bolsa, lloré de madrugada por ovejas que tú no conoces. El título no me lo puse — me lo dio la gente, y Dios me llamó a mí — a mí me habló, a mí me confirmó con años de fruto. ¿Y viene un texto a decirme que planté una semilla mala?». Todo eso puede ser verdad, y donde es verdad, es honroso. Pero mírese qué compra exactamente ese precio, porque la Escritura lo dice. El precio pagado compra lo que Pablo llama el buey sin bozal: sustento, honra, el derecho de ser oído con peso. Compra la palabra «pastor» del tamaño del rebaño que de verdad se cargó. Lo que ningún precio compra es el lugar por encima de los hermanos — no porque el precio sea poco, sino porque ese lugar no está en venta.
Y sobre el llamado, concedo también, y de corazón: Dios llama a personas — con nombre, y a veces con señales para el que las pide. Nadie disputa que te haya llamado a ti; también a Tito lo llevó solo a Creta. Pero mírese qué contenía ese llamado: lo dejó «para que nombraras ancianos en cada ciudad». El encargo del que llega solo es, precisamente, edificar el gobierno que no será de uno — la pluralidad no es la etapa que viene después de la fundación: es lo que la fundación construye. El llamado dice a dónde ir y qué levantar; lo que ningún llamado registrado dice es «y los que ganes serán tuyos».
Y se preguntará, ¿qué hace el que todavía no tiene a quién nombrar? Porque hay casas donde no hay un solo hombre calificado, y la lista no se cumple por votación ni por necesidad. Lo que el texto dice ahí es lo que dice de Tito: que ese es el trabajo. No que se espere a que aparezcan, sino que se formen — y que mientras se forman, el que llegó primero sostiene lo que hay, sabiendo qué está sosteniendo y por cuánto tiempo. Los años sin pares no miden lo joven que está la obra. Miden qué se estuvo edificando. Un hombre solo al frente el primer año es una casa empezando; el mismo hombre solo al frente veinte años después es una casa que no formó a nadie a su lado, y esa es una respuesta sobre el trabajo, no sobre la estructura.
Y la prueba está en los que pagaron más que nadie: los apóstoles pusieron el cuerpo, las cadenas y la sangre — «en trabajos más abundante, en azotes sin número, en cárceles más» (2 Corintios 11:23) — y con todo ese precio pagado, Pedro se llamó anciano junto a los otros y Pablo escribió que no se enseñoreaba de la fe de nadie, sino que era colaborador de su gozo (2 Corintios 1:24). Si el sacrificio comprara el rango, ellos lo habrían comprado varias veces. No lo reclamaron, porque sabían de quién habían aprendido el precio: del que pagó más que todos.
La última defensa
Queda una última defensa, y es la más honesta de todas porque ya no discute versículos: «esto suena bien en el papel, pero en la práctica no funciona. Los comités se paralizan. Alguien tiene que decidir. Y de hecho, mírese la Escritura misma: Pedro habla primero en cada momento decisivo de los primeros capítulos de Hechos; a Santiago, Pablo lo llama columna (Gálatas 2:9). Siempre emerge un primero. Y si no se le da nombre, el peso de ese primero no desaparece — se vuelve poder informal, sin cargo y sin rendición de cuentas, que es peor». Tomémosla en serio, porque describe algo real.
Empecemos por Pedro, porque el propio libro de Hechos ya respondió esto. Es verdad que Pedro habla primero. Pero mírese qué le pasa cuando actúa: al volver de casa de Cornelio, «los que eran de la circuncisión disputaban con él» (Hechos 11:2), y Pedro no les responde «¿y ustedes quiénes son para pedirme cuentas?». Les explica todo «por orden» (v. 4), desde el principio, como quien debe una explicación — porque la debía. El hombre que habla primero rinde cuentas ante los hermanos que lo cuestionan, y los hermanos lo cuestionan como quien tiene derecho a hacerlo. Eso es exactamente la diferencia que venimos trazando: Pedro tenía peso, no tenía trono. Hablar primero es un dato de don y de iniciativa; que te puedan disputar y debas explicarte es el dato de la estructura.
Y sobre el poder informal, la advertencia es cierta — el peso natural de un hombre no desaparece por decreto. Pero nótese hacia dónde empuja de verdad esa advertencia. Si el peligro es un peso sin nombre y sin cuentas, la solución no es coronarlo: es hacer lo que Hechos muestra — reconocerlo, rodearlo de pares con acceso real a los hechos, y dejar que le disputen. El problema del poder informal no se cura dándole la última palabra; se cura dándole hermanos. Lo primero convierte el peso en reinado. Lo segundo lo convierte en lo que Pedro fue: un primero al que se le puede decir que no.
II. El adjetivo
Pastor es una relación, no una credencial
Hasta aquí, la primera pregunta: quién tiene la última palabra. La segunda es más estrecha y más visible: cómo se llama.
Y lo primero que hay que decir es que la palabra «pastor» no es el problema. Es palabra escrita, y hermosa: Cristo la dio como don (Efesios 4:11), Pedro la encargó como tarea (1 Pedro 5:2), Jesús la definió con una frase que cabe en la palma de la mano: el pastor «a sus ovejas llama por nombre» (Juan 10:3). No vengo a abolirla. Vengo a devolverla, porque se la han llevado a un lugar donde el texto nunca la puso.
Mírese cómo la usa la Escritura, cada vez que la usa: apacentad la grey «que está entre vosotros» — esa grey, no la grey en general. Llame el enfermo a los ancianos «de la iglesia» — de la suya. El pastor llama por nombre a «sus» ovejas — las suyas. La palabra nunca camina sola: siempre viene atada a un rebaño concreto y conocido. Es como la palabra «padre»: nadie es padre a secas; se es padre de alguien. Pastor es una relación, no una credencial.
Y el daño que le hemos hecho es exactamente ese: le amputamos el complemento. «El pastor Fulano» — ¿pastor de quién? De nadie en particular; pastor a secas, como quien dice licenciado. Una relación se verifica: se pregunta por las ovejas y ellas responden. Una credencial solo se ostenta. Cuando la palabra dejó de necesitar rebaño para funcionar, dejó de ser la palabra que el Señor definió.
Por eso la pregunta que devuelve la palabra a su sitio no es «¿quién te dio el título?» sino otra, más sencilla e incómoda: ¿de quiénes eres pastor? Nómbralos. El que puede responder — el que conoce las historias, da seguimiento, carga gente por nombre — es pastor de esos, con todo derecho, se llame como se llame su gafete y predique donde predique. Y el que está al frente de quinientos que no sabría nombrar no es pastor de esos quinientos: será su maestro, o su evangelista — dones de Cristo ambos, y benditos — pero el complemento que la palabra exige no existe ahí. Por eso el enfermo de Santiago — ya lo vimos — no manda llamar al predicador: manda llamar a los que lo conocen. La palabra le queda a cada uno exactamente del tamaño de su rebaño real. Ese es, por cierto, el único tamaño que tuvo jamás en el texto.
«Principal» no tiene nada
Queda entonces el adjetivo. Porque «pastor» tiene verbo, tiene don, tiene complemento — tiene a dónde volver. «Principal» no tiene nada. No hay verbo «principalear» en la casa de Dios, no hay don de primacía en las listas, y no hay un solo versículo donde esa palabra se le cuelgue a un hombre, en singular, como nombre, sobre la casa que dirige.
Y aquí hay que detenerse, porque hay un lugar donde la palabra sí aparece, y prefiero traerlo yo. Cuando el concilio de Jerusalén termina y decide a quiénes enviar a Antioquía, el texto los describe así: Judas Barsabás y Silas, «varones principales entre los hermanos» (Hechos 15:22). La palabra está, está en español, y está en el capítulo que he leído aquí con más cuidado que ningún otro. El que quiera el adjetivo tiene, por fin, un versículo.
Concedo todo lo que el texto da, porque da algo real: existe en el Nuevo Testamento un vocabulario para nombrar a los que van al frente. El término griego es hēgouménous, del verbo que significa guiar, ir delante — la misma raíz de «los que os dirigen» de Hebreos 13:17, que ya miramos. No es que a la iglesia primitiva le faltara la palabra. La tenía.
Ahora mírese cómo la usa, porque el que la reclama necesita tres cosas de ella y el versículo no le da ninguna. Necesita un hombre, y aquí son dos: Judas y Silas, nombrados juntos, en la misma frase. Necesita un «sobre», y la preposición es entre — principales entre los hermanos, dentro del grupo, no encima de él. Y necesita un nombre que se lleve puesto, y esto es una descripción: el versículo no está instituyendo nada, está diciendo a quiénes se escogió para llevar una carta. Nadie sale de ahí llamándose así. Silas reaparece muchas veces en Hechos y en las cartas, y ni una sola vez el adjetivo viaja pegado a su nombre.
