Un anciano entre los ancianos.

Hay una pregunta sencilla que casi nunca se hace en voz alta: ¿quién manda en una iglesia local? La respuesta que muchos dan por sentada es que manda el pastor principal. Hay un hombre al frente, los demás lo acompañan y la última palabra es suya. Suena ordenado. Suena bíblico. Pero cuando uno va al Nuevo Testamento a buscar esa figura, no la encuentra. Encuentra otra cosa.

Vale la pena mirar con calma, porque de esto depende cómo se gobierna la casa de Dios, y porque equivocarse aquí no es un error de organigrama. Es un error que abre la puerta a cosas que después cuesta mucho cerrar.

Lo que dice el texto

Empecemos por un detalle que es fácil pasar por alto. Cuando el apóstol Pedro escribe a los líderes de las iglesias, podría haberse presentado de muchas maneras. Era apóstol. Había caminado con Jesús. Tenía toda la autoridad para hablar desde arriba. Y sin embargo, cuando se dirige a los ancianos, se llama a sí mismo «anciano también con ellos» (1 Pedro 5:1). La palabra que usa es sympresbýteros: co-anciano, anciano junto a los otros.

Detengámonos ahí, porque es importante. Si alguna vez hubo un momento oportuno para instituir el cargo de «pastor principal», para decir «yo estoy por encima y ustedes por debajo», ese era el momento, y ese era el hombre. Pedro tenía el rango para hacerlo. No lo hizo. Se puso al lado. No por descuido, sino porque así es como funciona el liderazgo en la iglesia de Cristo: entre pares, no desde un trono.

Aquí alguien podría detenerme, y con razón aparente: «pero Pedro no era un anciano cualquiera. A él le fueron dadas las llaves del reino (Mateo 16:19). A él, tres veces, el Señor le dijo «apacienta mis ovejas» (Juan 21:15-17). Que hable con humildad no borra la comisión que tenía». Es una buena objeción, y merece mirarse con el texto abierto.

Lo de las llaves, primero. Es cierto que en Mateo 16 Jesús se lo dice a Pedro. Pero dos capítulos después, la misma potestad de atar y desatar se les da a todos los discípulos, con el mismo verbo, en el contexto de la disciplina de la congregación: «todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo» (Mateo 18:18). Si aquello hubiera sido un privilegio exclusivo de Pedro, el mismo evangelio no lo repetiría en plural unas páginas más adelante. La potestad que las llaves simbolizan — atar y desatar — la recibieron todos; y un privilegio cuyo contenido es compartido no funda una primacía. Lo que queda como exclusivo de Pedro es la imagen y el momento: fue el primero en recibir lo que después recibieron los demás.

Y lo de Juan 21 conviene leerlo entero. Pedro había negado al Señor tres veces. Y el Señor, resucitado, le pregunta tres veces «¿me amas?», y tres veces le encarga las ovejas. Tres negaciones, tres restauraciones. La escena entera gira en torno a una pregunta de amor, no a una investidura de rango: es un pastor caído siendo levantado, no un hombre siendo puesto por encima de los demás. (Sobre lo que ese diálogo dice del amor —y de las dos palabras distintas que Jesús y Pedro usan— escribí aparte en Tres preguntas, dos palabras.) Leer ahí la institución de un cargo supremo es afirmar más de lo que está escrito.

Pero el dato que a mí más me pesa es otro. Supongamos que esos pasajes le dieran a Pedro una autoridad jerárquica sobre los demás ancianos. Entonces lo esperable sería que Pedro, en algún momento, la ejerciera o al menos la mencionara. Tenemos dos cartas suyas. En ninguna la invoca. Y en el único pasaje donde se dirige precisamente a los ancianos —el lugar exacto donde ese rango habría sido pertinente— elige llamarse su igual. Aquí conviene ser preciso sobre quién debe demostrar qué: el que afirma que existía esa autoridad tiene que mostrarla escrita; señalar que no aparece no es construir un argumento sobre el silencio, es negarse a afirmar lo que el texto no dice. Son cosas distintas. El silencio no prueba mi lectura; pero tampoco autoriza la contraria, y la contraria es la que necesita el texto que no tiene.

Esto no es un texto aislado. Es el patrón de todo el Nuevo Testamento.

Cuando Pablo y Bernabé fundaban iglesias, en cada una nombraban ancianos, en plural (Hechos 14:23). Cuando Pablo deja a Tito en Creta, le encarga «establecer ancianos en cada ciudad» (Tito 1:5): ancianos, no un anciano. Cuando Pablo convoca a los líderes de la iglesia de Éfeso —una sola ciudad— llama a «los ancianos», en plural (Hechos 20:17). Cuando Santiago da instrucciones para el enfermo, dice «llame a los ancianos de la iglesia» (Santiago 5:14). Cuando Pablo saluda a la iglesia de Filipos, saluda a «los obispos y diáconos», otra vez en plural (Filipenses 1:1).

El patrón no se rompe en ningún lado. Una iglesia, varios ancianos.

Hay incluso un texto que conviene notar aquí, precisamente porque suele esgrimirse para lo contrario. Cuando la carta a los Hebreos pide a la congregación que se deje guiar —«Obedeced a los que os dirigen y sujetaos a ellos» (Hebreos 13:17)—, esos guías aparecen en plural. La palabra que usa no es «pastor» sino «los que os guían», y aun así el punto se sostiene, porque el versículo que más se blande para reclamar obediencia a un solo hombre habla, si se lee con cuidado, de varios: el rebaño sigue a un cuerpo de líderes, no a un soberano.

Hay algo más que conviene aclarar, porque suele confundir. En el Nuevo Testamento, las palabras anciano, obispo (o supervisor) y pastor no nombran tres cargos distintos en una escalera. Nombran lo mismo. Se ve con toda claridad en Hechos 20: Pablo llama a «los ancianos» (v. 17), les dice que el Espíritu Santo los puso como «obispos», y que su tarea es «pastorear» la iglesia de Dios (v. 28). Anciano, obispo, pastor: las tres palabras para los mismos hombres, en la misma frase. Lo mismo hace Pablo en Tito 1, donde alterna «anciano» y «obispo» para el mismo oficio (vv. 5 y 7). Y Pedro, a los ancianos, les encarga precisamente esto: «apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» (1 Pedro 5:2) — el anciano es quien pastorea.

Entonces, cuando alguien dice «yo soy el pastor, ellos son los ancianos, son cosas distintas», está dividiendo lo que el texto une. No hay un oficio de pastor por encima del de anciano. Es la misma persona, la misma tarea, vista desde tres ángulos.

Conviene ser honesto en un punto: que estos tres términos nombran un mismo oficio es la lectura más natural del texto, y es la lectura que sostienen muchas tradiciones que han mirado estos pasajes con cuidado. No es, sin embargo, la única lectura que ha existido. Ya muy temprano, en el siglo II, las cartas de Ignacio de Antioquía distinguen a un obispo único de los presbíteros, y de ahí arranca una tradición —episcopal— que ve en el Nuevo Testamento la semilla de tres oficios y no de uno. No la sigo, porque creo que fuerza una distinción que los textos no hacen: en Hechos 20 y en Tito 1 las tres palabras caen sobre los mismos hombres en la misma frase. Pero digo esto para que quede claro que aquí se interpreta, no se recita una obviedad. El argumento no es «cualquiera lo ve»; es «leído con cuidado, el texto une lo que otros separan».

Falta decir una cosa más antes de avanzar, para que nadie piense que el problema de un hombre que concentra el poder es un invento moderno. No lo es. Es tan viejo como la iglesia misma. El apóstol Juan, en una de sus cartas más cortas, tuvo que confrontar a un hombre llamado Diótrefes, «al cual le gusta tener el primer lugar», que no recibía a los hermanos y echaba de la iglesia a los que querían recibirlos (3 Juan 9-10). Ya en el primer siglo, en vida de un apóstol, existía el hombre que amaba el primer puesto y expulsaba a quien lo contradecía. La Escritura no solo describe este patrón: lo nombra y lo reprueba.

