La semana que falta

Hay una escena en el libro de Daniel que conviene mirar antes que ninguna otra cosa, porque en ella nace el pasaje del que vamos a hablar. Daniel es ya un hombre viejo. Babilonia acaba de caer, un imperio nuevo gobierna, y él está leyendo. «Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años» (Daniel 9:2). Está leyendo su Escritura. Encuentra un número escrito —setenta años—, le cree, saca la cuenta, y como la cuenta está por cumplirse, se pone a orar. Una de las oraciones más hermosas de toda la Biblia: confiesa el pecado de su pueblo como si fuera suyo, no reclama nada, apela solo a las misericordias de Dios —«no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias» (9:18)—.

Y mientras todavía está orando, llega la respuesta. El ángel Gabriel, «volando con presteza», lo toca «como a la hora del sacrificio de la tarde» y le dice para qué fue enviado: «Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento […] porque tú eres muy amado» (9:22-23). Daniel había preguntado por setenta años. El cielo le respondió con setenta semanas de años —cuatrocientos noventa—: «Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad» (9:24). Una respuesta más grande que la pregunta. Cuatro versículos apenas, del 24 al 27, y en ellos una de las profecías más asombrosas de toda la Escritura.

Y digo asombrosas con toda la palabra. El pasaje da un punto de partida: «desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén». Da un punto de llegada: «hasta el Mesías Príncipe». Y da la distancia entre ambos: sesenta y nueve semanas (9:25). Hay quien ha hecho esa cuenta con calendario en mano, desde el decreto de un rey persa, y la ha visto aterrizar —con una precisión que eriza la piel— en los días exactos en que Jesús de Nazaret entró a Jerusalén montado en un pollino, mientras la multitud gritaba Hosanna. Quinientos años antes, a un anciano en Babilonia, se le dijo cuándo. Los sabios de oriente quizá llegaron preguntando «¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» porque en su tierra alguien había dejado enseñado que los números de Daniel se acercaban. Es de los pasajes que uno no puede leer sin sentir que está pisando tierra santa.

Sesenta y nueve semanas hasta el Mesías. Y las semanas determinadas son setenta.

Queda una. La última, la semana que falta —la número setenta—, y sobre ella se ha preguntado, enseñado y escrito quizá más que sobre ningún otro tramo de la profecía bíblica. ¿Ya pasó? ¿Falta todavía? ¿Qué ocurre dentro de ella? En sus siete años se han ubicado pactos y quebrantos de pactos, sacrificios que cesan, una abominación que desola. Sobre esa semana se han dibujado los relojes y las líneas de tiempo que muchos hemos visto alguna vez en una pizarra o en las láminas de un maestro. Es poca tierra —un solo versículo, el 27— y carga edificios enteros.

Por eso vale la pena hacer algo que casi nunca se hace con este pasaje, de tan conocido que es: leerlo despacio. Volver a la letra, versículo por versículo, como Daniel volvió a la letra de Jeremías —que fue leyendo lo escrito, y creyéndolo, como este pasaje llegó al mundo—. Mirar qué dice, qué no dice, y dónde exactamente dice cada cosa. La semana que falta merece, por lo menos, eso: ser leída con el mismo cuidado con que fue dada.

Empecemos por la letra.

Cuatro versículos

Pongamos primero el pasaje entero delante de los ojos, porque todo lo que sigue depende de tenerlo presente. Gabriel le dice a Daniel:

«24 Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. 26 Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. 27 Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador.» (Daniel 9:24-27).

Eso es todo. Cuatro versículos. Léelos otra vez si hace falta, porque sobre esas líneas descansa cuanto vamos a decir.

Y lo primero que hay que saber de esas líneas es algo que no se ve en nuestras Biblias: los números de versículo no estaban ahí. Daniel no escribió un 24, un 25, un 26 y un 27; escribió un texto corrido, sin divisiones, sin puntuación como la nuestra. Los versículos se añadieron siglos después, y los capítulos, siglos más tarde todavía. Son herramientas para encontrar los pasajes, y benditas sean —pero conviene recordar que son andamio, no edificio—. Donde nosotros vemos cuatro peldaños numerados, el texto original fluye como una sola tirada de palabras.