Y hay algo más, que es el patrón otra vez. Esa palabra, cuando el Nuevo Testamento la aplica a los que guían en la iglesia, aparece siempre en plural: los que os dirigen, en Hebreos 13:7, en 13:17 y en 13:24 — tres veces en un solo capítulo, tres veces varios. Nunca uno. De modo que el único vocabulario de conducción que el texto tiene para la casa de Dios se comporta exactamente como todo lo demás que venimos leyendo.
Así que corrijo mi propia frase, y agradezco la objeción que me obliga a hacerlo, porque afinar es precisamente lo que aquí se pide. No diré que la palabra no existe, porque existe. Diré lo que el texto permite decir y ni una sílaba más: descripción de varios, sí; nombre de uno, ninguna vez.
Y ahora volvamos a mirar a los candidatos, porque el dato pesa distinto sabiendo que la palabra estaba disponible. Si alguien pudo llevarla, fueron Pedro — las llaves, la triple comisión — y Santiago — la voz que pesó más en el concilio. Ninguno la llevó. Pedro se llamó anciano junto a los otros; a Santiago el texto lo llama columna, junto a otras columnas. Los dos hombres con más peso real del Nuevo Testamento no necesitaron el adjetivo, y nadie se lo puso, teniéndolo a mano y habiéndolo usado tres versículos antes para dos mensajeros. Ese silencio no es un descuido: es el mismo patrón que hemos visto en todo lo demás.
Se dirá: «pero el hombre que lo lleva puede ser humilde; en su mano, la palabra es inofensiva». Pruébese al revés, porque al revés se ve claro. Imagínese un cargo con nombre denigrante, llevado por un hombre al que todos tratan con respeto. Nadie diría «el nombre no importa, porque a él lo tratan bien»; todos verían que el nombre está mal, lo cargue quien lo cargue, y que el siguiente en heredarlo hereda el nombre, no el respeto. Pues un título que exalta trabaja igual que uno que denigra, solo que hacia arriba — y con una ventaja a su favor: nadie se defiende de ser exaltado. El adjetivo le dice al que lo lleva, todos los días y en silencio, que él es más que sus hermanos. No hace falta que él lo crea hoy. La palabra es paciente.
El primero entre iguales
A ese hermano que va al frente sin estar por encima, la tradición lo ha llamado primus inter pares, «el primero entre iguales». Conviene saber que la cosa que la frase nombra es antigua, y vale la pena contarla porque encierra una advertencia. Cuando Augusto consolidó su poder, fue lo bastante astuto para no llamarse rey ni dictador: esos títulos habían costado la vida a Julio César. Eligió presentarse como princeps, «primer ciudadano», uno más entre iguales, manteniendo intacta la fachada de la república mientras por debajo concentraba en sus manos el ejército, las provincias y el dinero. En su caso, el «primer ciudadano» fue el disfraz elegante de un reinado absoluto.
Por eso la idea, bien entendida, predica justo lo contrario de lo que Augusto hizo con ella. El primero entre iguales de verdad es un anciano que enseña con más peso, que articula la visión, que dirige las reuniones, que es la cara visible cuando hace falta una. Pero cuya autoridad no está por encima de la de sus hermanos, sino dentro del cuerpo. Su parecer no pesa más que el de ellos por razón de su lugar. Puede ser corregido. No tiene la última palabra por sí solo, porque en el gobierno de la casa la última palabra la tiene el cuerpo de ancianos reunido bajo Cristo, que es la única cabeza de la iglesia.
La diferencia entre el primero entre iguales y Augusto no está en las palabras — ambos podían sonar igual de humildes — sino en si los iguales son reales. Augusto no tenía pares: tenía súbditos a los que llamaba iguales. Y eso es exactamente la sumisión declarada de la sección anterior: la apariencia de igualdad administrada por el mismo que manda. La iglesia necesita lo contrario. No un primero que dice tener iguales, sino iguales que de verdad lo son.
Y se me devolverá el argumento, con razón: «si la palabra trabaja sola, entonces trabaja también la tuya. Tú aceptas primero, que el Señor no negó, y adoptas primus inter pares, que además — lo contaste tú — fue el disfraz de Augusto. ¿Por qué esas palabras no son pacientes?» Es justa la devolución, y la respuesta está en cómo aparece cada una. Primero no viene suelta: el Señor le pegó la definición en el mismo renglón — siervo de todos. Una palabra que trae adherido lo que significa no puede trabajar por su cuenta, porque el que la reclama arrastra con ella la definición que le pusieron. Y primus inter pares no la lleva nadie: es un nombre que se le da desde fuera a una relación, no un título que alguien se cuelga. Nadie se presenta así, nadie lo pone en un gafete, y por eso conté lo de Augusto — la advertencia viene incluida en la frase. La diferencia no está entre palabras que suenan bien y palabras que suenan mal. Está entre lo que se dice de varios, describiendo, y lo que uno lleva puesto delante de su nombre propio, todos los días.
Así que al hombre que lleva el título y pastorea de verdad — el que sí conoce nombres, sí da seguimiento, sí carga — no le escribo en contra. Le escribo para devolverle lo que es suyo y preguntarle por lo que no lo es. La palabra «pastor» te queda: del tamaño de tu rebaño, que es como le queda a cualquiera, y ese tamaño te lo ganaste ejerciendo el don, no portando el gafete. Pero el adjetivo — ¿de dónde salió? No está en las listas de dones, no está en los saludos de las cartas, no lo llevó Pedro teniendo las llaves. No lo necesitas para hacer nada de lo que haces: no se visita mejor a un enfermo por ser principal, ni se conoce mejor un nombre. Lo único que ese adjetivo puede darte es lo único que un siervo no debería querer: un lugar por encima de los hermanos. Si ya haces lo que la palabra pide, la palabra te alcanza. Suelta el adjetivo. No pierdes nada que el texto te haya dado — y por qué soltarlo no es una pérdida sino el camino, es lo que falta decir, y no lo voy a decir yo.
Hechos 15: el primero en acción. Hay un ejemplo concreto de esto en el propio Nuevo Testamento, y conviene mirarlo porque suele leerse al revés. En Hechos 15, cuando la iglesia debate si los gentiles deben circuncidarse, habla primero Pedro. Después Bernabé y Pablo cuentan lo que Dios ha hecho entre los gentiles. Y al final habla Santiago, que cierra con una palabra que en español suena a sentencia: «yo juzgo» (v. 19). Pero el verbo griego, krinō, no exige tribunal: significa también «yo opino», «a mí me parece» — es el mismo verbo que usa Pablo cuando pide que los hermanos dejen de juzgarse unos a otros por lo que comen (Romanos 14:13). Concedo aquí todo lo que el texto da, porque da bastante: el griego lleva el pronombre enfático — egō krinō, «yo juzgo», en una lengua que no necesita escribir el pronombre — y la carta que el concilio envía recoge la propuesta de Santiago punto por punto. Es difícil imaginar más peso en una asamblea: habló al final, habló con énfasis, y su juicio se volvió el acuerdo. Si un texto pudiera mostrar al pastor principal en acción, sería este.
Por eso importa tanto cómo se registra el acuerdo cuando el capítulo lo pone por escrito. El v. 22 dice que pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir varones y enviarlos — eso gobierna el envío de Judas y Silas, no la resolución del asunto. La resolución está unos renglones después. En el v. 25, «habiendo llegado a un acuerdo». Y en el v. 28, la fórmula con que la carta misma describe cómo se decidió: «ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros».
Léase esa frase despacio, porque es la más importante del capítulo para lo que aquí se discute. No dice «ha parecido bien a Santiago, y los demás lo confirmaron». Dice al Espíritu Santo, y a nosotros — un plural que incluye al que habló al final y a todos los que lo oyeron, y que pone primero a Aquel que no estaba sentado en la sala. Eso es exactamente el primero entre iguales bien entendido: un hombre que convence, no un hombre que decide. Puede ser el más escuchado hoy y ser corregido mañana, y en ambos casos sigue siendo simplemente un anciano hablando entre sus pares, no un oficio actuando sobre ellos.
Y ya que trajimos el v. 22, conviene leerlo hasta el final: los que la asamblea escoge para llevar la carta a Antioquía son Judas Barsabás y Silas, «varones principales entre los hermanos». Esa palabra — principales — tiene su propio lugar en esta sección, y ya la miramos entera.
Alguien insistirá: «respondiste el verbo, pero no al hombre. Porque Santiago no es prominente solo en ese concilio. Cuando Pablo llega a Jerusalén años después, el texto dice que entró «a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos» (Hechos 21:18) — un hombre nombrado, el cuerpo alrededor. Y en Galacia, una facción entera se identificaba como «de parte de Jacobo» (Gálatas 2:12). Eso es un hombre al frente, sostenido en el tiempo». Miremos cada texto, porque todos ayudan — aunque no al que los trae.