Y hay que decir algo más sobre Ignacio, porque su testimonio pesa y no es honesto esconderlo. Sus cartas son tempranas —a una generación de los apóstoles, en la misma región donde Timoteo sirvió— y describen al obispo único no como novedad que defender, sino como orden ya asentado. Alguien dirá, con razón aparente: «una estructura tan extendida, tan pronto, no puede ser una corrupción lenta; lo más razonable es que venga de los apóstoles mismos».

Es un argumento serio. Pero nótese qué tipo de argumento es: es una inferencia histórica hacia atrás, desde lo que Ignacio describe hacia lo que los apóstoles habrían instituido. Y entre Ignacio y los apóstoles está, precisamente, lo que los apóstoles sí escribieron. Los textos que describen el gobierno de las iglesias — Hechos, las cartas a Timoteo y Tito, 1 Pedro, Filipenses, Santiago — son anteriores a esas cartas, y en todos ellos el patrón es plural: ancianos en cada iglesia, obispos en plural para una sola ciudad. Se me recordará el candidato clásico a excepción: las cartas de Apocalipsis 2–3, dirigidas cada una «al ángel» de su iglesia — un singular por congregación. Pero fundar un oficio de gobierno sobre esa palabra es construir sobre lo incierto dos veces: no sabemos qué es ese «ángel» (¿un mensajero? ¿una figura celestial? ¿un líder? — se ha sostenido todo), y el libro entero habla en símbolos que él mismo debe descifrar. Un candelabro es una iglesia; una estrella, un ángel (1:20); qué sea el ángel, el texto no lo dice. Donde la Escritura describe gobierno con lenguaje llano, el plural no falla; para romper ese patrón haría falta algo más firme que la palabra más discutida del libro más simbólico. Si el obispo único fuera el diseño apostólico, lo esperable es que algún texto apostólico lo describiera en ese lenguaje llano, aunque fuera de paso. Ninguno lo hace. Tenemos que elegir entre inferir el diseño desde una generación después, o leerlo en los documentos de la generación misma. Yo elijo los documentos.

Y hay un segundo dato, del mismo periodo: el mismo Diótrefes que acabamos de ver. El testimonio apostólico más cercano en el tiempo a las cartas de Ignacio no describe al hombre del primer lugar como el orden correcto — lo confronta. Es decir, la misma época que nos muestra el obispado único ya extendido nos muestra también a un apóstol reprobando el apetito de primacía. Cómo pasó la iglesia de lo uno a lo otro en esos años, el texto no lo cuenta, y no voy a inventarlo. Lo que sí puedo decir es lo que está escrito antes y lo que está escrito al lado: antes, pluralidad sin excepción; al lado, el primer lugar reprobado.

Se dirá todavía algo más fino: «las revoluciones dejan cicatrices. Si la iglesia entera abandonó el diseño apostólico en una generación, ¿dónde está la controversia? Ningún escritor de ese tiempo registra la protesta». El argumento suena fuerte hasta que uno mira qué lo sostiene: es una inferencia sobre lo que la historia debió dejar registrado, aplicada a un periodo del que casi no conservamos registros. De los años entre los apóstoles e Ignacio nos quedan un puñado de documentos. Deducir de un archivo casi vacío que «no hubo protesta porque no quedó escrita» es construir sobre el silencio — y sobre un silencio doble: el de lo que no se escribió y el de lo que no sobrevivió. Yo no sé qué controversias hubo en esos años, y ya dije que no voy a inventar la historia que el texto no cuenta. Pero el que afirma que no hubo ninguna está inventando exactamente igual, solo que hacia el otro lado.

Y lo poco que sí sobrevivió no dice lo que ese argumento necesita. Por los mismos años en que Juan confrontaba a Diótrefes, la iglesia de Roma escribió una carta a la de Corinto — la que la tradición llama Primera de Clemente — protestando porque los corintios habían depuesto a sus presbíteros. Nótese todo lo que ahí está en plural: la carta la envía una iglesia, no un obispo que la firme; los agraviados son presbíteros, varios; y el gobierno que la carta describe y defiende, en Roma y en Corinto, es el de siempre — obispos y diáconos, en plural, puestos por los apóstoles. Y nótese algo más, cuidando de no hacer yo lo que acabo de señalar: esta carta no es un archivo vacío del que se deduce, es un documento que sobrevivió y que trata precisamente de gobierno — quién puso a los presbíteros, con qué derecho se les depuso, cómo debe ordenarse la casa. Un documento entero sobre el gobierno de dos iglesias que en todo su recorrido habla de obispos y presbíteros solo en plural no es lo mismo que la ausencia de documentos: es un testigo hablando del tema, y hablando en plural. De ahí no afirmo más de lo que da: no sé cómo se gobernaban las demás ciudades, ni qué pasó después. Lo que sí puedo decir es que el cuadro conservado no muestra un episcopado único ya universal y sin fricción: muestra una región donde Ignacio lo describe asentado, y dos iglesias grandes donde, por las mismas fechas, un conflicto de gobierno entero se discute sin que la figura aparezca. Y una carta protestando por el trato dado a un cuerpo de presbíteros es, si se quiere usar la palabra, una cicatriz.

La prueba de la lógica

Aquí es donde quiero pensar despacio, porque la mayoría de los que defienden al pastor principal no lo defienden con un versículo. Lo defienden con una costumbre. «Siempre ha sido así», «alguien tiene que mandar», «la iglesia necesita una cabeza visible». Son razones prácticas, no bíblicas, y conviene examinarlas con la misma herramienta que ellas usan: la lógica.

Pongamos sobre la mesa una incoherencia que casi nadie se atreve a mirar.

Casi todos los que defienden al pastor principal rechazan el papado. Dirán que un solo hombre no puede tener la autoridad final sobre la iglesia, que eso es contrario a la Escritura, que ningún hombre se sienta en el lugar que solo le corresponde a Cristo. Y tienen razón. El problema es que, al mismo tiempo, quieren un solo hombre con la autoridad final sobre su iglesia.

Se dirá: «pero no es lo mismo, el papa manda sobre toda la Iglesia universal, yo solo sobre mi congregación». Es verdad que la escala es distinta. Pero la escala no cambia la naturaleza de la cosa. El obispo de Roma también empezó como un obispo entre otros, y su primacía —según reconoce la propia historia de la Iglesia— no cayó del cielo ya formada, sino que creció poco a poco a lo largo de siglos: una sede que fue acumulando preeminencia, primero por el prestigio de su ciudad, luego por su región, luego sobre todas. No hace falta resolver aquí la vieja disputa entre quienes ven en ese crecimiento un desarrollo legítimo y quienes ven una usurpación. Basta notar lo que la historia documenta: que el ejercicio de la autoridad universal de Roma no estuvo ahí desde el principio, sino que se fue extendiendo — los propios defensores del papado describen ese crecimiento como desarrollo de algo ya instituido; sus críticos, como usurpación. Para mi punto no hace falta arbitrar: en cualquiera de las dos lecturas, lo que se ve crecer es lo mismo que el pastor principal planta.

Es la diferencia entre la bellota y el roble. No se puede condenar el roble y bendecir la bellota, porque son la misma cosa en dos momentos. Si el principio de «un hombre con la autoridad final» está sano cuando hay cincuenta personas en la sala, ¿por qué estaría enfermo cuando hay cincuenta millones? Y si está enfermo en los cincuenta millones, ya estaba enfermo en los cincuenta. El tamaño no santifica ni corrompe. O el principio sirve, o no sirve, y entonces no sirve en ninguna escala.