Lo segundo es más incómodo, y hay que decirlo con honestidad: el hebreo de estos cuatro versículos es de los más difíciles de todo el Antiguo Testamento. No lo digo yo; lo dicen los que dedican su vida a esa lengua. Las frases son telegráficas, comprimidas al extremo; los sujetos quedan tácitos; la sintaxis se aprieta hasta doler. Y la prueba está a la mano de cualquiera: basta abrir dos traducciones. Donde una Biblia dice «con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador», otra dice «sobre el ala de las abominaciones vendrá el desolador», y una tercera, «colocará un objeto sacrílego que causa profanación». ¿Muchedumbre, ala, objeto? Los traductores —gente piadosa y competente, con toda la erudición disponible— no logran ponerse de acuerdo en qué dice la frase, porque la frase, en el original, es oscura. Hebreo literal: «sobre ala de abominaciones, desolador». Haz tú la oración completa, si puedes.

Y hay un detalle de gramática que conviene mirar despacio, porque va a acompañarnos el resto del camino. El versículo 27 arranca: «Y por otra semana confirmará el pacto con muchos». Pregunta sencilla: ¿quién confirmará? Busca el sujeto en la frase. No está. El hebreo trae el verbo solo —«hará-prevalecer»—, sin decir quién. El lector tiene que ir a buscarlo atrás, a los versículos anteriores, y ahí encuentra que hay dos candidatos mencionados: el Mesías Príncipe, protagonista del pasaje desde el versículo 25, y «un príncipe que ha de venir», que aparece en el 26 —aunque este último ni siquiera aparece actuando: el que actúa es su pueblo; el príncipe está ahí solo como dueño del pueblo que destruye—. Dos príncipes en el texto, un verbo sin sujeto en el 27. La puerta tiene dos manijas, y el texto no dice cuál gira. Guarda este dato; volveremos a esa puerta.

Y todavía una cosa más, la más fina de todas. Léete de corrido el 26 y el 27, uno tras otro, y fíjate en lo que hacen:

El 26 dice: el Mesías muerto — y un pueblo que destruye la ciudad y el santuario, con guerra y desolaciones hasta el fin.

El 27 dice: un pacto confirmado y el sacrificio que cesa — y un desolador sobre abominaciones, hasta que lo decretado se derrame sobre él.

¿Lo notaste? Los dos versículos tienen la misma forma. Cada uno trae dos escenas, y las escenas se corresponden: primero algo que toca al pacto y al sacrificio; después algo que toca a la desolación y su final decretado. Como dos paneles pintados con el mismo trazo, uno junto al otro. Y esa manera de decir no nos es extraña: es la manera hebrea. Así habla la poesía de los salmos, que dice cada cosa dos veces con palabras distintas; así fueron los sueños de Faraón —dos sueños, y José le explica: «el sueño es uno» (Génesis 41:25)—; así avanza tanta profecía: no como flecha que va de un punto al siguiente, sino como espiral que vuelve sobre lo dicho y lo profundiza. No lo afirmo como cosa probada —el pasaje es demasiado difícil para que nadie afirme tanto—; lo señalo como posibilidad que el género mismo pone sobre la mesa: que el 26 y el 27 no sean dos pasos de una escalera, sino dos vistas del mismo paisaje. Si así fuera, hasta la pregunta de qué viene «después» de qué habría que hacerla con más cuidado del que solemos.

Un texto corrido que nosotros leemos en peldaños. Un hebreo tan apretado que las traducciones se dispersan. Un verbo decisivo sin sujeto. Y una forma que quizá es panel doble y no escalera. Nada de esto le quita al pasaje una gota de su gloria —las sesenta y nueve semanas aterrizaron donde aterrizaron, y eso queda—. Pero sí nos dice algo sobre cómo conviene pisarlo: este es un pasaje para leerse de rodillas y afirmarse con cuidado. Daniel recibió estas palabras de un ángel y quedó sin fuerzas; nosotros las recibimos en un hebreo que nos exige humildad. Quizá no sea casualidad.

Con la letra delante, miremos ahora cómo se la ha leído. Porque se la ha leído de más de una manera —y es probable que la tuya, sea una de ellas.

Más de una lectura

Desde que estas palabras existen, se las ha leído. Y no de una sola manera.