Hechos 21:18 dibuja exactamente el cuadro que este ensayo describe: un primero visible y nombrado, y todos los ancianos reunidos. Si Santiago gobernara solo, ¿qué hacen ahí todos los ancianos? Y léase quién responde a Pablo dos versículos después: «ellos… le dijeron» (v. 20) — el consejo que Pablo recibe viene en plural. El texto no muestra a un monarca con corte; muestra a un cuerpo con un rostro.
En Gálatas, léase la fórmula entera: Santiago, Cefas y Juan son «los que eran considerados columnas» (Gálatas 2:9) — y unos versículos antes había dicho de los que tenían reputación de ser algo que «nada nuevo me comunicaron» (v. 6). Pablo reconoce el peso de los tres y a la vez marca distancia. Concedo lo que eso da, incluido lo que se me cobrará: en esa lista Santiago va nombrado primero. Pero mírese qué clase de lista es. Son tres, nombrados juntos, con la misma palabra para los tres. Ir primero en una enumeración no es un cargo; es el orden en que se escriben tres nombres. Columna entre columnas es, otra vez, anciano entre los ancianos.
Y hay un texto más: cuando Pedro sale de la cárcel, antes de irse dice «haced saber esto a Jacobo y a los hermanos» (Hechos 12:17). Un hombre nombrado primero, y luego los hermanos. Concedo lo que da: Santiago tenía un lugar tal que a él se le avisaba por nombre. Pero mírese qué es exactamente ese versículo — un hombre que huye de noche indicando a quién hay que avisar. No es una estructura de gobierno; es a quién se le manda el recado. Y adviértase que el recado no termina en él: a Jacobo y a los hermanos. Si el aviso fuera para que él decidiera qué hacer, la segunda mitad de la frase sobraría.
Y sobre los «de parte de Santiago», conviene recordar algo que el concilio mismo dejó escrito: ya antes habían salido hombres de Jerusalén enseñando en nombre de la iglesia, y la carta oficial los desautoriza — «a los cuales no dimos orden» (Hechos 15:24). Que alguien invoque un nombre con peso no prueba que el nombre lo haya enviado; prueba que el nombre pesaba, y eso nunca estuvo en disputa. Para que Santiago fuera el pastor principal de Jerusalén haría falta un texto donde decida por oficio sobre el cuerpo, o contra el cuerpo. Búsquese. Lo que está escrito es un hombre de peso enorme rodeado, cada vez que el texto abre la puerta y nos deja mirar, de todos los ancianos.
Es la diferencia entre dirigir y reinar. Dirigir es ir al frente sirviendo, mostrando el camino, cargando más peso. Reinar es estar por encima, donde nadie te alcanza. Lo primero es un don. Lo segundo es el problema que toda esta carta de Pedro, y todo el patrón del Nuevo Testamento, vino a evitar.
El proistēmi y el gobierno bien hecho
Antes de mirar ese verbo conviene conceder lo que el Nuevo Testamento sí reconoce: entre los ancianos hay diferencias. Hay quienes enseñan con más peso, quienes dedican más tiempo, quienes tienen un don más visible para la palabra. Eso es real y es bueno. Lo que ninguna de esas diferencias produce es exclusividad — ni siquiera en la enseñanza. Pablo da por hecho que los hermanos se enseñan y amonestan «unos a otros» (Colosenses 3:16), y a los hebreos les reprocha que a estas alturas debieran ser ya maestros (Hebreos 5:12). El don de la palabra sobresale en algunos; la palabra de Cristo habita en todos.
Y ese mismo problema — el de reinaro disfrazado de servir — tiene textos donde esconderse. Conviene detenerse primero en un verbo que suele traerse a esta altura, porque hay que leerlo entero. Pablo dice que los ancianos «que gobiernan bien» son dignos de doble honor, «mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17). El verbo griego es proistēmi, estar al frente, presidir. ¿No es eso, escrito con todas las letras, la autoridad diferenciada de un hombre sobre los demás?
Miremos cómo usa Pablo ese verbo, porque él mismo nos da la medida. Dos capítulos antes, es el requisito de todo obispo: «que gobierne (proistēmi) bien su casa» (1 Timoteo 3:4-5). El verbo describe el cuidado activo de lo que uno tiene delante — el padre a su casa, el anciano a la grey.
Se dirá, y hay que decirlo bien porque es la buena versión de la objeción: Pablo no compara ahí padres con padres, sino al padre con su casa y al obispo con la iglesia — «el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?» (v. 5). De modo que la iglesia queda retratada como un hogar gobernado, y en un hogar el que gobierna es uno.
Pero mírese dónde está escrita esa frase, porque el lugar decide su alcance. Está en una lista de requisitos, y los requisitos son de cada candidato. No es el retrato del obispo de Éfeso: es lo que se le pide a cualquiera que aspire al oficio, examinado uno por uno. Y entonces la analogía, tomada en serio, no produce lo que se le pide. Si probara que la iglesia es una casa con un padre al frente, probaría que cada obispo calificado es ese padre — y en Filipos había varios en una sola ciudad (Filipenses 1:1). La comparación mide al candidato: si no supo cuidar lo pequeño y suyo, no se le encarga lo grande y ajeno. Es una vara, no un organigrama. Con la lectura contraria, el requisito se volvería la descripción del cargo, y entonces habría que explicar cómo caben varios padres en una misma casa.
Y el honor que el versículo asigna es honor, no rango: el texto que Pablo cita enseguida lo aclara — «No pondrás bozal al buey que trilla» y «Digno es el obrero de su salario» (v. 18). El doble honor del que trabaja más en la palabra apunta al sustento y al reconocimiento, no a una voz que decida sobre las otras. El versículo distingue dedicaciones; el que quiera leer ahí una jerarquía de gobierno tiene que traerla puesta.
Y hay un tercer lugar donde Pablo usa ese verbo, que conviene traer porque cierra el asunto. Escribiendo a los tesalonicenses les pide que reconozcan «a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan» (1 Tesalonicenses 5:12). Es el mismo verbo, aplicado esta vez no a un candidato ni a una casa, sino a los que van al frente de una congregación entera — y son varios. Los que presiden, en plural, en la carta más temprana que conservamos de Pablo. De modo que el verbo del que se quiere sacar al hombre único aparece tres veces: una para cada padre en su casa, una para los ancianos que lo hacen bien, y una para un grupo que preside una iglesia. Ninguna de las tres pone a uno sobre los demás.
Y hay un lugar donde Pablo sí escribió sobre casas con cabeza, y conviene mirar qué hizo ahí — y qué no hizo. En Efesios despliega tres relaciones: maridos y esposas, padres e hijos, amos y siervos (Efesios 5:22–6:9). Las tres tienen la misma naturaleza: son vínculos dados, no cargos. Nadie es marido por nombramiento, ni padre por votación, ni amo por haber sido reconocido idóneo. Son las casas que existen antes de que la iglesia diga nada sobre ellas.
La relación entre ancianos no es una de esas, y Pablo no la puso en la lista. Conviene notar el peso de esa ausencia: tenía el formato hecho, tenía el sitio exacto, y no la puso. Escribió códigos para el hogar; no escribió ninguno donde un anciano sea cabeza de los demás ancianos. Que existan casas con cabeza nunca estuvo en disputa — el hogar la tiene, y está escrito. La pregunta siempre fue qué diseño dio Dios a esta casa, y para esta casa la cabeza es una sola, y no es ninguno de ellos: Cristo es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Colosenses 1:18).
Y aquí tengo que soltar un versículo que yo mismo he usado mal. Suele citarse «someteos unos a otros en el temor de Dios» (Efesios 5:21) como la norma horizontal que alcanza también al que dirige, y así lo he citado yo. Pero mírese qué viene tres palabras después: esposas y maridos, hijos y padres, siervos y amos. No es que a Pablo se le olvidara el versículo anterior; es que esos párrafos son su desarrollo, y lo desarrolla con tres relaciones que no son simétricas. El que quiera usar el v. 21 para probar paridad tiene que explicar el v. 22, escrito tres palabras después. No lo voy a usar para eso. Ese versículo describe el aire que respira una casa llena del Espíritu — deferencia, no cálculo de rango — y es hermoso, y no es un plano de gobierno. Sacarle un organigrama sería exactamente lo que más adelante le reprocharé al que le saca un cargo a Efesios 4:11. Si mi argumento necesitara este versículo, mi argumento estaría en problemas. No lo necesita: lo que sostiene la pluralidad no es un principio deducido de una frase, sino lo que el Nuevo Testamento describe cada vez que describe el gobierno de una iglesia, que es lo que llevamos leyendo desde el principio.