Hablo, conviene precisarlo, de una sola casa: la iglesia. El principio que examino es «un hombre con la última palabra sobre el pueblo de Dios» — no la autoridad de un padre en su hogar ni la de un rey en el pacto antiguo, que son otras casas con otro diseño. Por qué esta casa tiene el diseño que tiene, lo veremos más adelante. Por ahora basta el punto: dentro de esta casa, el tamaño no cambia la semilla.

Y nótese que el argumento no depende de cuánto tarde la bellota en crecer. Rápido o lento, en siglos o en una generación, lo que se planta es lo mismo. La pregunta nunca fue cuándo germina la semilla, sino qué semilla es.

Quien rechaza al papa y abraza al pastor principal está rechazando el árbol mientras planta la semilla.

Conviene decir desde ahora a quién se examina aquí, porque no es al hombre. No estoy diciendo que el pastor de la esquina sea un papa en miniatura, ni que su corazón albergue lo que el papado llegó a ser — no conozco su corazón, y este ensayo no juzga corazones en ninguna de sus páginas. Examino la semilla, no la mano que la sostiene. La mano puede ser limpia, sacrificada, sincera — y la semilla seguir siendo la que es. Precisamente por eso el argumento no se responde con biografía: decir «yo no soy así» no toca la pregunta, porque la pregunta nunca fue cómo eres tú. Es qué planta el principio, lo plante quien lo plante.

Llegados aquí, aparece siempre la mejor objeción, y hay que tomarla en serio. Dirá el defensor: «yo no soy como el papa, porque yo sí me someto. Respondo ante una denominación, ante otros pastores, ante un concilio. Tengo a quién rendir cuentas». Es una buena respuesta. Si fuera cierta, cambiaría las cosas. Por eso hay que examinarla.

Queda todavía una objeción, y es quizá la más seria que puede hacerse desde el texto mismo. Se dirá: «pero Pablo dejó a hombres solos al frente de iglesias. A Timoteo en Éfeso, a Tito en Creta. Les dio autoridad para nombrar ancianos, para corregir, para acallar a los rebeldes. Eso es un hombre al mando». Y es cierto que Timoteo y Tito recibieron esa encomienda. Conviene mirar qué clase de encargo era.

Timoteo y Tito recibieron autoridad real, y no hay que disimularlo. A Timoteo, Pablo le da instrucciones para juzgar acusaciones contra ancianos —«Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos» (1 Timoteo 5:19)— y le escribe para que sepa «cómo debes conducirte en la casa de Dios» (1 Timoteo 3:15). Eso es supervisión sobre el cuerpo de ancianos, ejercida mientras estuvo ahí. Concedámoslo entero, porque está escrito.

Ahora miremos cómo estaba diseñado ese encargo, porque eso también está escrito. A Tito, Pablo se lo dice con todas las letras: lo deja en Creta «para que pudieras terminar nuestro trabajo ahí y nombrar ancianos en cada ciudad, tal como te lo indiqué» (Tito 1:5) — la tarea es instalar el gobierno plural. Y al final de la misma carta le describe cómo termina el encargo: «Cuando envíe a ti a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí en Nicópolis» (Tito 3:12). Llega el relevo, y Tito parte. Un cargo vitalicio no funciona por relevos; una comisión sí. Con Timoteo, la secuencia es la misma: en la última carta, Pablo le pide que vaya a reunirse con él —«procura venir pronto a verme» (2 Timoteo 4:9), «procura venir antes del invierno» (v. 21)— y en medio anota: «A Tíquico lo envié a Éfeso» (v. 12). Y entre esos ruegos hay un detalle doméstico que dice más que muchos argumentos: «Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos» (v. 13). Un hombre instalado de por vida como monarca de Éfeso no está esperando relevo ni recibiendo encargos de equipaje. Las cartas enteras respiran tránsito.

Lo que estos hombres encarnan, entonces, es la fase de fundación: delegados del apóstol que ejercen autoridad real mientras la casa se ordena, dejan ancianos al frente y siguen camino. Y aquí está el punto que decide la cuestión: para que Timoteo fuera el modelo del «pastor principal» como oficio permanente, haría falta que algún texto dijera que ese rol continuaba después de él — que otro hombre heredaría su tipo de autoridad, que cada iglesia debía tener uno. Ningún texto lo dice. Lo que sí dicen los textos es qué quedaba al partir los delegados: ancianos, en plural, en cada ciudad. El que construye el andamio ejerce autoridad real sobre la obra; lo que no hace es quedarse viviendo en él, ni heredarlo.

La Biblia da aquí un principio, no un reglamento de gobierno: «someteos unos a otros» (Efesios 5:21). Y conviene leerlo en su sitio. Pablo lo escribe describiendo la vida llena del Espíritu; es decir, cómo se comporta la iglesia cuando el Espíritu la gobierna. No es una norma administrativa: es el aire que respiran los que son de Cristo. Alguien dirá que ese versículo encabeza un pasaje que enseguida despliega relaciones con cabeza: esposas y maridos, hijos y padres, siervos y amos. Es cierto, y no hay que esconderlo. Pero mírese qué hace ahí Pablo: bajo el mismo aire de la sumisión mutua, describe varias casas, y a cada una le reconoce su propio diseño. Eso no responde la pregunta de este ensayo — la formula. Porque la pregunta nunca fue si existen casas con cabeza; el hogar la tiene, y está escrito. La pregunta es qué diseño dio Dios a esta casa, la iglesia. Y para esa casa, lo que está escrito es lo que venimos leyendo: ancianos, en plural, bajo una sola cabeza que no es ninguno de ellos (Colosenses 1:18).

El principio es sencillo: unos a otros. Es mutuo y es horizontal. Y nadie queda fuera de ese «unos a otros»: el que dirige, menos que nadie. Si la sumisión mutua es la marca de la vida en el Espíritu, el liderazgo no escapa de ella; al contrario, es donde más debería notarse. No es, pues, un hombre eligiendo a quién le rinde cuentas; es un cuerpo de iguales que se ven, que comparten la información, que pueden contradecirse con conocimiento de causa.

Esa reciprocidad no flota en el aire; el Nuevo Testamento la baja a lo concreto. Santiago la lleva al terreno más incómodo: «confesaos vuestros pecados unos a otros» (Santiago 5:16). Donde hay confesión mutua hay información compartida, y nadie guarda bajo llave lo que todos deberían ver. Pablo, por su parte, reparte el peso: «Llevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). La carga que se lleva entre varios no se le puede esconder a los varios.

Y aquí está la pregunta que lo decide todo: ¿esa sumisión es verificable o solo declarada?

Hay una distinción enorme entre las dos. La sumisión verificable significa que hay personas reales, con acceso real a los hechos, que pueden decirte que estás equivocado y a las que tú no puedes ocultarles nada, porque comparten el piso contigo. La sumisión declarada significa que tú dices que rindes cuentas, pero tú eliges al que te audita, tú controlas qué información recibe, y tú reportas el resultado. La primera es sumisión. La segunda es un espejo al que se le llama tribunal.

Y aquí se cae la objeción. Porque el papa también dice que rinde cuentas: ante Dios, ante la tradición, ante los concilios. Todo hombre que concentra el poder tiene auditores. El problema nunca fue que falten auditores. El problema es que el auditado controla la auditoría. Cuando el que dirige elige a sus propios jueces, decide qué saben, y luego anuncia que ya fue aprobado, no se ha sometido a nadie. Ha construido una sumisión que él mismo administra.

Por eso la pluralidad de ancianos no es un detalle de organización. Es lo que hace que la rendición de cuentas sea real y no solo una palabra. Ya lo advertía Proverbios: los planes se frustran donde no hay consejo, pero «con muchos consejeros, triunfan» (Proverbios 15:22). No es que muchos acierten siempre; es que un hombre solo no tiene quien lo detenga cuando yerra. Un cuerpo de hombres que comparten el gobierno, que conocen los hechos de primera mano y que pueden contradecirse entre sí, sostiene una vigilancia que ningún arreglo individual puede imitar. Donde hay pares verdaderos, la verdad no se administra: se ve. Y esa es, al final, la mejor protección que tiene una iglesia, y también el mejor cuidado para el que dirige, porque nadie debería cargar solo con un peso que Dios repartió entre varios.