Antes de mostrar las lecturas, una advertencia sobre cómo las voy a mostrar: sin nombres, sin fechas, sin escuelas. No porque no los haya —los hay, y abundan—, sino porque no mandan. La autoridad de una lectura no viene de cuántos la han sostenido, ni de cuán ilustres fueron, ni de cuán antigua sea; viene de lo que la letra sostiene ante el que la escudriña. Gabriel fue enviado, dice el texto, «para darte sabiduría y entendimiento» (9:22): el entendimiento de este pasaje fue don desde el primer día, y sigue siéndolo —se pide, como Daniel pidió; no se hereda de los que leyeron antes—. Así que voy a poner las lecturas sobre la mesa como lo que son: maneras en que ojos creyentes han armado estos cuatro versículos. Es probable que reconozcas la tuya entre ellas. Esa es, de hecho, la mitad del propósito: que sepas que la tuya es una, y que existen las demás.

Hay una lectura que arma el pasaje así. Las sesenta y nueve semanas corren hasta el Mesías Príncipe —la cuenta que ya vimos aterrizar en el pollino y los Hosanna—, y ahí el conteo se detiene. Porque el versículo 26 dice «después de las sesenta y dos semanas» ocurren dos cosas —el Mesías muerto, la ciudad y el santuario destruidos— y las dice después de la semana sesenta y nueve pero sin contarlas dentro de la setenta. Y hay que reconocerlo: ese pie está en la letra. Entre la cruz y la destrucción del templo pasaron casi cuarenta años, y el texto los deja a ambos en ese «después», fuera de toda semana. De ahí esta lectura concluye: el reloj se detuvo. Entre la semana sesenta y nueve y la setenta hay un paréntesis que el pasaje no mide —que ya lleva, a la fecha, casi dos mil años—, y la semana que falta es futura: siete años que aún no corren. El que confirma el pacto del versículo 27 es, en esta lectura, el otro príncipe —el «príncipe que ha de venir» del 26, leído como un personaje final, un engañador—: hará un pacto de una semana, lo quebrantará a la mitad, hará cesar el sacrificio —lo cual supone un templo en pie otra vez— y pondrá la abominación. Esa semana es la tribulación. Y con esta lectura del calendario viene, casi siempre de la mano, una lectura del regreso del Señor —y quien la enseña la dice con cuidado, así que hay que citarla con el mismo cuidado: no dos venidas, sino una venida en dos fases—. Primero viene por los suyos: el encuentro en el aire, los muertos en Cristo resucitando primero, los vivos arrebatados con ellos. Después corre la semana. Y al final de la semana viene con los suyos, en gloria, y todo ojo le verá. Entre la fase del por y la fase del con cabe, exactamente, la semana que falta. Es una lectura armada con seriedad, enseñada con amor por la venida del Señor, y quien creció en ella la reconoce como se reconoce la casa propia.

Hay otra lectura, que arma los mismos versículos de otro modo. Las setenta semanas corren de corrido, como se contarían setenta de cualquier cosa, y la setenta sigue a la sesenta y nueve sin pausa. El que «confirmará el pacto con muchos» no es el príncipe del versículo 26 —que, recuérdalo, ni siquiera actúa en su propia frase; el que actúa es su pueblo—, sino el protagonista del pasaje entero, el que la profecía venía anunciando desde el versículo 25: el Mesías. Y esta lectura señala el verbo, porque el hebreo no dice «hará» un pacto, como quien firma un tratado nuevo; dice «hará prevalecer», fortalecerá, confirmará —lenguaje de quien toma un pacto ya existente y lo lleva a su plenitud—. La semana setenta sería entonces la semana del Mesías: y «a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda» sería la cruz —que hizo cesar el sacrificio no de hecho, pues los corderos siguieron muriendo en el templo unos años más, sino de derecho: desde esa tarde, ninguna ofrenda expía ya nada, «porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14)—. El velo del templo, rasgado de arriba abajo en esa hora exacta, sería la firma de ese cese. Esta lectura suele apoyarse también en el encabezado del pasaje, ese versículo 24 que casi nunca se predica: las setenta semanas fueron determinadas «para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable». Léelo despacio y pregúntate qué evento de la historia responde a esa lista. Las semanas, según su propio propósito declarado, culminan en una expiación. Y en cuanto al pacto confirmado «con muchos» —esto no lo cargo como prueba de nada; solo lo dejo dicho, y tú harás con ello lo que quieras—: la noche antes de la mitad, alzando la copa, Jesús dijo: «esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada» (Mateo 26:28). Esta lectura también tiene su tramo flaco, y hay que decirlo con la misma honestidad: si la cruz es la mitad de la semana, ¿qué evento cierra la otra mitad? El texto no lo dice, y quien lo rellena con precisión está rellenando.