Efesios 4:11 y el don como escudo
Efesios 4:11 enseña que Cristo «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros». Es común ver este versículo citado como respaldo de un cargo único: «pastor por don de Cristo, cargo reconocido por la iglesia», como si el texto instituyera un oficio con derecho especial de gobierno sobre una congregación. Pero léase con calma: el pasaje describe dones repartidos ampliamente en el cuerpo de Cristo — «a unos… a otros» —, no un organigrama. El versículo anterior lo deja claro: «a cada uno de nosotros fue dada la gracia» (v. 7). Es un texto sobre la variedad de dones en la iglesia universal, no sobre la estructura de gobierno de una iglesia local.
Aquí cabe una réplica inteligente, y hay que darle su lugar: «de acuerdo, el texto habla de dones y no de cargos — pero el don que menciona es pastorear. Ese don no existe en abstracto. Nadie pastorea en general: se pastorea a personas concretas, en un rebaño concreto, con autoridad real para hacerlo. El don mismo, por su naturaleza, se convierte en posición». Y es cierto que el don de pastorear necesita ovejas concretas; en eso la réplica tiene razón. Lo que no se sigue es lo otro: que necesite ejercerse en solitario. Que el cuidado deba ser concreto no exige que el que cuida sea uno. Un cuerpo de ancianos pastoreando junto al mismo rebaño satisface toda la concreción que el don requiere — y es, de hecho, la única forma que el Nuevo Testamento describe: «llame a los ancianos de la iglesia» para el enfermo concreto (Santiago 5:14), «apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» dicho a los ancianos en plural (1 Pedro 5:2). El rebaño es concreto y los pastores son varios, en el mismo versículo. La réplica prueba que el don necesita un dónde; no prueba que necesite un trono.
El riesgo de leerlo mal no es solo exegético. Es pastoral. Cuando un cargo se envuelve en la frase «don de Cristo», cuestionarlo empieza a sonar como cuestionar a Cristo mismo — y ahí el desacuerdo deja de tratarse entre hermanos y se convierte, sin que nadie lo diga así, en un asunto de obediencia a Dios. Es la misma jugada de fondo que ya vimos con Augusto — vestir de investidura divina lo que en realidad es una posición humana — solo que aquí el disfraz no es la humildad republicana, es el lenguaje espiritual, y por eso es más difícil de desenmascarar: quien objeta parece estar peleando contra Dios, cuando en realidad solo pide que un hombre responda por sus actos como cualquier otro anciano. Ningún don que Cristo reparte — ni el de enseñar, ni el de pastorear — viene con inmunidad frente a la corrección de los hermanos. Si viniera con eso, no sería un don: sería una excepción, y el Nuevo Testamento no conoce esa excepción para nadie.
«No será así entre vosotros»
Y si alguien pregunta por qué esto importa tanto, la respuesta última no está en Pedro, ni en Santiago, ni en ningún anciano. Está en Cristo mismo.
Los doce discutieron esto delante de él mismo. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, pidieron los primeros puestos, y cuando los otros diez se indignaron, Jesús los llamó a todos y les dijo: «Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que entre ellas son grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros» (Marcos 10:42-43). No dijo «ejerzan señorío con humildad» ni «gobiernen sirviendo un poco». Dijo que el patrón entero — el de mandar y ser obedecido porque se tiene el rango para exigirlo — queda fuera para los suyos. «Pero no será así entre vosotros» no es un matiz. Es una frontera. Y a los dos que pidieron los primeros puestos, el Señor les prometió en cambio su copa (v. 39) — y Santiago la bebió primero: fue el primero de los doce en morir por su nombre (Hechos 12:2). Recibió una primacía, sí. La del reino.
Se dirá también: «pero Pablo mismo ejerció autoridad personal y tajante — entregó a Himeneo y Alejandro a Satanás (1 Timoteo 1:20), juzgó a distancia al hombre de Corinto (1 Corintios 5:3-5), advirtió «si voy otra vez, no seré indulgente» (2 Corintios 13:2)». Es cierto, y no hay que suavizarlo: eso es un hombre ejerciendo juicio con autoridad propia. Pero ¿qué hombre? Un apóstol — testigo del Resucitado, comisionado directamente por él, fundador de esas iglesias, escritor de Escritura. Nadie en esta conversación niega que los apóstoles tuvieran una autoridad que no se repite; la pregunta es si esa autoridad pasa a un hombre local cuando los apóstoles ya no están. Y aquí conviene notar algo: tomar la autoridad extraordinaria de Pablo como molde del cargo ordinario del pastor es, exactamente, el movimiento que se le reprocha a Roma — extender lo apostólico a un oficio permanente. No se puede usar la escalera y condenar la escalera.
Se objetará que Jesús no prohibió ahí la autoridad, sino su abuso: el verbo es katakyrieúō, enseñorearse, dominar como los gentiles. Y se añadirá, con el texto abierto, que los dos versículos siguientes no borran la categoría sino que la regulan: «el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos» (Marcos 10:43-44). Primero — la palabra está ahí, dicha por el Señor. Y el paralelo de Lucas lo dice todavía más de frente: «el mayor entre vosotros sea como el más joven, y el que dirige, como el que sirve» (Lucas 22:26). Hay un mayor y hay uno que dirige; lo que la frase ordena es cómo serán.
Y se añadirá algo más, del mismo pasaje: tres versículos después de esa prohibición, en la misma mesa, el Señor dice «yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino; y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel» (Lucas 22:29-30). Tronos, asignados por él, minutos después. De modo que «no será así» no puede querer decir que no haya autoridad.
Es una lectura atenta, y tiene parte de razón: Jesús no abolió el liderazgo, ya lo dijimos. Pero mírese qué es exactamente lo que la frase redefine, porque el Señor no dejó la palabra suelta — le puso contenido en el mismo renglón. Al que quiera ser el primero no le negó la palabra: le dijo qué es. Siervo de todos. Ese es el único primado que el Nuevo Testamento define, y viene con su definición pegada, sin espacio para negociarla. Quien reclame la palabra tiene que quedarse con lo que sigue, y lo que sigue no es un voto que pesa más ni una última palabra: es la posición del que sirve a todos, que es la posición de abajo.
Cierto, y hay que mirar esos tronos, porque dicen más de lo que se les pide. Son doce, uno por apóstol, sobre las doce tribus de Israel, en el reino, a la mesa del Señor. No es el gobierno de una congregación en esta tierra: es lo que viene después, y viene para los doce. Nadie en esta conversación aspira a uno de esos asientos ni puede heredarlo. Y adviértase quién los reparte, porque el paralelo lo dice cuando dos de ellos los piden por adelantado: «no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado» (Marcos 10:40). Ni siquiera el Hijo se los asigna a quien se los pide. El que quiera fundar en este pasaje un lugar sobre sus hermanos tiene que sostener dos cosas a la vez: que ese trono es de ahora, y que se lo puede tomar quien lo quiera. El texto niega las dos en la misma página. Y adviértase cuándo llega esa promesa: justo después de la reprensión, a los mismos que acababan de discutir quién sería el mayor. El reino se recibe, no se toma; y lo que a ellos les toca mientras tanto está en el versículo 26, no en el 30.
Y por eso la grandeza gentil y esta no son la misma cosa con distinto adorno. La grandeza gentil consistía en tener sobre otros potestad; la que Jesús instituye consiste en ser de otros servidor. No cambió el adorno del cargo dejando el cargo intacto: cambió la dirección de la relación. El grande gentil se mide por cuántos le obedecen; el grande de Cristo, por a cuántos sirve. Si después de esa inversión alguien conserva la última palabra por razón de su puesto, no ha invertido nada — solo ha aprendido a describir con vocabulario de siervo lo que sigue funcionando como señorío.
Queda una cosa por mostrar, y no la voy a inferir yo. Se dirá que lo de Marcos 10 se lo dijo el Señor a los doce, en una discusión entre ellos, y que de ahí a un consejo de ancianos de una ciudad cualquiera hay un salto. Sería una objeción justa si nadie hubiera hecho ese salto. Pero lo hizo un apóstol, por escrito, y lo hizo precisamente el que estuvo en aquella conversación.
Volvamos a la carta con la que empezamos. Pedro les dice a los ancianos qué hacer y cómo: apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, «no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:2-3). Léase el verbo: katakyrieúontes. Es la misma palabra que el Señor usó aquella tarde para describir lo que hacen los gobernantes de las naciones y lo que no sería así entre los suyos.