Ya lo había dicho el Predicador con una imagen sencilla: «Más valen dos que uno solo», porque cuando uno cae, el otro lo levanta, pero «¡ay del que está solo cuando caiga y no haya otro que lo levante!» (Eclesiastés 4:9-10). Y todavía añadió que «un cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:12). El que gobierna solo no tiene quien lo levante cuando tropieza. Por eso Dios no lo dejó solo.

Queda una última defensa, y es la más honesta de todas porque ya no discute versículos: «esto suena bien en el papel, pero en la práctica no funciona. Los comités se paralizan. Alguien tiene que decidir. Y de hecho, mírese la Escritura misma: Pedro habla primero en cada momento decisivo de los primeros capítulos de Hechos; a Santiago, Pablo lo llama columna (Gálatas 2:9). Siempre emerge un primero. Y si no se le da nombre, el peso de ese primero no desaparece — se vuelve poder informal, sin cargo y sin rendición de cuentas, que es peor». Tomémosla en serio, porque describe algo real.

Empecemos por Pedro, porque el propio libro de Hechos ya respondió esto. Es verdad que Pedro habla primero. Pero mírese qué le pasa cuando actúa: al volver de casa de Cornelio, «los que eran de la circuncisión disputaban con él» (Hechos 11:2), y Pedro no les responde «¿y ustedes quiénes son para pedirme cuentas?». Les explica todo «por orden» (v. 4), desde el principio, como quien debe una explicación — porque la debía. El hombre que habla primero rinde cuentas ante los hermanos que lo cuestionan, y los hermanos lo cuestionan como quien tiene derecho a hacerlo. Eso es exactamente la diferencia que venimos trazando: Pedro tenía peso, no tenía trono. Hablar primero es un dato de don y de iniciativa; que te puedan disputar y debas explicarte es el dato de la estructura. Y sobre el poder informal, la advertencia es cierta — el peso natural de un hombre no desaparece por decreto. Pero nótese hacia dónde empuja de verdad esa advertencia. Si el peligro es un peso sin nombre y sin cuentas, la solución no es coronarlo: es hacer lo que Hechos muestra — reconocerlo, rodearlo de pares con acceso real a los hechos, y dejar que le disputen. El problema del poder informal no se cura dándole la última palabra; se cura dándole hermanos. Lo primero convierte el peso en reinado. Lo segundo lo convierte en lo que Pedro fue: un primero al que se le puede decir que no.

Cómo se ve el liderazgo sano

Hasta aquí podría parecer que estoy en contra de todo liderazgo fuerte, y no es así. La pluralidad no es ausencia de liderazgo. Es la forma sana del liderazgo. Conviene decir qué sí, para que no quede solo el qué no.

Y lo primero que hay que decir es el mapa completo, antes de que alguien lo dibuje por mí. Porque la igualdad que este ensayo defiende tiene fronteras precisas, y no es la que se me querrá atribuir: no estoy diciendo que todos los creyentes sean iguales en función, ni que la iglesia decida todo en asamblea, ni que cualquier opinión pese lo mismo en cualquier asunto. El diseño escrito tiene dos trazos, y conviene mirarlos por separado.

El primer trazo es vertical: entre la congregación y los ancianos hay un umbral, y lo puso el texto. Anciano no es cualquiera: irreprensible, apto para enseñar, no un neófito, probado en su casa, con buen testimonio de fuera (1 Timoteo 3:1-7, Tito 1:5-9). Son requisitos que no todo creyente reúne todavía, y afirmarlo no niega la unción de nadie — lo escribió el mismo Pablo que predicó el Espíritu sobre toda carne. La unción es de todos; el gobierno es de los calificados. Ese umbral existe, y este ensayo no lo borra: lo defiende.

El segundo trazo es horizontal, y es el reparto que suele olvidarse: no todo lo que pasa en la casa es materia de los ancianos. La primera crisis operativa de la iglesia lo dejó escrito. Cuando la distribución diaria desatendió a las viudas helenistas — un problema real, cotidiano, de mesas y repartos — los doce se negaron a resolverlo ellos: «No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6:2). Buscad de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, «a quienes encarguemos de este trabajo; y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra» (vv. 3-4). Ahí está el reparto, no como teoría administrativa sino como decisión registrada: el gobierno espiritual y la palabra, a los ancianos; la operación de la casa, delegada a hombres calificados para ella. Por eso Pablo saluda en Filipos a «obispos y diáconos» — dos oficios, no uno con ayudantes — y por eso 1 Timoteo 3 trae dos listas de requisitos. El diseño reparte de fábrica.

Y este mapa responde, de paso, la burla más socorrida contra la pluralidad: «cinco hombres no se ponen de acuerdo ni para pintar un baño». Puede ser. Pero el diseño tampoco les pide que se pongan de acuerdo en eso: el color del baño nunca fue materia del consejo de ancianos. Si un cuerpo de ancianos está votando trivialidades, el problema no es la pluralidad — es que esa casa no ha instituido diáconos, o no les ha delegado nada, y le cargó al consejo lo que el diseño reparte. Los apóstoles delegaron las mesas precisamente para que las mesas nunca llegaran a su reunión. La parálisis que se le achaca al gobierno plural es, casi siempre, el retrato de una casa que solo construyó la mitad del diseño y le reclama al plano los defectos de la obra.

Dicho el mapa, ahora sí: El Nuevo Testamento sí reconoce que entre los ancianos hay diferencias. Pablo dice que los ancianos «que gobiernan bien» son dignos de doble honor, «mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17). Hay ancianos que enseñan más, que dedican más tiempo, que tienen un don más visible para la palabra. Eso es real y es bueno. El don de enseñanza puede concentrarse en una persona. Lo que no se concentra es el gobierno. Y conviene recordar que ni siquiera la enseñanza es monopolio de uno: Pablo da por hecho que los hermanos se enseñan y amonestan «unos a otros» (Colosenses 3:16). El don de la palabra sobresale en algunos; la palabra de Cristo habita en todos. Alguien notará, y hará bien en notarlo, que ese mismo versículo dice que hay ancianos que «gobiernan bien» — el verbo griego es proistēmi, estar al frente, presidir. ¿No es eso, escrito con todas las letras, la autoridad diferenciada de un hombre sobre los demás? Miremos cómo usa Pablo ese verbo, porque él mismo nos da la medida. Dos capítulos antes, es el requisito de todo obispo: «que gobierne (proistēmi) bien su casa» (1 Timoteo 3:4-5). El verbo describe el cuidado activo de lo que uno tiene delante — el padre a su casa, el anciano a la grey. Que un padre presida bien su casa no lo pone por encima de los demás padres; que un anciano presida bien no lo pone por encima de los demás ancianos. Y el honor que el versículo asigna es honor, no rango: el texto que Pablo cita enseguida lo aclara — «No pondrás bozal al buey que trilla» y «Digno es el obrero de su salario» (v. 18). El doble honor del que trabaja más en la palabra apunta al sustento y al reconocimiento, no a un voto que pese más. El versículo distingue dedicaciones; el que quiera leer ahí una jerarquía de gobierno tiene que traerla puesta.

A esta figura la tradición la ha llamado primus inter pares, «el primero entre iguales». Conviene saber, eso sí, que la frase es tardía: como locución fija no aparece en los textos clásicos, y se documenta en español y en otras lenguas modernas siglos después de Roma. Lo que sí es romano —y antiguo— es la cosa que la frase nombra, y vale la pena contarla porque encierra una advertencia. Cuando Augusto consolidó su poder, fue lo bastante astuto para no llamarse rey ni dictador: esos títulos habían costado la vida a Julio César. Eligió presentarse como princeps, «primer ciudadano», uno más entre iguales, manteniendo intacta la fachada de la república mientras por debajo concentraba en sus manos el ejército, las provincias y el dinero. En su caso, el «primer ciudadano» fue el disfraz elegante de un reinado absoluto.