Y ha habido una tercera manera, que más que lectura es tentación, y ha visitado a las otras dos: la de exigirle al pasaje fechas por venir. Tomar las semanas, hacer aritmética hacia adelante, y fijar el año —a veces el día— de lo que falta. Los días señalados llegaron, y pasaron, y los que habían vendido todo para esperar se quedaron mirando el cielo de un día común. No pongo nombres; tampoco hacen falta, porque el patrón es más viejo que cualquiera de ellos. El pasaje da números y los números invitan a contar —Daniel mismo contó los años de Jeremías—. Pero nota la diferencia, porque es toda la diferencia: Daniel contó un plazo ya escrito para orar su cumplimiento; estos contaron hacia adelante para agendar lo no revelado. Cada vez que alguien le exigió fecha al pasaje, el pasaje no la dio, y la fecha inventada falló. Como si los números hubieran sido dados para otra cosa que para el calendario.

Míralas juntas ahora. Una lee paréntesis donde la otra lee semana corrida. Una pone el pacto en manos de un engañador futuro; la otra, en las manos traspasadas del Mesías. Una espera el cese del sacrificio en un templo por construir; la otra lo adora consumado en una cruz. Discrepan en el sujeto del verbo, en la costura del tiempo, en el sentido del pacto —discrepan, a decir verdad, en casi todo—. Y las sostienen, a ambas, creyentes que aman al Señor y a su Palabra. ¿Quién arbitra? El pasaje mismo no trae árbitro: ya vimos que su hebreo calla el sujeto, que sus versículos son andamio añadido, que su forma quizá es panel doble y no escalera. Cuatro versículos oscuros no pueden juzgar entre sus propios lectores.

A menos que alguien con autoridad sobre el pasaje lo haya partido ya. No un lector más, por sabio que fuera —otro lector solo añadiría otra lectura—, sino alguien que pudiera hablar de estos versículos como nadie ha podido hablar de ningún texto: no desde afuera, interpretándolo —desde adentro, siéndolo—.

Y alguien así habló.

El que habló desde adentro

Quinientos años después de Gabriel, sobre el monte de los Olivos —a la vista del templo, el mismo santuario del versículo 26—, unos discípulos le preguntan a su Maestro por el fin. Y el Maestro, respondiendo, cita nuestro pasaje: «Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes» (Mateo 24:15-16).

Detente en quién está hablando, porque no es un lector más.

El que cita a Daniel en ese monte es el Mesías Príncipe del versículo 25. Es el Mesías que, según el versículo 26, «será muerto, mas no por sí» —y lo será dentro de unos días; lo sabe; viene de decirles «sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado» (Mateo 26:2)—. Cuando Jesús abre Daniel 9 no está interpretando un texto ajeno: está leyendo su propia biografía escrita quinientos años antes. Los demás lectores del pasaje —todos, los de una lectura y los de la otra, los de entonces y los de ahora— lo miran desde afuera y arman las piezas. Él habla desde adentro, porque él es la pieza sobre la que el pasaje se arma. Ninguna lectura puede tener jamás esa autoridad: no es que él lea mejor; es que el texto habla de él, y él lo sabe, y lo dice.

Y mira lo que hace este lector único con el pasaje. No dibuja un calendario. No mide el paréntesis ni deja de medirlo. No resuelve el sujeto del versículo 27 —hasta esa manija la deja sin girar—. Hace algo más sencillo y más soberano: reparte los eventos entre lo que se cumple ya y lo que queda adelante. De un lado, lo que él mismo estaba viviendo: el Mesías muerto —a días de cumplirse en su carne—. Y la destrucción de la ciudad y el santuario, que acababa de anunciar con sus propias palabras saliendo del templo: «¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra» (24:2) —y que se cumplió, con la exactitud que sabemos, sobre aquella generación—. Del otro lado, una pieza, una sola, la señala hacia adelante: la abominación desoladora. «Cuando veáis…» —futuro, para los que escuchaban—. Eso es todo el reparto. Lo que él vivía, cumpliéndose; lo que él anunciaba, por cumplirse en aquella generación; y una señal, colgada adelante, con instrucciones.

