Un anciano entre los ancianos.

Lo que el Nuevo Testamento dice (y no dice) sobre quién gobierna la iglesia.


Hay una pregunta sencilla que casi nunca se hace en voz alta: ¿quién manda en una iglesia local? La respuesta que muchos dan por sentada es que manda el pastor principal. Hay un hombre al frente, los demás lo acompañan y la última palabra es suya. Suena ordenado. Suena bíblico. Pero cuando uno va al Nuevo Testamento a buscar esa figura, no la encuentra. Encuentra otra cosa.

Vale la pena mirar con calma, porque de esto depende cómo se gobierna la casa de Dios, y porque equivocarse aquí no es un error de organigrama. Es un error que abre la puerta a cosas que después cuesta mucho cerrar.

1. Lo que dice el texto

Empecemos por un detalle que es fácil pasar por alto. Cuando el apóstol Pedro escribe a los líderes de las iglesias, podría haberse presentado de muchas maneras. Era apóstol. Había caminado con Jesús. Tenía toda la autoridad para hablar desde arriba. Y sin embargo, cuando se dirige a los ancianos, se llama a sí mismo «anciano también con ellos» (1 Pedro 5:1). La palabra que usa es sympresbýteros: co-anciano, anciano junto a los otros.

Detengámonos ahí, porque es importante. Si alguna vez hubo un momento oportuno para instituir el cargo de «pastor principal», para decir «yo estoy por encima y ustedes por debajo», ese era el momento, y ese era el hombre. Pedro tenía el rango para hacerlo. No lo hizo. Se puso al lado. No por descuido, sino porque así es como funciona el liderazgo en la iglesia de Cristo: entre pares, no desde un trono.

Esto no es un texto aislado. Es el patrón de todo el Nuevo Testamento.

Cuando Pablo y Bernabé fundaban iglesias, en cada una nombraban ancianos, en plural (Hechos 14:23). Cuando Pablo deja a Tito en Creta, le encarga «establecer ancianos en cada ciudad» (Tito 1:5): ancianos, no un anciano. Cuando Pablo convoca a los líderes de la iglesia de Éfeso —una sola ciudad— llama a «los ancianos», en plural (Hechos 20:17). Cuando Santiago da instrucciones para el enfermo, dice «llame a los ancianos de la iglesia» (Santiago 5:14). Cuando Pablo saluda a la iglesia de Filipos, saluda a «los obispos y diáconos», otra vez en plural (Filipenses 1:1).

El patrón no se rompe en ningún lado. Una iglesia, varios ancianos.

Hay incluso un texto que conviene notar aquí, precisamente porque suele esgrimirse para lo contrario. Cuando la carta a los Hebreos pide a la congregación que se deje guiar —«Obedeced a los que os dirigen y sujetaos a ellos» (Hebreos 13:17)—, esos guías aparecen en plural. La palabra que usa no es «pastor» sino «los que os guían», y aun así el punto se sostiene, porque el versículo que más se blande para reclamar obediencia a un solo hombre habla, si se lee con cuidado, de varios: el rebaño sigue a un cuerpo de líderes, no a un soberano.

Hay algo más que conviene aclarar, porque suele confundir. En el Nuevo Testamento, las palabras anciano, obispo (o supervisor) y pastor no nombran tres cargos distintos en una escalera. Nombran lo mismo. Se ve con toda claridad en Hechos 20: Pablo llama a «los ancianos» (v. 17), les dice que el Espíritu Santo los puso como «obispos», y que su tarea es «pastorear» la iglesia de Dios (v. 28). Anciano, obispo, pastor: las tres palabras para los mismos hombres, en la misma frase. Lo mismo hace Pedro en 1 Pedro 5:1-2, donde los ancianos son llamados a pastorear ejerciendo supervisión. Y lo mismo Pablo en Tito 1, donde alterna «anciano» y «obispo» para el mismo oficio (vv. 5 y 7).

Entonces, cuando alguien dice «yo soy el pastor, ellos son los ancianos, son cosas distintas», está dividiendo lo que el texto une. No hay un oficio de pastor por encima del de anciano. Es la misma persona, la misma tarea, vista desde tres ángulos.

Conviene ser honesto en un punto: que estos tres términos nombran un mismo oficio es la lectura más natural del texto, y es la que sostiene la mayoría de las tradiciones que han mirado estos pasajes con cuidado. No es, sin embargo, la única lectura que ha existido. Ya muy temprano, en el siglo II, las cartas de Ignacio de Antioquía distinguen a un obispo único de los presbíteros, y de ahí arranca una tradición —episcopal— que ve en el Nuevo Testamento la semilla de tres oficios y no de uno. No la sigo, porque creo que fuerza una distinción que los textos no hacen: en Hechos 20, en Tito 1 y en 1 Pedro 5 las tres palabras caen sobre los mismos hombres en la misma frase. Pero digo esto para que quede claro que aquí se interpreta, no se recita una obviedad. El argumento no es «cualquiera lo ve»; es «leído con cuidado, el texto une lo que otros separan».