Por eso la idea, bien entendida, predica justo lo contrario de lo que Augusto hizo con ella. El primero entre iguales de verdad es un anciano que enseña con más peso, que articula la visión, que dirige las reuniones, que es la cara visible cuando hace falta una. Pero cuya autoridad no está por encima de la de sus hermanos, sino dentro del cuerpo. Su voto pesa lo mismo. Puede ser corregido. No tiene la última palabra por sí solo, porque la última palabra la tiene el cuerpo de ancianos reunido bajo Cristo, que es la única cabeza de la iglesia.

La diferencia entre el primero entre iguales y Augusto no está en las palabras —ambos podían sonar igual de humildes— sino en si los iguales son reales. Augusto no tenía pares: tenía súbditos a los que llamaba iguales. Y eso es exactamente la sumisión declarada de la que hablábamos: la apariencia de igualdad administrada por el mismo que manda. La iglesia necesita lo contrario. No un primero que dice tener iguales, sino iguales que de verdad lo son.

Hay un ejemplo concreto de esto en el propio Nuevo Testamento, y conviene mirarlo porque suele leerse al revés. En Hechos 15, cuando la iglesia debate si los gentiles deben circuncidarse, habla primero Pedro. Después Bernabé y Pablo cuentan lo que Dios ha hecho entre los gentiles. Y al final habla Santiago, que cierra con una palabra que en español suena a sentencia: «yo juzgo» (v.19). Pero el verbo griego, krinō, no exige tribunal: significa también «yo opino», «a mí me parece» — es el mismo verbo que usa Pablo cuando pide que los hermanos dejen de juzgarse unos a otros por lo que comen (Romanos 14:13). Concedo aquí todo lo que el texto da, porque da bastante: el griego lleva el pronombre enfático — egō krinō, «yo juzgo», en una lengua que no necesita escribir el pronombre — y la carta que el concilio envía recoge la propuesta de Santiago punto por punto (compárese 15:20 con 15:29). Es difícil imaginar más peso en una asamblea: habló al final, habló con énfasis, y su juicio se volvió el acuerdo. Si un texto pudiera mostrar al pastor principal en acción, sería este. Por eso importa tanto lo que dice a continuación. Lo que decide el caso no es lo que dice Santiago, sino lo que dice el texto después de que Santiago habla: «pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia» (v.22). No es un cuerpo ratificando el veredicto de un hombre. Es una asamblea completa llegando a consenso después de que varias voces hablaron, y una de ellas —la de Santiago— pesó más porque su argumento fue más claro, no porque tuviera un cargo que le diera la última palabra. Eso es exactamente el primero entre iguales bien entendido: un hombre que convence, no un hombre que decide. Puede ser el más escuchado hoy y ser corregido mañana, y en ambos casos sigue siendo simplemente un anciano hablando entre sus pares, no un oficio actuando sobre ellos.

Alguien insistirá: «respondiste el verbo, pero no al hombre. Porque Santiago no es prominente solo en ese concilio. Cuando Pablo llega a Jerusalén años después, el texto dice que entró «a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos» (Hechos 21:18) — un hombre nombrado, el cuerpo alrededor. Y en Galacia, una facción entera se identificaba como «de parte de Jacobo» (Gálatas 2:12). Eso es un hombre al frente, sostenido en el tiempo». Miremos cada texto, porque todos ayudan — aunque no al que los trae.

(Jacobo y Santiago, dicho sea de paso, son el mismo nombre — Iákōbos; las traducciones lo reparten, y aquí seguiré diciendo Santiago.) Hechos 21:18 dibuja exactamente el cuadro que este ensayo describe: un primero visible y nombrado, y todos los ancianos reunidos. Si Santiago gobernara solo, ¿qué hacen ahí todos los ancianos? Y léase quién responde a Pablo dos versículos después: «ellos… le dijeron» (v. 20) — el consejo que Pablo recibe viene en plural. El texto no muestra a un monarca con corte; muestra a un cuerpo con un rostro. Nunca negué que exista el primero; lo que niego es que tenga la última palabra por oficio, y ese versículo no se la da. En Gálatas, el propio Pablo lo dice con su gramática: Santiago es «columna» — junto a Cefas y Juan, tres columnas nombradas en la misma frase (Gálatas 2:9). Columna entre columnas es, otra vez, anciano entre los ancianos. Y sobre los «de parte de Santiago», conviene recordar algo que el concilio mismo dejó escrito: ya antes habían salido hombres de Jerusalén enseñando en nombre de la iglesia, y la carta oficial los desautoriza — «a los cuales no dimos orden» (Hechos 15:24). Que alguien invoque un nombre con peso no prueba que el nombre lo haya enviado; prueba que el nombre pesaba, y eso nunca estuvo en disputa. Para que Santiago fuera el pastor principal de Jerusalén haría falta un texto donde decida por oficio sobre el cuerpo, o contra el cuerpo. Búsquese. Lo que está escrito es un hombre de peso enorme rodeado, cada vez que el texto abre la puerta y nos deja mirar, de todos los ancianos.

Es la diferencia entre dirigir y reinar. Dirigir es ir al frente sirviendo, mostrando el camino, cargando más peso. Reinar es estar por encima, donde nadie te alcanza. Lo primero es un don. Lo segundo es el problema que toda esta carta de Pedro, y todo el patrón del Nuevo Testamento, vino a evitar.

Y ese mismo problema —el de reinar disfrazado de servir— tiene un texto favorito para esconderse detrás. Efesios 4:11 enseña que Cristo «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros». Es común ver este versículo citado como respaldo de un cargo único: «pastor por don de Cristo, cargo reconocido por la iglesia», como si el texto instituyera un oficio con derecho especial de gobierno sobre una congregación. Pero léase con calma: el pasaje describe dones repartidos ampliamente en el cuerpo de Cristo —apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, «a unos… a otros»—, no un organigrama. El versículo anterior lo deja claro: «a cada uno de nosotros fue dada la gracia» (v.7). Es un texto sobre la variedad de dones en la iglesia universal, no sobre la estructura de gobierno de una iglesia local.

Aquí cabe una réplica inteligente, y hay que darle su lugar: «de acuerdo, el texto habla de dones y no de cargos — pero el don que menciona es pastorear. Ese don no existe en abstracto. Nadie pastorea en general: se pastorea a personas concretas, en un rebaño concreto, con autoridad real para hacerlo. El don mismo, por su naturaleza, se convierte en posición». Y es cierto que el don de pastorear necesita ovejas concretas; en eso la réplica tiene razón. Lo que no se sigue es lo otro: que necesite ejercerse en solitario. Que el cuidado deba ser concreto no exige que el que cuida sea uno. Un cuerpo de ancianos pastoreando junto al mismo rebaño satisface toda la concreción que el don requiere — y es, de hecho, la única forma que el Nuevo Testamento describe: «llame a los ancianos de la iglesia» para el enfermo concreto (Santiago 5:14), «apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» dicho a los ancianos en plural (1 Pedro 5:2). El rebaño es concreto y los pastores son varios, en el mismo versículo. La réplica prueba que el don necesita un dónde; no prueba que necesite un trono.

El riesgo de leerlo mal no es solo exegético. Es pastoral. Cuando un cargo se envuelve en la frase «don de Cristo», cuestionarlo empieza a sonar como cuestionar a Cristo mismo — y ahí el desacuerdo deja de tratarse entre hermanos y se convierte, sin que nadie lo diga así, en un asunto de obediencia a Dios. Es la misma jugada de fondo que ya vimos con Augusto —vestir de investidura divina lo que en realidad es una posición humana— solo que aquí el disfraz no es la humildad republicana, es el lenguaje espiritual, y por eso es más difícil de desenmascarar: quien objeta parece estar peleando contra Dios, cuando en realidad solo pide que un hombre responda por sus actos como cualquier otro anciano. Ningún don que Cristo reparte —ni el de enseñar, ni el de pastorear— viene con inmunidad frente a la corrección de los hermanos. Si viniera con eso, no sería un don: sería una excepción, y el Nuevo Testamento no conoce esa excepción para nadie.