¿Y los espacios entre esas piezas? Los dejó sin medir. Y aquí conviene una imagen, porque describe lo que la profecía hace con el tiempo. El que mira una cordillera desde lejos ve las cumbres juntas: una detrás de otra, casi pegadas, recortadas contra el mismo cielo. Solo el que camina descubre los valles —que entre una cumbre y la siguiente puede haber jornadas enteras que desde lejos no se veían—. Así vio Daniel: las cumbres —el Mesías, la destrucción, el desolador, el fin decretado— juntas contra el cielo, porque las veía de frente, no porque estuvieran juntas. Cuánto valle hay entre cumbre y cumbre, el que mira de lejos no lo sabe, y no se le pidió saberlo. Nota que esto no le quita razón a nadie: valles hay —el «después» del versículo 26 guarda al menos cuarenta años comprobados entre la cruz y las ruinas del templo; eso es letra y ya lo reconocimos—. El punto es otro, más fino: una cosa es saber que hay valles, y otra es dibujarles mapa. La distancia entre las cumbres no fue revelada; el que la mide, mide con vara propia. Jesús, que podía medirla, no la midió. Repartió las cumbres y calló los valles. Si el dueño del pasaje dejó los valles en silencio, el silencio es parte del pasaje.

Pero hay algo más en sus palabras de aquel monte, y es lo que menos se predica y lo que más importa. Fíjate a quiénes les está repartiendo el pasaje, y cómo. «Cuando veáis la abominación… entonces los que estén en Judea huyan a los montes… orad que vuestra huida no sea en invierno… mirad, os lo he dicho antes» (24:15-16, 20, 25). Todo en segunda persona. La única pieza que señaló hacia adelante no la colgó en el aire, como dato de calendario: la entregó con instrucciones de uso —ver, huir, orar, no dejarse engañar— a los suyos, a los que tenía sentados enfrente. La señal vino con destinatarios. Y por si los destinatarios parecieran pocos —cuatro pescadores en un monte—, él mismo estiró la lista, con una frase que cierra el discurso en el evangelio de Marcos y que deja el encargo en herencia: «Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad» (Marcos 13:37). A todos. Lo que les dijo a ellos nos lo dijo a los que vendríamos después, de generación en generación, hasta la generación que vea. El reparto del pasaje vino con un encargo, y el encargo vino con cláusula de herencia.

Así que esto es lo que tenemos, y no lo tenemos de un esquema —lo tenemos de la boca del que es el tema del pasaje—: lo cumplido, cumplido; una señal, adelante; los valles, en silencio; y los que esperan la señal, adentro del encargo —mirando, orando, velando—. Guárdate esto último, porque va a crecer.

Queda, claro, una pregunta honesta, y no la voy a esquivar: la abominación que Jesús señaló adelante, ¿sigue adelante para nosotros, o se cumplió ya? Porque cuarenta años después de aquel monte, Jerusalén fue cercada y el santuario profanado y quemado —y el evangelio de Lucas, narrando este mismo discurso, pone en ese lugar de la secuencia estas palabras: «cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado; entonces los que estén en Judea, huyan a los montes» (Lucas 21:20-21)—. Los creyentes de aquella generación le creyeron, huyeron, y vivieron. ¿Agotó aquello la señal? ¿O aquello fue un primer cumplimiento y la señal espera otro mayor? Creyentes de bien leen lo uno y lo otro. Y yo no voy a afirmar aquí lo que el texto no me afirma: lo dejo donde el dueño del pasaje lo dejó —una señal con instrucciones, para los que la vean—. Porque nota esto, que es lo hermoso: el encargo funciona igual en las dos lecturas. Ver, huir, orar, velar, no dejarse engañar —eso se les pidió a los que vieron el año setenta, y les sirvió para vivir; y eso mismo queda pedido, por la cláusula del «a todos», a cualquier generación que vea lo que falte—. Las instrucciones no dependen de resolver la pregunta. Por diseño.

El pasaje, entonces, ya está partido —y no lo partió una escuela—. Con esa partición en la mano, volvamos ahora a la pieza que este estudio lleva en el título: la semana que falta. Porque sobre ella se ha edificado algo más que un calendario. Se ha edificado una salida.

El verbo que cierra la era

Una salida. Conviene decir con precisión qué se enseña, para pesarlo con justicia.