Ese es el puente, y lo tendió Pedro. No hay que inferir que la prohibición de Marcos 10 alcanza al gobierno de una iglesia local: está trasladada, por escrito, con la misma raíz, por un hombre que oyó la frase original y que se acababa de llamar anciano junto a los que la iban a leer. Y nótese qué pone en el lugar del señorío, porque no lo deja vacío: ejemplos de la grey. No dice «mandad con humildad». Dice que la manera de conducir es ser mirado y seguido, que es la única forma de dirigir que no necesita que nadie obedezca por obligación.
El que quiera para el gobierno de una casa lo que aquí se prohíbe tiene que explicar por qué el verbo que Cristo excluyó entre los suyos, y que Pedro excluyó entre los ancianos, vuelve a entrar por la puerta de atrás cada vez que se dice que uno tiene la última palabra.
El despojo
Dije que la razón para soltarlo no la iba a decir yo. La dice Pablo, y la dice así: el que «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:6-7). El que tenía el único rango que de verdad no admite discusión — no un cargo humano, sino la naturaleza misma de Dios — no lo usó como algo que había que sostener con las dos manos. Lo soltó. Y Pablo no lo cuenta como anécdota edificante: lo pone como el molde de cómo debe pensar cualquiera que quiera seguirlo — «haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (v. 5).
No falta quien complete la lectura por mí: «pero Pablo no termina en el despojo — termina en que «Dios también le exaltó hasta lo sumo» (v. 9). El que se humilla, es exaltado. El que sirve, termina gobernando». Y es verdad que ahí termina. Pero fíjese quién exalta a quién. Es Dios quien exalta a Cristo; Cristo no se exalta, no reclama, no consolida — se despoja, y lo demás lo hace el Padre. Si alguien quiere el patrón completo, tómelo completo: despojarse es lo que nos toca; exaltar es lo que hace Dios, cuando quiere y como quiere. El que concluye de aquí «el que sirve bien merece el mando» se ha saltado de renglón: ha tomado la parte de Dios y se la ha asignado a sí mismo. Y por si quedara duda de qué aplicación tenía Pablo en mente, él mismo la escribió tres versículos antes: «nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo» (v. 3). Esa es la conclusión que Pablo da. La otra — la del cargo ganado por servicio — la tendría que haber escrito alguien, y nadie la escribió.
Si Aquel que tenía todo el derecho de ejercer señorío no lo hizo, ningún anciano, ningún pastor, ningún hombre con un don real tiene ese derecho tampoco. La pluralidad de ancianos no es, al final, una regla de organización que alguien impuso por desconfianza. Es la praxis concreta de ese mismo despojo: gobernar sin aferrarse, dirigir sin reinar, servir sin necesitar que nadie lo llame por un título para saber que lidera.
Siervos, compañeros, ¿a qué nos estamos aferrando?
III. A quién está levantando
La tarea
Si soltamos eso — el lugar, el adjetivo, la última palabra —, ¿qué nos queda en las manos?
Conviene conceder algo aquí, porque ya lo habrás pensado, y tienes razón en pensarlo. Dije hace unas páginas qué sí, pero lo dije todavía en términos de estructura: cómo se relacionan entre sí, quién puede corregir a quién, qué no se concentra. De la tarea misma he hablado casi siempre en negativo: por lo que un cuerpo impide, por lo que vigila, por lo que no deja pasar. Y un cuerpo que solo se define por lo que impide no es un oficio. Es un freno. Si eso fuera todo lo que hay, la pluralidad sería apenas una precaución — sabia, tal vez, pero precaución al fin, nacida de la desconfianza y no del diseño.
No es eso. La tarea está escrita. Y está donde ha estado todo lo demás en este escrito: a unos pocos versículos de los mismos textos que ya venimos leyendo, un renglón más allá de donde solemos cortar la cita. Hemos usado esos pasajes para preguntar quién manda, y nos hemos ido antes de que el texto nos dijera qué se hace. Volvamos, y esta vez leamos un poco más.
Léase lo que sigue en dos direcciones a la vez, porque en las dos está escrito. Si eres de la congregación, esto es lo que tienes derecho a esperar de los que te guían — no un estilo, no un carácter simpático: esto. Y si te llamaron anciano, esto es lo que se te encargó, y es la medida con la que se mide. Pero hay una tercera dirección, y es la que más me interesa, aunque la dejo para el final: esto tampoco es un oficio de especialistas. Es la estatura de un discípulo formado. No el destino — el destino es Cristo, y a esa medida se camina toda la vida —, pero sí una estatura escrita, y alcanzable. Es a dónde se crece.
Lo primero está en Éfeso, y es lo primero porque el propio Pablo lo puso primero. Ya leímos ese discurso: llamó a los ancianos, les dijo que el Espíritu los puso como obispos, les encargó pastorear la iglesia de Dios. Lo que sigue es la razón: «yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos» (Hechos 20:29-30). Por eso hay guardia. Y nótese de dónde advierte Pablo que vendrá el peligro: no solo de fuera, sino de dentro — de vosotros mismos. El anciano guarda la puerta y guarda la mesa. Tito lo dice como requisito, pero el requisito tiene finalidad escrita: retener la palabra fiel «para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tito 1:9). Si eres de la congregación, esto es lo primero que tienes derecho a esperar: hombres que sepan lo que la casa cree y que sepan decir que no cuando alguien traiga otra cosa. Y si eres anciano, esto es lo primero que se te encargó, y es incómodo, porque a veces significa contradecir a alguien querido.
De ahí sale la segunda, que ya vimos y aquí solo recojo: enseñar. Es la tarea que Pablo distingue con doble honor cuando alguien se dedica a ella de lleno (1 Timoteo 5:17), y es la que hace posible la primera, porque no se puede convencer al que contradice sin haber enseñado antes lo que se contradice. No es dar clases: es poner en la congregación la palabra que después la sostiene cuando el maestro no está. Y si el que enseña falta y la casa se queda sin saber qué cree, la enseñanza fue información, no formación.
La tercera la dijimos de paso y merece decirse entera. Ya citamos Hebreos 13:17 para notar que los que guían aparecen en plural. Léase lo que sigue: «ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta». Ahí está la función y ahí está su peso. Velar es un trabajo de atención sostenida: saber cómo va la gente, notar al que se enfría, ir por el que se fue. Y viene con una rendición de cuentas que ninguna estructura administra, porque no es ante la congregación ni ante el consejo: es ante Dios, por almas concretas. El que dirige no responde solo por lo que hizo. Responde por quiénes le fueron encargados. Y si eres de la congregación, esto también es tuyo, aunque casi nunca se diga: tienes derecho a que alguien note tu ausencia. No a que te vigilen — a que te echen de menos.
La cuarta es la más sencilla y la más olvidada, y ya la hemos visto pasar varias veces sin cobrarla: «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él» (Santiago 5:14). Los ancianos oran, y oran por personas con nombre, en su casa, cuando están mal. Es la función menos vistosa de todas — no se predica desde una plataforma, no se anuncia, nadie aplaude — y es la que el Espíritu Santo puso por escrito cuando quiso decir qué se hace con un anciano. Si eres de la congregación, esto es literalmente tuyo: tienes derecho a llamarlos. Y si eres anciano, mide tu ministerio por ahí antes que por cualquier otra cosa, porque este es el renglón donde no se puede fingir.
La quinta las contiene a todas. Volvamos a Efesios 4, del que ya usamos el versículo anterior y el mismo versículo, pero no el siguiente: los dones fueron dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (v. 12). Léase despacio quién hace la obra del ministerio en esa frase. No los pastores y maestros: los santos. El don no está para hacer el trabajo del cuerpo, sino para dejar al cuerpo en condiciones de hacerlo. Y la medida a la que apunta ese equipamiento la da el versículo siguiente: hasta que todos lleguemos «a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (v. 13). No a la estatura del que enseña. A la de Cristo. Por eso el que equipa tampoco ha llegado: camina en la misma dirección, unos pasos adelante, hacia el mismo lugar.
Cómo se decide
Falta decir cómo se hace todo esto cuando se hace entre varios, porque la pregunta llega sola: si son varios y no hay uno con la última palabra, ¿cómo se decide algo? Conviene mirar cómo aparecen las decisiones en el texto, porque tienen una forma reconocible y no es la que suponemos.
Cuando los doce repartieron el servicio de las mesas, la propuesta «agradó a toda la multitud» (Hechos 6:5). Cuando el concilio resolvió el asunto de los gentiles, la carta lo dijo así: «ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros» (Hechos 15:28). Y antes de todo eso, cuando quedaban once y había que reemplazar a Judas, propusieron a dos, oraron — «tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido» (Hechos 1:24) — y echaron suertes. Nótese que eran once: podían haber contado manos sin riesgo de empate, y no lo hicieron. Ni se les ocurrió.