Falta decir una cosa más antes de avanzar, para que nadie piense que el problema de un hombre que concentra el poder es un invento moderno. No lo es. Es tan viejo como la iglesia misma. El apóstol Juan, en una de sus cartas más cortas, tuvo que confrontar a un hombre llamado Diótrefes, «al cual le gusta tener el primer lugar», que no recibía a los hermanos y echaba de la iglesia a los que querían recibirlos (3 Juan 9-10). Ya en el primer siglo, en vida de un apóstol, existía el hombre que amaba el primer puesto y expulsaba a quien lo contradecía. La Escritura no solo describe este patrón: lo nombra y lo reprueba.

2. La prueba de la lógica

Aquí es donde quiero pensar despacio, porque la mayoría de los que defienden al pastor principal no lo defienden con un versículo. Lo defienden con una costumbre. «Siempre ha sido así», «alguien tiene que mandar», «la iglesia necesita una cabeza visible». Son razones prácticas, no bíblicas, y conviene examinarlas con la misma herramienta que ellas usan: la lógica.

Pongamos sobre la mesa una incoherencia que casi nadie se atreve a mirar.

Casi todos los que defienden al pastor principal rechazan el papado. Dirán que un solo hombre no puede tener la autoridad final sobre la iglesia, que eso es contrario a la Escritura, que ningún hombre se sienta en el lugar que solo le corresponde a Cristo. Y tienen razón. El problema es que, al mismo tiempo, quieren un solo hombre con la autoridad final sobre su iglesia.

Se dirá: «pero no es lo mismo, el papa manda sobre toda la Iglesia universal, yo solo sobre mi congregación». Es verdad que la escala es distinta. Pero la escala no cambia la naturaleza de la cosa. El obispo de Roma también empezó como un obispo entre otros, y su primacía —según reconoce la propia historia de la Iglesia— no cayó del cielo ya formada, sino que creció poco a poco a lo largo de siglos: una sede que fue acumulando preeminencia, primero por el prestigio de su ciudad, luego por su región, luego sobre todas. No hace falta resolver aquí la vieja disputa entre quienes ven en ese crecimiento un desarrollo legítimo y quienes ven una usurpación. Basta notar lo que nadie niega: que la autoridad universal de Roma no estuvo ahí desde el principio, sino que se fue concentrando. El papado no es un error de otra especie que el pastor principal. Es el mismo principio, crecido.

Es la diferencia entre la bellota y el roble. No se puede condenar el roble y bendecir la bellota, porque son la misma cosa en dos momentos. Si el principio de «un hombre con la autoridad final» está sano cuando hay cincuenta personas en la sala, ¿por qué estaría enfermo cuando hay cincuenta millones? Y si está enfermo en los cincuenta millones, ya estaba enfermo en los cincuenta. El tamaño no santifica ni corrompe. O el principio sirve, o no sirve, y entonces no sirve en ninguna escala.

Quien rechaza al papa y abraza al pastor principal está rechazando el árbol mientras planta la semilla.

Llegados aquí, aparece siempre la mejor objeción, y hay que tomarla en serio. Dirá el defensor: «yo no soy como el papa, porque yo sí me someto. Respondo ante una denominación, ante otros pastores, ante un concilio. Tengo a quién rendir cuentas». Es una buena respuesta. Si fuera cierta, cambiaría las cosas. Por eso hay que examinarla.

Queda todavía una objeción, y es quizá la más seria que puede hacerse desde el texto mismo. Se dirá: «pero Pablo dejó a hombres solos al frente de iglesias. A Timoteo en Éfeso, a Tito en Creta. Les dio autoridad para nombrar ancianos, para corregir, para acallar a los rebeldes. Eso es un hombre al mando». Y es cierto que Timoteo y Tito recibieron esa encomienda. Conviene mirar qué clase de encargo era.

Timoteo y Tito no eran pastores principales de una congregación: eran colaboradores itinerantes del apóstol, enviados a un lugar por un tiempo y con una tarea concreta. Pablo se lo dice a Tito con todas las letras: lo deja en Creta «para que corrigieras lo deficiente y establecieras ancianos en cada ciudad» (Tito 1:5). Es decir, lo envía precisamente a instalar el gobierno plural y luego seguir camino. Su autoridad no era la de un dueño que se queda, sino la de un fundador que organiza y parte. A Timoteo, de hecho, Pablo le pide que vaya a reunirse con él (2 Timoteo 4:9,21); no estaba echando raíces como monarca de Éfeso. Lo que estos hombres encarnan no es el pastor principal permanente, sino la fase de fundación: alguien viene, ordena la casa, deja ancianos al frente y se va. Tomar a Timoteo como modelo del cargo vitalicio de «pastor que manda» es confundir al partero con el dueño de la casa. El que construye el andamio no se queda viviendo en él.