La semana que falta —así se enseña— no es una semana cualquiera: es tiempo de Israel. Y ese pie también está en la letra, hay que reconocerlo una vez más: «Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad» (9:24) —el pueblo de Daniel, la ciudad de Daniel—. Las semanas tienen dirección postal, y la dirección es Jerusalén. Sobre ese pie se levanta el razonamiento: si las setenta semanas son el calendario de Israel, y si entre la sesenta y nueve y la setenta se abrió un paréntesis, entonces el paréntesis es otro tiempo —el tiempo de otro pueblo, uno que Daniel no vio: los creyentes de esta era—. Dos pueblos, dos relojes. El reloj de Israel, detenido en la semana sesenta y nueve; el tiempo del otro pueblo, corriendo mientras tanto. Y de ahí, el paso final, el que sostiene todo el edificio: para que el reloj de Israel pueda reanudar su semana, el tiempo del otro pueblo tiene que terminar primero —y termina con una salida: los creyentes de esta era, retirados de la escena; el paréntesis, cerrado; y entonces, solo entonces, la semana corre—. Esa salida es el encuentro en el aire, la primera de las dos fases. Así quedan ensambladas las dos mitades de la maquinaria: la semana abre el espacio, la salida lo despeja.

Voy a hacer con este razonamiento lo más generoso que se puede hacer con un razonamiento: concederle todo lo que pide, para ver qué carga por sí mismo. Concedamos —por hipótesis, no porque lo afirme; ya dije que los valles no los mido— el paréntesis entero. Concedamos la semana futura, los siete años, el pacto por firmar. Concedamos hasta la dirección postal: que las señales de esa semana miran a Jerusalén, que su escenario es la tierra de Daniel. Todo concedido. Ahora, la pregunta de este estudio, la que traemos encendida desde el inicio de la publicación: la salida —la pieza que cierra el paréntesis, la que despeja la escena, la que carga todo el peso del ensamble—, ¿dónde está escrita?

En Daniel, no. Recorre los cuatro versículos otra vez, y los doce capítulos si quieres: no hay en el libro una salida de nadie. Esto, de hecho, no es un descubrimiento mío; los maestros más cuidadosos de esa enseñanza lo reconocen sin rubor: la salida no está en Daniel —está requerida, dicen, por el sistema; el paréntesis le hace espacio—. Retén eso: la pieza que sostiene el ensamble no viene de la letra del pasaje; viene de la necesidad del esquema que se le armó encima. Habrá que buscarla, entonces, donde el Nuevo Testamento habla del final de esta era. Y aquí viene lo que me detuvo a mí, y quiero que te detenga a ti.

Porque el Nuevo Testamento sí describe cómo termina el tiempo presente —el tiempo este, el del supuesto paréntesis— y sí describe cómo se reanuda el trato con Israel. Lo hace en un solo pasaje, con los dos relojes en la misma frase. Pablo, escribiendo sobre el misterio de Israel: «ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo» (Romanos 11:25-26). Míralo despacio, porque cada palabra trabaja. El tiempo de Israel —su endurecimiento— tiene un «hasta»: un término, un evento que lo cierra. ¿Y cuál es el evento? ¿Una salida? Lee el verbo. «Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.» Entrado. La era de los gentiles no se cierra con alguien saliendo; se cierra con los últimos entrando —entrando adonde se entra: al pueblo de Dios, a la salvación, al olivo del que Pablo viene hablando en ese mismo capítulo—. Y lo que sigue, «todo Israel será salvo», es en la imagen de Pablo las ramas naturales injertadas de nuevo en su propio olivo (11:23-24): otra entrada. Fíjate bien en lo que acabas de leer: el pasaje donde el Nuevo Testamento describe el fin de esta era y la reanudación de Israel —el pasaje que el esquema necesitaría más que ningún otro— cierra la era con dos entradas y ninguna salida. El verbo «salir» no está. Para leerlo ahí, hay que traerlo cargado de afuera.