Léase la forma de las tres. No hay márgenes, no hay conteos, no hay una mayoría que se impone a una minoría que acata. Hay un cuerpo buscando qué ha escogido Dios, y una decisión que aparece cuando aparece. La única vez que el Nuevo Testamento menciona a alguien depositando un voto es Pablo contando lo que hacía antes de conocer a Cristo: «cuando los mataban, yo di mi voto» (Hechos 26:10) — la piedrecilla del Sanedrín, contra los santos. La palabra aparece ahí, y no vuelve a aparecer para describir cómo decide una iglesia.
Hay un pasaje que conviene traer, porque roza esto y prefiero traerlo yo. Pablo escribe del que fue disciplinado en Corinto que le basta «esta reprensión hecha por muchos» (2 Corintios 2:6) — literalmente, por los más. Es un cuerpo que reaccionó, y la expresión sugiere que no todos lo hicieron. Concedo eso: no digo que la iglesia haya actuado siempre en unanimidad perfecta. Pero nótese qué describe el versículo y qué no: una censura de la comunidad, no un recuento.
Digo esto con la cautela que este escrito se ha impuesto: son escenas, no un reglamento, y no voy a sacar de ellas un procedimiento que el texto no da. Pero la forma se repite, y dice algo. Un cuerpo de ancianos no es un parlamento pequeño. No está ahí para que gane la mitad más uno: está ahí para buscar juntos lo que ya está decidido en otra parte, y para no moverse hasta que lo vea. Por eso el desacuerdo no es una avería del sistema — es el sistema trabajando. Y cuando el cuerpo se traba de verdad y no logra ver, las dos preguntas que el texto sugiere no son quién desempata, sino otras dos: si eso que se discute era materia del consejo, y si se ha esperado lo suficiente.
El mapa completo
Conviene decir, antes de avanzar, el mapa completo, para que nadie lo dibuje por mí. Porque la igualdad que este ensayo defiende tiene fronteras precisas, y no es la que se me querrá atribuir: no estoy diciendo que todos los creyentes sean iguales en función, ni que la iglesia decida todo en asamblea, ni que cualquier opinión pese lo mismo en cualquier asunto. El diseño escrito tiene dos trazos, y conviene mirarlos por separado.
El primer trazo es vertical: entre la congregación y los ancianos hay un umbral, y lo puso el texto. Anciano no es cualquiera: irreprensible, apto para enseñar, no un neófito, probado en su casa, con buen testimonio de fuera (1 Timoteo 3:1-7, Tito 1:5-9). Son requisitos que no todo creyente reúne todavía, y afirmarlo no niega la unción de nadie — lo escribió el mismo Pablo que predicó el Espíritu sobre toda carne. La unción es de todos; el gobierno es de los calificados. Ese umbral existe, y este ensayo no lo borra: lo defiende.
El segundo trazo es horizontal, y es el reparto que suele olvidarse: no todo lo que pasa en la casa es materia de los ancianos. La primera crisis operativa de la iglesia lo dejó escrito. Cuando la distribución diaria desatendió a las viudas helenistas — un problema real, cotidiano, de mesas y repartos — los doce se negaron a resolverlo ellos: «No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6:2). Buscad de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, «a quienes encarguemos de este trabajo; y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra» (vv. 3-4). Ahí está el reparto, no como teoría administrativa sino como decisión registrada: el gobierno espiritual y la palabra, a los ancianos; la operación de la casa, delegada a hombres calificados para ella. El texto no llama diáconos a los siete — eso lo hace la tradición, y lo digo para no cobrarlo como dato —; lo que Hechos 6 registra es el reparto, no el nombre. El nombre aparece poco después y con oficio propio: Pablo saluda en Filipos a «obispos y diáconos» — dos oficios, no uno con ayudantes — y 1 Timoteo 3 trae dos listas de requisitos. El diseño reparte de fábrica.
Y este mapa responde, de paso, la burla más socorrida contra la pluralidad: «cinco hombres no se ponen de acuerdo ni para pintar un baño». Puede ser. Pero el diseño tampoco les pide que se pongan de acuerdo en eso: el color del baño nunca fue materia del consejo de ancianos. Si un cuerpo de ancianos está revisando trivialidades, el problema no es la pluralidad — es que esa casa no ha instituido diáconos, o no les ha delegado nada, y le cargó al consejo lo que el diseño reparte. Los apóstoles delegaron las mesas precisamente para que las mesas nunca llegaran a su reunión. La parálisis que se le achaca al gobierno plural es, casi siempre, el retrato de una casa que solo construyó la mitad del diseño y le reclama al plano los defectos de la obra.
La formación que produce iguales
Ahora mírese la lista de las cinco tareas y hágase la pregunta que la sección venía guardando: ¿de quién es este trabajo?
Guardar la doctrina. Enseñar. Velar por almas. Orar por el enfermo. Equipar a los santos. Léase de corrido y adviértase que ninguna de esas cosas es un privilegio de casta. No hay ahí una sola tarea que requiera un rango; todas requieren madurez. Y madurez no es un puesto: es un punto de llegada al que Dios llama a los suyos. Por eso la lista de requisitos no describe a un hombre de otra especie — sobrio, hospedador, amable, no codicioso, que gobierne bien su casa (1 Timoteo 3:1-7) —; describe a un cristiano crecido. No es una puerta cerrada. Es una altura. Nadie queda fuera por categoría; se está en ella o se está todavía en camino, y «todavía» es una palabra de tiempo, no de clase.
Y si eso es así, entonces la tarea del anciano tiene una tarea dentro. Porque el que guarda, enseña, vela, ora y equipa está haciendo, con todo eso junto, una sola cosa: levantar hombres que puedan guardar, enseñar, velar, orar y equipar. La formación no apunta a producir asistentes fieles de un hombre. Apunta a producir la estatura misma que la lista describe — y el que la alcanza no queda debajo del que lo formó: queda a su lado, y empieza a formar a otros.
Hay una frase del Señor que apunta ahí, y la traigo diciendo de qué tamaño es: «el discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro» (Lucas 6:40). Va dicha en un contexto de advertencia — viene después del ciego que guía al ciego — y no es un tratado sobre cómo se forman ancianos; así que no fundo nada en ella. La traigo porque dice una cosa que sí es suya: que el techo del discípulo es la estatura del maestro, y que llegar ahí es lo que significa estar perfeccionado. El que sí lo funda es Pablo, y lo escribe sin figura: «lo que has oído de mí, encárgalo a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). Cada eslabón forma maestros nuevos, no ayudantes perpetuos del eslabón anterior.
Y esto desarma una defensa que se escucha mucho y suena a piedad: «mis ancianos no me van a contradecir — yo los formé, son mis hijos en la fe». Óigase lo que esa frase confiesa sin querer. Si los formaste y no pueden hablarte como pares, la formación no terminó: se detuvo — y se detuvo exactamente donde empezaba a costar. Un maestro cuyos discípulos nunca llegan a ser como él no está protegiendo la casa; está incompletando discípulos, y llamándole lealtad al resultado.
Y ya Moisés lo había encarnado: el día que Dios repartió sobre setenta el Espíritu que estaba sobre él, no protestó por la pérdida de exclusividad — deseó más: que todo el pueblo profetizara. El maestro verdadero se reconoce en eso: celebra al discípulo que lo alcanza. El otro — el que necesita que nadie crezca hasta su estatura — no dirige una escuela de pastores. Administra un vivero de plantas que nunca deja trasplantar.
La paternidad y la vara. Se dirá aquí algo más hondo que la formación, y hay que concederlo primero, porque está escrito: «yo no solo los formé — los engendré. Cuando llegaron no eran discípulos que pulir: eran almas perdidas que gané para Cristo. Y eso Pablo lo reclama con todas las letras: «aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio» (1 Corintios 4:15). La paternidad no es un cargo que se suelta ni una formación que termina: un padre no deja de ser padre».
Concedo todo lo que el texto da, porque da mucho: la paternidad espiritual existe, Pablo la reclama sin sonrojo, y el que ganó almas para Cristo es padre de esas almas en un sentido que ningún organigrama borra. Pero ahora mírese qué hizo Pablo con esa paternidad, porque también está escrito, y escrito a los mismos hijos. A los corintios — a los engendrados, no a otros — les escribió: «no que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo» (2 Corintios 1:24). El padre que los engendró les puso por escrito su renuncia al señorío sobre ellos. Y cuando quiso describir su propia autoridad de padre, eligió estas palabras: «os ruego que me imitéis» (1 Corintios 4:16) — ruega, el que podía mandar.