La Biblia da aquí un principio, no un reglamento de gobierno: «someteos unos a otros» (Efesios 5:21). Y conviene leerlo en su sitio. Pablo lo escribe describiendo la vida llena del Espíritu; es decir, cómo se comporta la iglesia cuando el Espíritu la gobierna. No es una norma administrativa: es el aire que respiran los que son de Cristo. El principio es sencillo: unos a otros. Es mutuo y es horizontal. Y nadie queda fuera de ese «unos a otros»: el que dirige, menos que nadie. Si la sumisión mutua es la marca de la vida en el Espíritu, el liderazgo no escapa de ella; al contrario, es donde más debería notarse. No es, pues, un hombre eligiendo a quién le rinde cuentas; es un cuerpo de iguales que se ven, que comparten la información, que pueden contradecirse con conocimiento de causa.

Esa reciprocidad no flota en el aire; el Nuevo Testamento la baja a lo concreto. Santiago la lleva al terreno más incómodo: «confesaos vuestros pecados unos a otros» (Santiago 5:16). Donde hay confesión mutua hay información compartida, y nadie guarda bajo llave lo que todos deberían ver. Pablo, por su parte, reparte el peso: «Llevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). La carga que se lleva entre varios no se le puede esconder a los varios.

Y aquí está la pregunta que lo decide todo: ¿esa sumisión es verificable o solo declarada?

Hay una distinción enorme entre las dos. La sumisión verificable significa que hay personas reales, con acceso real a los hechos, que pueden decirte que estás equivocado y a las que tú no puedes ocultarles nada, porque comparten el piso contigo. La sumisión declarada significa que tú dices que rindes cuentas, pero tú eliges al que te audita, tú controlas qué información recibe, y tú reportas el resultado. La primera es sumisión. La segunda es un espejo al que se le llama tribunal.

Y aquí se cae la objeción. Porque el papa también dice que rinde cuentas: ante Dios, ante la tradición, ante los concilios. Todo hombre que concentra el poder tiene auditores. El problema nunca fue que falten auditores. El problema es que el auditado controla la auditoría. Cuando el que dirige elige a sus propios jueces, decide qué saben, y luego anuncia que ya fue aprobado, no se ha sometido a nadie. Ha construido una sumisión que él mismo administra.

Por eso la pluralidad de ancianos no es un detalle de organización. Es lo que hace que la rendición de cuentas sea real y no solo una palabra. Ya lo advertía Proverbios: los planes se frustran donde no hay consejo, pero «con muchos consejeros, triunfan» (Proverbios 15:22). No es que muchos acierten siempre; es que un hombre solo no tiene quien lo detenga cuando yerra. Un cuerpo de hombres que comparten el gobierno, que conocen los hechos de primera mano y que pueden contradecirse entre sí, sostiene una vigilancia que ningún arreglo individual puede imitar. Donde hay pares verdaderos, la verdad no se administra: se ve. Y esa es, al final, la mejor protección que tiene una iglesia, y también el mejor cuidado para el que dirige, porque nadie debería cargar solo con un peso que Dios repartió entre varios.

Ya lo había dicho el Predicador con una imagen sencilla: «Más valen dos que uno solo», porque cuando uno cae, el otro lo levanta, pero «¡ay del que está solo cuando caiga y no haya otro que lo levante!» (Eclesiastés 4:9-10). Y todavía añadió que «un cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:12). El que gobierna solo no tiene quien lo levante cuando tropieza. Por eso Dios no lo dejó solo.

3. Cómo se ve el liderazgo sano

Hasta aquí podría parecer que estoy en contra de todo liderazgo fuerte, y no es así. La pluralidad no es ausencia de liderazgo. Es la forma sana del liderazgo. Conviene decir qué sí, para que no quede solo el qué no.

El Nuevo Testamento sí reconoce que entre los ancianos hay diferencias. Pablo dice que los ancianos «que gobiernan bien» son dignos de doble honor, «mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17). Hay ancianos que enseñan más, que dedican más tiempo, que tienen un don más visible para la palabra. Eso es real y es bueno. El don de enseñanza puede concentrarse en una persona. Lo que no se concentra es el gobierno. Y conviene recordar que ni siquiera la enseñanza es monopolio de uno: Pablo da por hecho que los hermanos se enseñan y amonestan «unos a otros» (Colosenses 3:16). El don de la palabra sobresale en algunos; la palabra de Cristo habita en todos.