Y hay más en esa frase, porque no solo falta la salida: sobra la separación. Mira la arquitectura: el endurecimiento de Israel dura hasta que se complete la plenitud de los gentiles. Los dos supuestos relojes están en la misma oración —y no corren en paralelo, cada uno esperando su turno: uno es la medida del otro—. El tiempo de Israel se cuenta en unidades del tiempo gentil; su «hasta» es el cumplimiento del otro. Eso no son dos relojes rivales que no pueden andar juntos y se estorban; eso son engranes de una sola maquinaria, donde el diente de uno mueve al otro. Un reloj rival se puede pausar mientras el otro corre. Un engrane, no: si uno gira, el otro gira. Pablo no escribió dos calendarios que se turnan la escena; escribió dos movimientos soldados en una sola frase, girando juntos hacia un solo desenlace. Y no es el único que los soldó así: Jesús, en aquel mismo discurso del monte, usó la misma bisagra con las mismas piezas —«Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan» (Lucas 21:24)—. El tiempo de Jerusalén, medido por el cumplimiento gentil. Dos testigos, la misma soldadura. La letra engrana lo que el esquema necesita separar.

Y una cosa más, que ya la vimos pero ahora pesa distinto. Cuando Jesús repartió el pasaje de Daniel en el monte, la única pieza que señaló hacia adelante —la abominación, el corazón de la semana que falta— la entregó con instrucciones en segunda persona a los suyos: cuando veáis, huyan, orad. Si la semana corriera con la escena despejada —los suyos ya retirados, mirando desde arriba—, aquellas instrucciones no tendrían manos que las reciban. El que repartió el pasaje les dio a los suyos el manual de la única pieza pendiente. Uno no le entrega el manual a quien no va a estar cuando la máquina encienda.

Así que el ensamble queda así, y dilo conmigo despacio: la semana, concedida. El paréntesis, concedido. La dirección postal, concedida. Y la salida —la pieza que todo lo carga— no está en Daniel, no está en Pablo (que escribió entradas donde el esquema necesita salidas, y engranes donde necesita relojes que se turnan), y no está en el reparto que hizo Jesús (que dejó a los suyos instrucciones de testigos, no boletos de viaje). ¿De dónde salió, entonces? Salió de la premisa —dos pueblos con dos tiempos que no pueden correr juntos—. Y esa premisa tiene su propio pasaje, el del olivo, donde ya la pesamos una vez: el árbol era uno, la raíz una, la puerta una. Si el pueblo es uno, los relojes no se estorban —porque no hay dos—.

Pero el esquema tiene todavía una carta, la más querida, y es justo la otra mitad de la maquinaria: la venida en dos fases. Porque —se dirá— la salida sí está escrita, y en un pasaje glorioso: los muertos resucitando, los vivos arrebatados, el encuentro con el Señor en el aire. Ahí está la salida, se dirá; Pablo la escribió a los tesalonicenses. Vamos a ese pasaje, entonces. Vamos con todo el cuidado que merece, porque es uno de los textos más dulces del Nuevo Testamento —y porque lo que dice, leído despacio, es todavía más dulce que lo que se le hace decir.

Al encuentro

El pasaje es este, y merece estar entero delante de los ojos, como estuvo el de Daniel:

«16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.» (1 Tesalonicenses 4:16-18).

Antes de pesar nada, nota para qué fue escrito, porque el propio pasaje lo dice. Los tesalonicenses tenían un dolor concreto: se les estaban muriendo los suyos, y temían que los que morían antes de la venida se la perdieran. Pablo escribe para que «no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza» (4:13), y cierra con la instrucción: «alentaos los unos a los otros con estas palabras». El pasaje es un consuelo. Su noticia central es que los muertos en Cristo no se pierden nada —al contrario: «resucitarán primero»—. Y en la carta siguiente, a la misma iglesia, el mismo Pablo escribe del mismo regreso, pero desde el otro lado: Dios dará «reposo con nosotros a vosotros que sois atribulados, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios» (2 Tesalonicenses 1:7-8). Léelos juntos: reposo para los afligidos y retribución para los que afligen, en la misma manifestación —una sola frase los contiene—. Y para nombrar ese regreso, en las dos cartas, Pablo usa una sola palabra: la venida —parousía—. La usa para el encuentro en el aire: «nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor» (1 Ts 4:15). Y la usa para el fin del inicuo: el Señor lo destruirá «con el resplandor de su venida» (2 Ts 2:8). Misma palabra, mismas cartas, misma iglesia. Sin apellido, sin número, sin «primera fase» ni «segunda». En la pluma de Pablo, la venida es la venida. Para partirla en dos, la palabra «fase» hay que traerla de afuera —en la página no está—.