Se me dirá que en ese mismo capítulo Pablo pregunta si debe ir «con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre» (1 Corintios 4:21), y que la vara no es para los de fuera: es para los hijos. Es cierto, y no hay que suavizarlo — ese «podía mandar» que acabo de conceder no es una figura retórica. Pero mírese dónde cae esa vara cuando cae: en el capítulo siguiente, sobre un caso de pecado público que la congregación no había querido juzgar (1 Corintios 5:1-5). No sobre un desacuerdo de dirección, ni sobre un consejo que no quiso lo que él quería.
Y mírese de dónde saca Pablo su derecho cuando por fin lo ejerce: «yo… he juzgado como si estuviera presente… en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y con el poder de nuestro Señor Jesús» (1 Corintios 5:3-4). No dice «porque os engendré». Teniendo escrito el engendramiento un capítulo antes, en esa misma carta, no lo invocó: se apoyó en el nombre y el poder del Señor, que es como habla un comisionado, no como habla un padre cobrando lo suyo. El que quiera heredar la vara tiene que heredar primero aquello sobre lo que Pablo la apoyó. Y aun así, cuando el mismo Pablo describe cómo se restaura al caído, el sujeto vuelve a ser plural y el tono vuelve a ser otro: «vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1). Y en Filemón, donde vuelve a preferir el ruego, ni siquiera invoca la paternidad que sí reclamó en Corinto: se llama prisionero, y le escribe a Filemón como a un colaborador.
La paternidad espiritual que Pablo reclama es la que engendra, amonesta, ruega y modela; la que el argumento necesita — la que decide por los hijos a perpetuidad porque los engendró — esa Pablo no la ejerció ni la escribió. Y hay una razón de fondo, dicha por el Señor mismo: «no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mateo 23:9) — dicho precisamente contra los que amaban los primeros asientos y los títulos que los nombran. Lo que ese texto prohíbe no es la metáfora de Pablo, que la usa; es convertirla en rango. El engendramiento es un hecho y una honra. Lo que no es, en ninguna carta, es un trono heredable: los hijos crecen. Y el padre según la carne lo sabe mejor que nadie: llega el día en que ya no decide por el hijo — y ese día no es la derrota de su paternidad. Es su fruto.
Una casa que no reproduce
Por eso quiere hombres que le puedan decir que no, porque sabe que esa es su protección y la de la iglesia. Lo entendió el sabio mucho antes: «El hierro con hierro se afila» (Proverbios 27:17). Un hombre sin pares es un filo que nadie vuelve a afilar. Y como sabe que la corrección de un amigo hiere pero sana, no la esquiva: «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6). El que solo quiere aplausos huye de esas heridas; el que quiere su propio bien las busca. El que huye de los pares reales no está protegiendo su autoridad. Está protegiendo algo, y no es la autoridad — es algo que no resiste la luz.
Y aquí se ve por qué todo esto importa más de lo que parece. Un hombre solo al frente no solo carga demasiado: hay pasajes enteros que en su casa no tienen dónde ocurrir. El enfermo que llama a los ancianos no puede llamar a varios donde hay uno. La confesión mutua no tiene con quién ser mutua cuando el que dirige no tiene pares. El hierro que afila al hierro no encuentra el otro filo. No es que esos textos se desobedezcan: es que se quedan sin lugar donde suceder. La pluralidad no es una precaución contra el hombre malo. Es la condición para que la casa pueda hacer lo que está escrito que haga.
Si al cabo de los años hay creyentes fieles, presentes, cariñosos, que siguen sin poder guardar la doctrina de nadie, ni velar por nadie, ni orar por un enfermo sin llamar a alguien más — si la casa produce hijos que nunca llegan a padres — no falló el programa. Falló el propósito. Se enseñó, quizá mucho; lo que no se hizo fue formar hacia esta altura. Y una casa que no reproduce ancianos no está protegiendo nada: está garantizando que la carga siga sobre los mismos hombros hasta que esos hombros cedan.
Que es exactamente el punto donde Dios intervino la primera vez. Ya lo vimos: Moisés no daba abasto, y la solución no fue darle más autoridad ni un título mejor. Fue repartir sobre setenta el Espíritu que estaba sobre él, «para que no la lleves tú solo» (Números 11:17). Y en la misma escena, cuando Josué quiso proteger la exclusividad de su maestro, Moisés deseó lo contrario: «ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta» (v. 29). El reparto de la carga y el anhelo de que todos crezcan no son dos temas — son el derecho y el revés de un solo diseño. Dios reparte porque nadie alcanza, y el que recibió el reparto desea que el reparto siga.
Y ninguno de los que la sostienen ha llegado. Los ancianos no son los que ya alcanzaron la medida, sino los que caminan hacia ella un poco adelante y con las manos ocupadas — guardando, enseñando, velando, orando, levantando a otros que caminarán a su lado. La estatura escrita es alcanzable. El que la alcanza no llegó al final: llegó al lugar desde donde se ayuda a otros a crecer. Porque el final no es el ancianato. El final es Cristo, y hacia él se camina juntos.
Una casa que sabe leer
Falta una pregunta, y es la más honesta que puede hacerse contra todo lo que llevo escrito. Si el hombre solo es peligroso porque nadie puede contradecirlo, ¿qué pasa cuando los que no pueden ser contradichos son cinco? Un consejo también se equivoca. Un consejo también se cierra. Y un cuerpo de hombres de acuerdo entre sí puede sostener un error con más fuerza y más apariencia de legitimidad que un hombre solo, porque ya viene con la forma de lo que aquí he llamado sano.
Voy a empezar por lo que no tengo. El Nuevo Testamento no da un tribunal por encima del consejo de una iglesia local. No hay instancia de apelación, no hay procedimiento escrito, no hay un cuerpo mayor al que se le lleva el caso. Si yo inventara uno aquí, estaría haciendo exactamente lo que he pasado estas páginas reprochando. No lo hay. Y conviene notar que esa falta es igual de incómoda para todos: el que gobierna solo tampoco tiene ese tribunal, y además no tiene lo otro.
Se dirá que sí lo hay, y que está en Hechos 15: Antioquía tuvo un problema y lo llevó a Jerusalén. Miremos el caso, porque enseña, aunque no lo que se le pide. Antioquía no fue convocada — decidió enviar. La consulta la resuelve una asamblea, no un hombre. El resultado vuelve como carta que la iglesia lee, no como orden que un delegado ejecuta. Y esa carta hace algo más: desautoriza a los que habían salido de Jerusalén enseñando sin encargo — «a los cuales no dimos orden» (Hechos 15:24). Lo que no deja es reglamento: nadie escribe cómo se convoca eso, cuándo procede, ni qué habría pasado si Antioquía discrepara. Y no vuelve a ocurrir en todo el libro. Un caso no es una institución, y quien quiera fundar una instancia permanente sobre este capítulo tendrá que traer el texto que la instituye.
Y al lado de ese caso está el otro, que suele olvidarse. Apolos llega a Éfeso predicando con exactitud lo de Jesús, aunque conocía solamente el bautismo de Juan (Hechos 18:24-25). Nadie dice quién lo envió. No hay comisión, no hay carta, no hay iglesia madre. ¿Y qué pasa cuando le falta algo? No lo suspenden ni lo remiten a nadie: Priscila y Aquila lo toman aparte y le exponen el camino con más exactitud (v. 26). Un matrimonio que hacía tiendas corrigiendo a un hombre elocuente y poderoso en las Escrituras, en privado, sin cargo de por medio. Y después la iglesia escribe a los hermanos de Acaya para que lo reciban (v. 27) — que es lo que una casa puede dar de verdad: testimonio de lo que vio, no jurisdicción sobre nadie. Después Pablo pondrá a los dos en la misma frase: uno plantó, otro regó, y ninguno de los dos es nada (1 Corintios 3:6-7).
Entre esos dos casos está lo que el texto sí tiene: no una línea de autoridad, sino relaciones reales. Un hermano que corrige porque sabe. Una iglesia que responde por lo que vio. Una congregación que consulta a otra congregación. Nada de eso es un tribunal, y nada de eso es aislamiento. Lo que sí conviene notar es de qué forma es todo: cuerpo con cuerpo, hermano con hermano. En ninguna de las dos escenas hay un hombre reportándole a otro hombre. Hay cuerpos vivos hablándose entre sí.
Y hay algo más que sí está escrito, y no es un mecanismo: es una casa.
Cuando Pablo predicó en Berea, los que lo oían hicieron algo que Lucas registra con admiración: recibieron la palabra con toda solicitud, «escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Y Lucas los llama más nobles que los de Tesalónica. Léase quién es el examinado en esa frase: Pablo. Un apóstol, predicando el evangelio que él mismo recibió del Señor, verificado renglón por renglón por gente que acababa de conocerlo — y el texto no lo trata como insolencia. Lo trata como nobleza.