Y aquí hay que responder una pregunta que el lector atento ya se habrá hecho, porque es la mejor pregunta que puede hacerse contra todo lo dicho: ¿y el Antiguo Testamento? Ahí el patrón parece el contrario. Moisés al frente del pueblo. Los jueces, uno a la vez. David en el trono. Un hombre singular, rodeado de ancianos, con la última palabra. Si ese fue el diseño de Dios durante siglos, ¿por qué no habría de serlo ahora?

Porque algo cambió entre aquel tiempo y este, y no lo digo yo: lo dice la Escritura, y lo dice en cadena. En aquel tiempo, el Espíritu de Dios reposaba sobre personas particulares — sobre Moisés, sobre los jueces, sobre los reyes — y de forma revocable: Saúl lo perdió, y David, después de su pecado, rogó «no quites de mí tu santo Espíritu» (Salmos 51:11). El pueblo seguía al hombre sobre quien estaba el Espíritu, porque el Espíritu no estaba sobre todos. El liderazgo singular no era un capricho: correspondía a esa distribución.

Pero mírese lo que pasó un día con Moisés, el líder singular por excelencia. Dios tomó del Espíritu que estaba sobre él y lo repartió sobre setenta ancianos — ancianos, en plural, «para que no la lleves tú solo» (Números 11:17). Y cuando dos de ellos profetizaron fuera de turno y Josué pidió que se les prohibiera, Moisés respondió con uno de los deseos más grandes que registra la Escritura: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos» (Números 11:29). El hombre que cargaba solo deseó en voz alta el fin de su propia exclusividad.

Ese deseo se volvió promesa en boca de Joel: «derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Joel 2:28). Y la promesa se volvió hecho en Pentecostés, donde Pedro se levanta y declara: «esto es lo dicho por el profeta Joel» (Hechos 2:16). Sobre toda carne. Ya no sobre el hombre al frente mientras el pueblo mira: sobre cada creyente. «Vosotros tenéis la unción del Santo» — escribe Juan a la congregación entera, no a sus líderes (1 Juan 2:20).

Pongo los textos en fila y digo lo que veo, y lo digo como lectura mía del patrón, no como sentencia que algún versículo pronuncie: el liderazgo de un solo hombre correspondía al tiempo en que el Espíritu estaba sobre uno solo. Ese tiempo terminó — no porque lo diga yo, sino porque Moisés lo deseó, Joel lo prometió y Pedro lo declaró cumplido. Y por eso un gobierno que concentra en un hombre la dirección espiritual de la casa no es simplemente una opción de organigrama entre otras: opera, en la práctica, como si Pentecostés no hubiera ocurrido. Y nótese que no hablo del corazón del hombre — muchos que ocupan ese lugar predican Pentecostés con toda sinceridad; hablo de lo que la estructura hace, la crea quien la crea: trata el discernimiento como propiedad de uno cuando Dios lo derramó sobre todos. Privatiza lo que fue derramado.

Y aquí alguien hará la pregunta más aguda de todas: «si dirigir a creyentes ungidos privatiza la unción, ¿por qué cinco ancianos no la privatizan igual que uno? ¿Por qué el principio muerde al uno y perdona a los cinco?». La respuesta es que la distinción no la puse yo: la puso el texto. La misma Escritura que declara la unción sobre todos es la que instituye ancianos con requisitos que no todo creyente reúne todavía — irreprensible, apto para enseñar, no un neófito, con buen testimonio (1 Timoteo 3:1-7, Tito 1:5-9) — reconocidos por la iglesia y constituidos en cada ciudad. Y adviértase quién escribe ambas cosas: el mismo Pablo. El apóstol del Espíritu derramado sobre toda carne es el apóstol que manda establecer ancianos calificados. Si el argumento de Pentecostés disolviera todo gobierno, disolvería a Pablo contra Pablo. No lo hace, porque el principio nunca fue «nadie dirige»: fue «ninguno trata el discernimiento como monopolio de su puesto». Ya estaba, además, en la primera escena de todas: cuando Dios repartió el Espíritu que estaba sobre Moisés, no lo repartió sobre todo Israel — lo puso sobre setenta ancianos; y en esa misma escena Moisés deseó que todo el pueblo profetizara. El anhelo de la unción universal y el gobierno de un cuerpo plural de ancianos conviven en el mismo capítulo, puestos ahí por Dios mismo, sin tensión. Lo que ese capítulo no contiene — lo que ningún capítulo contiene — es el uno con la última palabra. Y hay una diferencia más, que no es de número sino de estructura: dentro de un cuerpo, cada anciano tiene pares con autoridad e información para corregirlo; el hombre con la última palabra en solitario no tiene a nadie estructuralmente capaz de hacerlo. Cinco que se auditan entre sí no son cinco veces uno. Son otra cosa: son la sumisión verificable hecha carne.

Un liderazgo fuerte y sano se reconoce porque el líder sabe esto. Sabe que el Espíritu que lo guía a él habita también en sus hermanos, y por eso quiere pares de verdad. No los tolera: los busca.

Y los busca porque sabe qué produce la formación cuando se completa. El Señor lo dijo con una frase que se suele leer solo hacia abajo — como freno para el discípulo altivo — pero que tiene una segunda cara: «El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro» (Lucas 6:40). Como su maestro. Ese es el techo que el Señor le puso a la formación: no produce subordinados agradecidos — produce iguales. El proceso termina cuando el formado alcanza la estatura del que lo formó. Y esto desarma una defensa que se escucha mucho y suena a piedad: «mis ancianos no me van a contradecir — yo los formé, son mis hijos en la fe». Óigase lo que esa frase confiesa sin querer. Si los formaste y no pueden hablarte como pares, la formación no terminó: se detuvo — y se detuvo exactamente donde empezaba a costar. Un maestro cuyos discípulos nunca llegan a ser como él no está protegiendo la casa; está incompletando discípulos, y llamándole lealtad al resultado. Pablo entendió la cadena al derecho: «lo que has oído de mí, encárgalo a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). Cada eslabón forma maestros nuevos, no ayudantes perpetuos del eslabón anterior. Y ya Moisés lo había encarnado: el día que Dios repartió sobre setenta el Espíritu que estaba sobre él, no protestó por la pérdida de exclusividad — deseó más: que todo el pueblo profetizara. El maestro verdadero se reconoce en eso: celebra al discípulo que lo alcanza. El otro — el que necesita que nadie crezca hasta su estatura — no dirige una escuela de pastores. Administra un vivero de plantas que nunca deja trasplantar.

Se dirá aquí algo más hondo que la formación, y hay que concederlo primero, porque está escrito: «yo no solo los formé — los engendré. Cuando llegaron no eran discípulos que pulir: eran almas perdidas que gané para Cristo. Y eso Pablo lo reclama con todas las letras: «aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio» (1 Corintios 4:15). La paternidad no es un cargo que se suelta ni una formación que termina: un padre no deja de ser padre».