A esta figura la tradición la ha llamado primus inter pares, «el primero entre iguales». Conviene saber, eso sí, que la frase es tardía: como locución fija no aparece en los textos clásicos, y se documenta en español y en otras lenguas modernas siglos después de Roma. Lo que sí es romano —y antiguo— es la cosa que la frase nombra, y vale la pena contarla porque encierra una advertencia. Cuando Augusto consolidó su poder, fue lo bastante astuto para no llamarse rey ni dictador: esos títulos habían costado la vida a Julio César. Eligió presentarse como princeps, «primer ciudadano», uno más entre iguales, manteniendo intacta la fachada de la república mientras por debajo concentraba en sus manos el ejército, las provincias y el dinero. En su caso, el «primer ciudadano» fue el disfraz elegante de un reinado absoluto.

Por eso la idea, bien entendida, predica justo lo contrario de lo que Augusto hizo con ella. El primero entre iguales de verdad es un anciano que enseña con más peso, que articula la visión, que dirige las reuniones, que es la cara visible cuando hace falta una. Pero cuya autoridad no está por encima de la de sus hermanos, sino dentro del cuerpo. Su voto pesa lo mismo. Puede ser corregido. No tiene la última palabra por sí solo, porque la última palabra la tiene el cuerpo de ancianos reunido bajo Cristo, que es la única cabeza de la iglesia.

La diferencia entre el primero entre iguales y Augusto no está en las palabras —ambos podían sonar igual de humildes— sino en si los iguales son reales. Augusto no tenía pares: tenía súbditos a los que llamaba iguales. Y eso es exactamente la sumisión declarada de la que hablábamos: la apariencia de igualdad administrada por el mismo que manda. La iglesia necesita lo contrario. No un primero que dice tener iguales, sino iguales que de verdad lo son.

Es la diferencia entre dirigir y reinar. Dirigir es ir al frente sirviendo, mostrando el camino, cargando más peso. Reinar es estar por encima, donde nadie te alcanza. Lo primero es un don. Lo segundo es el problema que toda esta carta de Pedro, y todo el patrón del Nuevo Testamento, vino a evitar.

Un liderazgo fuerte y sano se reconoce porque el líder quiere pares de verdad. No los tolera: los busca. Quiere hombres que le digan que no, porque sabe que esa es su protección y la de la iglesia. Lo entendió el sabio mucho antes: «El hierro con hierro se afila» (Proverbios 27:17). Un hombre sin pares es un filo que nadie vuelve a afilar. Y como sabe que la corrección de un amigo hiere pero sana, no la esquiva: «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6). El que solo quiere aplausos huye de esas heridas; el que quiere su propio bien las busca. El que huye de los pares reales no está protegiendo su autoridad. Está protegiendo algo que no resiste la luz.

4. Preguntas para una congregación

Termino no con afirmaciones, sino con preguntas. Porque una cosa es saber qué dice la Biblia y otra es saber qué tengo enfrente. Cualquier congregación puede hacerse este examen, con honestidad y sin acusar a nadie. Las respuestas dicen mucho.

¿Hay un consejo de ancianos, o hay un solo hombre con un grupo que lo acompaña? ¿Existe en los hechos, o solo en el nombre?

¿Puede el consejo de ancianos tomar una decisión que el líder principal no quiere? ¿O en la práctica nunca se decide nada contra su voluntad?

¿Las finanzas de la iglesia son visibles para más de una persona? ¿Alguien además del líder sabe de verdad qué entra y qué sale?

¿La disciplina, cuando hace falta, la diseña el cuerpo de ancianos, o la define un solo hombre que también elige la sanción y la justifica?

Cuando el líder dice que rindió cuentas, ¿a quién? ¿Esa persona tiene acceso real a los hechos, o solo conoce lo que el mismo líder le cuenta?

¿Quién puede corregir al que dirige? ¿Existe alguien con la información y la autoridad para hacerlo, o todos los caminos de información pasan por él?

Si hay un solo líder, ¿está formando ancianos que lo reemplacen, o asentándose como indispensable? ¿Trabaja para volverse innecesario, o para volverse imprescindible?

¿El consejo gobierna, o adorna? ¿Tiene dientes, o está de figura?

Estas preguntas no acusan. Solo ofrecen un criterio. Si las respuestas dibujan a un cuerpo de hombres que de verdad comparten el gobierno, gracias a Dios. Si dibujan a un solo hombre rodeado de un consejo decorativo, entonces la congregación tiene derecho a saberlo, y derecho a pedir lo que la Escritura describe: no un dueño con asesores, sino ancianos que pastorean juntos.

Porque al final, ni Pedro quiso ser más que un anciano entre los ancianos. Y si el apóstol no quiso el primer lugar, nadie tiene por qué reclamarlo.

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