Y nótese qué escudriñaban, porque aquí está toda la diferencia. No los motivos de Pablo. No su historia, ni su tono, ni si les caía bien. Las Escrituras, para ver si lo que decía era así. El examen bereano no es sospecha sobre un hombre: es comparación de lo enseñado con lo escrito. Cualquiera puede hacerlo y nadie se ensucia haciéndolo, porque no se pronuncia sobre nadie — se pronuncia sobre si lo que se dijo está en el texto.
Ese derecho no es una concesión que los líderes otorgan. Juan se lo escribe a la congregación entera: «amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios» (1 Juan 4:1). Y Pablo lo lleva hasta donde ya no puede llevarse más lejos, escribiendo a iglesias y no a consejos: «si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Léase despacio a quién somete a esa vara: a sí mismo, y a un ángel. El apóstol le entrega a la congregación un criterio con el que ella puede medirlo a él. Si el evangelio que ella conoce mide a Pablo, mide a cualquier consejo de ancianos que haya existido.
Hay además un procedimiento, y es notable dónde termina. Contra un anciano no se admite acusación sino con dos o tres testigos — el texto protege al anciano de la acusación fácil, y hace bien (1 Timoteo 5:19). Pero léase el versículo siguiente: a los que persisten en pecar, «repréndelos delante de todos, para que los demás también teman» (v. 20). Delante de todos. El asunto de un anciano no se resuelve puertas adentro entre ancianos. Termina a la vista de la casa, que es la única forma en que un cuerpo entero no puede taparse a sí mismo.
Y aquí es donde esto deja de ser una precaución y se ve lo que de verdad es. Volvamos a lo que ya leímos: los dones fueron dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio» (Efesios 4:12). Equipar. Esa es la palabra, y esta es una de las cosas para las que equipa. Una congregación que conoce las Escrituras es una congregación que puede reconocer la verdad sin permiso — y también reconocer cuándo lo que se le enseña no está ahí. De modo que los ancianos que hacen bien su trabajo terminan produciendo, con sus propias manos, a la gente capaz de evaluarlos.
Es la misma lógica de antes, un piso más abajo. Ya vimos que el maestro que forma bien no produce ayudantes perpetuos: produce iguales, y celebra al que lo alcanza. Pues el consejo que enseña bien no produce oyentes dóciles: produce hermanos con criterio, y esos hermanos son la última protección que la casa tiene contra el propio consejo. No porque decidan en su lugar — el gobierno sigue siendo del cuerpo —, sino porque saben leer. El que no quiere una congregación así tendría que explicar para qué enseña.
Y por eso la mejor respuesta a la pregunta de esta sección no es una estructura: es un síntoma. Un consejo que se está cerrando se reconoce mucho antes de que se equivoque en algo grave, y se reconoce en esto — empieza a preferir una casa que no pregunta. La irritación ante la pregunta honesta es el primer aviso, y llega temprano, cuando todavía se puede corregir sin que nadie salga herido.
No prometo, pues, lo que la pluralidad no da. No es inmunidad. Cinco hombres pueden equivocarse juntos, y en la historia de la iglesia se han equivocado juntos muchas veces. Lo que la pluralidad da es fricción: un error tiene que convencer a varios antes de volverse decisión, y luego tiene que sobrevivir a una casa que sabe leer. Ninguna de las dos cosas garantiza nada. Las dos juntas son, sencillamente, lo que está escrito — y quien tenga algo mejor, que lo muestre en el texto y lo tomo.
Preguntas para una congregación
Dicho todo esto, queda lo difícil. Porque una cosa es saber qué dice la Biblia y otra es saber qué tengo enfrente. Y ahora hay dos cosas que mirar, no una: cómo se gobierna esta casa, y qué está produciendo. Cualquier congregación puede hacerse este examen, con honestidad y sin acusar a nadie. Las respuestas dicen mucho.
¿Hay un consejo de ancianos, o hay un solo hombre con un grupo que lo acompaña? ¿Existe en los hechos, o solo en el nombre?
¿Puede el consejo de ancianos tomar una decisión que el líder principal no quiere? ¿O en la práctica nunca se decide nada contra su voluntad?
¿Las propuestas nacen de varios, o todo lo que el consejo discute lo trajo un solo hombre? ¿Cuándo fue la última vez que la iglesia caminó una dirección que no propuso el líder?
¿Las finanzas de la iglesia son visibles para más de una persona? ¿Alguien además del líder sabe de verdad qué entra y qué sale?
¿La disciplina, cuando hace falta, la diseña el cuerpo de ancianos, o la define un solo hombre que también elige la sanción y la justifica?
Cuando el líder dice que rindió cuentas, ¿a quién? ¿Esa persona tiene acceso real a los hechos, o solo conoce lo que el mismo líder le cuenta?
¿Quién puede corregir al que dirige? ¿Existe alguien con la información y la autoridad para hacerlo, o todos los caminos de información pasan por él?
¿Alguien en esta casa, además del que dirige, sabría guardar la doctrina si mañana llegara alguien enseñando otra cosa? ¿O todos esperarían a que él la reconociera primero?
Cuando alguien enferma, ¿a quién llama? ¿Hay varios que lo conocen lo bastante como para orar por él con nombre y con historia, o hay una sola agenda que atender?
¿Se puede preguntar en esta casa? Cuando alguien compara lo que se enseña con lo que está escrito y no le cuadra, ¿tiene a quién decírselo, y qué le pasa cuando lo dice? ¿Se recibe como los de Berea, o como un problema de actitud?
¿Los que se forman en esta iglesia llegan a la estatura de los que los forman, o se quedan siempre debajo? ¿Cuántos discípulos han llegado a discipular a otros — o la casa produce asistentes que llenan las sillas, mientras los maestros nunca se multiplican?
Si hay un solo líder, ¿está formando ancianos que gobiernen a su lado, o solo herederos para cuando él falte? ¿Trabaja para volverse innecesario, o para volverse imprescindible?
¿Qué se hace aquí con los que crecen? ¿Se les entrega tarea y gente, o se les da más actividad y menos peso? Y cuando alguien empieza a tener criterio propio — cuando pregunta, cuando discrepa, cuando ya no necesita que le digan qué pensar —, ¿se celebra como fruto, o se trata como problema?
¿Cómo habla esta casa de los que la dirigen? ¿En plural, o hay un singular que todos entienden sin que haga falta nombrarlo? Cuando se dice «el líder», ¿podría cualquiera preguntar de quiénes, y obtener una respuesta?
¿El consejo gobierna, o adorna? ¿Tiene dientes, o está de figura?
Estas preguntas no acusan. Solo ofrecen un criterio. Si las respuestas dibujan a un cuerpo de hombres que de verdad comparten el gobierno, gracias a Dios. Si dibujan a un solo hombre rodeado de un consejo decorativo, entonces la congregación tiene derecho a saberlo, y derecho a pedir lo que la Escritura describe: no un dueño con asesores, sino ancianos que pastorean juntos. Y tiene derecho a algo más: a que en unos años haya más de los que hay hoy. Una casa sana se reconoce menos por quién manda que por a quién está levantando.
Esto no es una teoría. Es lo que pasa cuando no se hace. Y también lo que pasa cuando sí. Conozco casas donde el que llegó primero lleva veinte años y hoy se sienta entre cuatro hombres que lo corrigieron la semana pasada, y ninguno de los cuatro lo habría conocido sin él, y él no sabría pastorear sin ellos. No es utopía. Es lo que el texto describe, y ocurre.
Y conviene decir también que esto no se cambia en un domingo. Forzar una transición puede ser peor que el mal que se quiere corregir. Una casa que lleva años con un solo hombre al frente no se convierte en plural por decreto; se convierte cuando ese hombre, si es fiel, empieza a soltar lo que nunca debió agarrar solo, y la casa empieza a crecer hacia la estatura que él mismo predica. Es lento. Es incómodo. Y es lo que está escrito.
Porque al final, ni Pedro quiso ser más que un anciano entre los ancianos. Y si el apóstol no quiso el primer lugar, nadie tiene por qué reclamarlo.
Esta entrada es parte de una serie
Cinco publicaciones que se pueden leer por separado, pero se complementan entre sí. Si llegaste a esta primero, empieza por Todo Israel será salvo.
- Todo Israel será salvo — la promesa que Dios no ha olvidado, y a quién incluye.
- Antes o después de la tribulación — sobre el regreso de Cristo que todos esperamos.
- Los cuatro pilares del «antes» — los argumentos que sostienen el «antes», tomados uno por uno, en serio.
- La semana que falta — Daniel 9, las setenta semanas, y lo que está escrito en ellas.
- Un anciano entre los ancianos — lo que el Nuevo Testamento dice sobre quién gobierna la iglesia local.
Buen análisis, maravilloso y bendecido día