Concedo todo lo que el texto da, porque da mucho: la paternidad espiritual existe, Pablo la reclama sin sonrojo, y el que ganó almas para Cristo es padre de esas almas en un sentido que ningún organigrama borra. Pero ahora mírese qué hizo Pablo con esa paternidad, porque también está escrito, y escrito a los mismos hijos. A los corintios — a los engendrados, no a otros — les escribió: «no que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo» (2 Corintios 1:24). El padre que los engendró les puso por escrito su renuncia al señorío sobre ellos. Y cuando quiso describir su propia autoridad de padre, eligió estas palabras: «os ruego que me imitéis» (1 Corintios 4:16) — ruega, el que podía mandar. La paternidad espiritual que Pablo reclama es la que engendra, amonesta, ruega y modela; la que el argumento necesita — la que decide por los hijos a perpetuidad porque los engendró — esa Pablo no la ejerció ni la escribió. Y hay una razón de fondo, dicha por el Señor mismo: «no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mateo 23:9) — dicho precisamente contra los que amaban los primeros asientos y los títulos que los nombran. Lo que ese texto prohíbe no es la metáfora de Pablo, que la usa; es convertirla en rango. El engendramiento es un hecho y una honra. Lo que no es, en ninguna carta, es un trono heredable: los hijos crecen. Y el padre según la carne lo sabe mejor que nadie: llega el día en que ya no decide por el hijo — y ese día no es la derrota de su paternidad. Es su fruto.

Por eso quiere hombres que le puedan decir que no, porque sabe que esa es su protección y la de la iglesia. Lo entendió el sabio mucho antes: «El hierro con hierro se afila» (Proverbios 27:17). Un hombre sin pares es un filo que nadie vuelve a afilar. Y como sabe que la corrección de un amigo hiere pero sana, no la esquiva: «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6). El que solo quiere aplausos huye de esas heridas; el que quiere su propio bien las busca. El que huye de los pares reales no está protegiendo su autoridad. Está protegiendo algo que no resiste la luz.

Y aquí debo decir algo con cuidado, porque hay una palabra que no quiero herir de paso. La palabra «pastor» no es el problema. Es palabra escrita, y hermosa: Cristo la dio como don (Efesios 4:11), Pedro la encargó como tarea (1 Pedro 5:2), Jesús la definió con una frase que cabe en la palma de la mano: el pastor «a sus ovejas llama por nombre» (Juan 10:3). No vengo a abolirla. Vengo a devolverla, porque se la han llevado a un lugar donde el texto nunca la puso.

Mírese cómo la usa la Escritura, cada vez que la usa: apacentad la grey «que está entre vosotros» — esa grey, no la grey en general. Llame el enfermo a los ancianos «de la iglesia» — de la suya. El pastor llama por nombre a «sus» ovejas — las suyas. La palabra nunca camina sola: siempre viene atada a un rebaño concreto y conocido. Es como la palabra «padre»: nadie es padre a secas; se es padre de alguien. Pastor es una relación, no una credencial. Y el daño que le hemos hecho es exactamente ese: le amputamos el complemento. «El pastor Fulano» — ¿pastor de quién? De nadie en particular; pastor a secas, como quien dice licenciado. Una relación se verifica: se pregunta por las ovejas y ellas responden. Una credencial solo se ostenta. Cuando la palabra dejó de necesitar rebaño para funcionar, dejó de ser la palabra que el Señor definió.

Por eso la pregunta que devuelve la palabra a su sitio no es «¿quién te dio el título?» sino otra, más sencilla y más incómoda: ¿de quiénes eres pastor? Nómbralos. El que puede responder — el que conoce las historias, da seguimiento, carga gente por nombre — es pastor de esos, con todo derecho, se llame como se llame su gafete y predique donde predique. Y el que está al frente de quinientos que no sabría nombrar no es pastor de esos quinientos: será su maestro, o su evangelista — dones de Cristo ambos, y benditos — pero el complemento que la palabra exige no existe ahí. Por eso el enfermo de Santiago —ya lo vimos— no manda llamar al predicador: manda llamar a los que lo conocen. La palabra le queda a cada uno exactamente del tamaño de su rebaño real. Ese es, por cierto, el único tamaño que tuvo jamás en el texto.

Queda entonces el adjetivo. Porque «pastor» tiene verbo, tiene don, tiene complemento — tiene a dónde volver. «Principal» no tiene nada. No hay verbo «principalear» en la casa de Dios, no hay don de primacía en las listas, no hay un solo versículo que cuelgue esa palabra de un hombre sobre sus hermanos. Y no es que faltaran candidatos: si alguien pudo llevarla, fueron Pedro — las llaves, la triple comisión — y Santiago — la voz que pesó más en el concilio. Ninguno la llevó. Pedro se llamó anciano junto a los otros; a Santiago el texto lo llama columna, junto a otras columnas. Los dos hombres con más peso real del Nuevo Testamento no necesitaron el adjetivo, y nadie se lo puso. Ese silencio no es un descuido: es el mismo patrón que hemos visto en todo lo demás.

Se dirá: «pero el hombre que lo lleva puede ser humilde; en su mano, la palabra es inofensiva». Pruébese al revés, porque al revés se ve claro. Imagínese un cargo con nombre denigrante, llevado por un hombre al que todos tratan con respeto. Nadie diría «el nombre no importa, porque a él lo tratan bien»; todos verían que el nombre está mal, lo cargue quien lo cargue, y que el siguiente en heredarlo hereda el nombre, no el respeto. Pues un título que exalta trabaja igual que uno que denigra, solo que hacia arriba — y con una ventaja a su favor: nadie se defiende de ser exaltado. El adjetivo le dice al que lo lleva, todos los días y en silencio, que él es más que sus hermanos. No hace falta que él lo crea hoy. La palabra es paciente.

Así que al hombre que lleva el título y pastorea de verdad — el que sí conoce nombres, sí da seguimiento, sí carga — no le escribo en contra. Le escribo para devolverle lo que es suyo y preguntarle por lo que no lo es. La palabra «pastor» te queda: del tamaño de tu rebaño, que es como le queda a cualquiera, y ese tamaño te lo ganaste ejerciendo el don, no portando el gafete. Pero el adjetivo — ¿de dónde salió? No está en las listas de dones, no está en los saludos de las cartas, no lo llevó Pedro teniendo las llaves. No lo necesitas para hacer nada de lo que haces: no se visita mejor a un enfermo por ser principal, ni se conoce mejor un nombre. Lo único que ese adjetivo puede darte es lo único que un siervo no debería querer: un lugar por encima de los hermanos. Si ya haces lo que la palabra pide, la palabra te alcanza. Suelta el adjetivo. No pierdes nada que el texto te haya dado — y por qué soltarlo es el camino, y no una pérdida, es lo último que falta decir.

Y si alguien pregunta por qué esto importa tanto, la respuesta última no está en Pedro, ni en Santiago, ni en ningún anciano. Está en Cristo mismo.

Los doce discutieron esto delante de él mismo. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, pidieron los primeros puestos, y cuando los otros diez se indignaron, Jesús los llamó a todos y les dijo: «Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que entre ellas son grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros» (Marcos 10:42-43). No dijo «ejerzan señorío con humildad» ni «gobiernen sirviendo un poco». Dijo que el patrón entero —el de mandar y ser obedecido porque se tiene el rango para exigirlo— queda fuera para los suyos. «Pero no será así entre vosotros» no es un matiz. Es una frontera. Y a los dos que pidieron los primeros puestos, el Señor les prometió en cambio su copa (v. 39) — y Santiago la bebió primero: fue el primero de los doce en morir por su nombre (Hechos 12:2). Recibió una primacía, sí. La del reino.

Se objetará que Jesús no prohibió ahí la autoridad, sino su abuso: el verbo es katakyrieúō, enseñorearse, dominar como los gentiles — y que el «el que quiera hacerse grande» del versículo siguiente admite que habrá grandes; solo redefine cómo se ejerce la grandeza. Es una lectura atenta, y tiene parte de razón: Jesús no abolió el liderazgo, ya lo dijimos. Pero mírese qué es exactamente lo que la frase redefine. La grandeza gentil consistía en tener sobre otros potestad; la que Jesús instituye consiste en ser de otros servidor. No cambió el adorno del cargo dejando el cargo intacto: cambió la dirección de la relación. El grande gentil se mide por cuántos le obedecen; el grande de Cristo, por a cuántos sirve. Si después de esa inversión alguien conserva la última palabra por razón de su puesto, no ha invertido nada — solo ha aprendido a describir con vocabulario de siervo lo que sigue funcionando como señorío.

Se dirá también: «pero Pablo mismo ejerció autoridad personal y tajante — entregó a Himeneo y Alejandro a Satanás (1 Timoteo 1:20), juzgó a distancia al hombre de Corinto (1 Corintios 5:3-5), advirtió «si voy otra vez, no seré indulgente» (2 Corintios 13:2)». Es cierto, y no hay que suavizarlo: eso es un hombre ejerciendo juicio con autoridad propia. Pero ¿qué hombre? Un apóstol — testigo del Resucitado, comisionado directamente por él, fundador de esas iglesias, escritor de Escritura. Nadie en esta conversación niega que los apóstoles tuvieran una autoridad que no se repite; la pregunta es si esa autoridad pasa a un hombre local cuando los apóstoles ya no están. Y aquí conviene notar algo: tomar la autoridad extraordinaria de Pablo como molde del cargo ordinario del pastor es, exactamente, el movimiento que se le reprocha a Roma — extender lo apostólico a un oficio permanente. No se puede usar la escalera y condenar la escalera.

Y aquí hablará el que más derecho tiene a hablar, y hay que escucharlo entero: «esta obra me costó la vida. Yo no heredé un púlpito: barrí el local, pagué la luz de mi bolsa, lloré de madrugada por ovejas que tú no conoces. El título no me lo puse — me lo dio la gente, y Dios me llamó a mí — a mí me habló, a mí me confirmó con años de fruto. ¿Y viene un texto a decirme que planté una semilla mala?». Todo eso puede ser verdad, y donde es verdad, es honroso. Pero mírese qué compra exactamente ese precio, porque la Escritura lo dice. El precio pagado compra lo que Pablo llama el buey sin bozal: sustento, honra, el derecho de ser oído con peso. Compra la palabra «pastor» del tamaño del rebaño que de verdad se cargó. Lo que ningún precio compra es el lugar por encima de los hermanos — no porque el precio sea poco, sino porque ese lugar no está en venta. Y sobre el llamado, concedo también, y de corazón: Dios llama a personas — con nombre, y a veces con señales para el que las pide. Nadie disputa que te haya llamado a ti; también a Tito lo llevó solo a Creta. Pero mírese qué contenía ese llamado: lo dejó «para que nombraras ancianos en cada ciudad». El encargo del que llega solo es, precisamente, edificar el gobierno que no será de uno — la pluralidad no es la etapa que viene después de la fundación: es lo que la fundación construye. El llamado dice a dónde ir y qué levantar; lo que ningún llamado registrado dice es «y los que ganes serán tuyos». Por eso los años sin pares no miden lo joven que está la obra. Miden qué se estuvo edificando. Y la prueba está en los que pagaron más que nadie: los apóstoles pusieron el cuerpo, las cadenas y la sangre — «en trabajos más abundante, en azotes sin número, en cárceles más» (2 Corintios 11:23) — y con todo ese precio pagado, Pedro se llamó anciano junto a los otros y Pablo escribió que no se enseñoreaba de la fe de nadie, sino que era colaborador de su gozo (2 Corintios 1:24). Si el sacrificio comprara el rango, ellos lo habrían comprado varias veces. No lo reclamaron, porque sabían de quién habían aprendido el precio: del que pagó más que todos.

Pablo lo cuenta así: el que «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:6-7). El que tenía el único rango que de verdad no admite discusión —no un cargo humano, sino la naturaleza misma de Dios— no lo usó como algo que había que sostener con las dos manos. Lo soltó. Y Pablo no lo cuenta como anécdota edificante: lo pone como el molde de cómo debe pensar cualquiera que quiera seguirlo — «haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (v.5).

No falta quien complete la lectura por mí: «pero Pablo no termina en el despojo — termina en que «Dios también le exaltó hasta lo sumo» (v. 9). El que se humilla, es exaltado. El que sirve, termina gobernando». Y es verdad que ahí termina. Pero fíjese quién exalta a quién. Es Dios quien exalta a Cristo; Cristo no se exalta, no reclama, no consolida — se despoja, y lo demás lo hace el Padre. Si alguien quiere el patrón completo, tómelo completo: despojarse es lo que nos toca; exaltar es lo que hace Dios, cuando quiere y como quiere. El que concluye de aquí «el que sirve bien merece el mando» se ha saltado de renglón: ha tomado la parte de Dios y se la ha asignado a sí mismo. Y por si quedara duda de qué aplicación tenía Pablo en mente, él mismo la escribió tres versículos antes: «nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo» (v. 3). Esa es la conclusión que Pablo da. La otra — la del cargo ganado por servicio — la tendría que haber escrito alguien, y nadie la escribió.

Si Aquel que tenía todo el derecho de ejercer señorío no lo hizo, ningún anciano, ningún pastor, ningún hombre con un don real tiene ese derecho tampoco. La pluralidad de ancianos no es, al final, una regla de organización que alguien impuso por desconfianza. Es la praxis concreta de ese mismo despojo: gobernar sin aferrarse, dirigir sin reinar, servir sin necesitar que nadie lo llame por un título para saber que lidera.

Siervos, compañeros, ¿a qué nos estamos aferrando?

Preguntas para una congregación

Termino no con afirmaciones, sino con preguntas. Porque una cosa es saber qué dice la Biblia y otra es saber qué tengo enfrente. Cualquier congregación puede hacerse este examen, con honestidad y sin acusar a nadie. Las respuestas dicen mucho.

¿Hay un consejo de ancianos, o hay un solo hombre con un grupo que lo acompaña? ¿Existe en los hechos, o solo en el nombre?

¿Puede el consejo de ancianos tomar una decisión que el líder principal no quiere? ¿O en la práctica nunca se decide nada contra su voluntad?

¿Las finanzas de la iglesia son visibles para más de una persona? ¿Alguien además del líder sabe de verdad qué entra y qué sale?

¿La disciplina, cuando hace falta, la diseña el cuerpo de ancianos, o la define un solo hombre que también elige la sanción y la justifica?

Cuando el líder dice que rindió cuentas, ¿a quién? ¿Esa persona tiene acceso real a los hechos, o solo conoce lo que el mismo líder le cuenta?

¿Quién puede corregir al que dirige? ¿Existe alguien con la información y la autoridad para hacerlo, o todos los caminos de información pasan por él?

Si hay un solo líder, ¿está formando ancianos que lo reemplacen, o asentándose como indispensable? ¿Trabaja para volverse innecesario, o para volverse imprescindible?

¿Los que se forman en esta iglesia llegan a la estatura de los que los forman, o se quedan siempre debajo? ¿Cuántos discípulos han llegado a discipular a otros — o la casa produce asistentes que llenan las sillas, mientras los maestros nunca se multiplican?

¿Las propuestas nacen de varios, o todo lo que el consejo discute lo trajo un solo hombre? ¿Cuándo fue la última vez que la iglesia caminó una dirección que no propuso el líder?

¿El consejo gobierna, o adorna? ¿Tiene dientes, o está de figura?

Estas preguntas no acusan. Solo ofrecen un criterio. Si las respuestas dibujan a un cuerpo de hombres que de verdad comparten el gobierno, gracias a Dios. Si dibujan a un solo hombre rodeado de un consejo decorativo, entonces la congregación tiene derecho a saberlo, y derecho a pedir lo que la Escritura describe: no un dueño con asesores, sino ancianos que pastorean juntos.

Porque al final, ni Pedro quiso ser más que un anciano entre los ancianos. Y si el apóstol no quiso el primer lugar, nadie tiene por qué reclamarlo.


Esta entrada es parte de una serie

Cuatro publicaciones que se pueden leer por separado, pero se complementan entre sí. Si llegaste a esta primero, empieza por Todo Israel será salvo.

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