¿Entonces por qué a tantos lectores les han parecido dos cosas distintas? Por algo muy comprensible, y aquí conviene ser justos. Un pasaje suena a abrazo: trompeta, resurrección, encuentro, «alentaos». Otro suena a trono: fuego, ángeles, retribución. Se sienten distintos. Y de esa diferencia de sensación se ha concluido una diferencia de evento: esto tan dulce no puede ser lo mismo que aquello tan terrible; deben ser dos momentos. Pero hay otra explicación para esa diferencia, más sencilla y más honda, y el apóstol mismo nos dio la imagen para entenderla: «ahora vemos por espejo, oscuramente» (1 Corintios 13:12).

Vemos de este lado de la eternidad como quien mira por un espejo de metal pulido, a media luz: verdad, pero en parte; «ahora conozco en parte». Todos. Y hay una vieja historia que ilustra lo que nos pasa cuando olvidamos ese «en parte». Unos ciegos encontraron un elefante, y cada uno palpó lo que le tocó: el que dio con la pata dijo «es una columna»; el de la trompa, «es una serpiente»; el de la oreja, «es un abanico»; el del costado, «es una pared». Ninguno mentía —cada uno tocaba algo real—. El error de ninguno estuvo en palpar una parte; estuvo en afirmar el animal entero desde su parte. Así con estos pasajes: el que lee 1 Tesalonicenses 4 palpa el lado del consuelo —y toca algo real—; el que lee 2 Tesalonicenses 1 palpa el lado de la justicia —y toca algo real—. El que concluye «son dos animales» hizo lo del ciego: afirmó más de lo palpado. Con una diferencia a nuestro favor, que es toda nuestra ventaja: los ciegos no tenían más que sus manos; nosotros palpamos con la página abierta. La página no nos da todavía el animal entero —«en parte conocemos»—, pero sí nos deja verificar cuántos animales hay. Y la página dice: una venida. Un mismo día que será «reposo» para unos y «retribución» para otros —no dos días: dos lados del mismo día—.

Queda, con todo, la pregunta del movimiento, porque es donde el «se los lleva» parece vivir. El encuentro es en el aire —los arrebatados suben—. ¿Y luego? Aquí hay que leer con lupa, porque es asombroso lo que el texto no dice. No dice que el Señor dé la vuelta. No dice que suban al cielo. No dice cuánto dura nada ni menciona regreso alguno, en ninguna dirección. Dice una sola cosa sobre el después, y es la más grande que se puede decir: «y así estaremos siempre con el Señor». Con él. Siempre. Donde él esté —y él venía descendiendo—. Todo itinerario que se añada después del encuentro —«y entonces se los lleva por siete años»— es carga que el versículo no trae. Pero no hace falta quedarse en lo que el texto calla, porque esta vez el texto habla, y habla en la palabra misma que elegió para el encuentro. Pablo no dijo simplemente que veremos al Señor: dijo que seremos arrebatados «para recibir al Señor» —εἰς ἀπάντησιν, al encuentro—. Y esa palabra tenía dueño en el mundo de Pablo: era la palabra del recibimiento de un rey. Cuando un dignatario se acercaba a una ciudad, la ciudad no lo esperaba sentada: salía a encontrarlo al camino, con palmas y con cantos, y lo escoltaba adentro. Salir por él, entrar con él —un solo movimiento, con la dirección del que llega—. Nadie salía al encuentro del rey para que el rey se lo llevara a otra parte.

Y no tienes que creerme el dato del griego, porque el Nuevo Testamento usa la palabra pocas veces, y basta mirarlas todas. Una es la nuestra. Otra está en Hechos: Pablo, preso, se acerca a Roma, y los hermanos de la ciudad, al oírlo, «salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio» —kilómetros camino abajo— y entraron con él a Roma (Hechos 28:15-16). Salieron por Pablo; entraron con Pablo; hacia donde Pablo venía. Y la tercera vez que este gesto aparece, aparece en el lugar más alto posible: en la vida del Señor mismo. «Al día siguiente, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle» (Juan 12:12-13). Es la entrada triunfal —la misma en que aterrizó la cuenta de las sesenta y nueve semanas; el pollino, los Hosanna, el día exacto—. Míralo ahora con estos ojos: el Rey viene acercándose a la ciudad; el pueblo sale de la ciudad, camino abajo, a recibirlo; lo encuentra en el camino con palmas —y entra con él, esa misma tarde, adonde él venía—. Salieron por él. Entraron con él. Nadie de los que salieron con palmas fue llevado a Betania siete años. El día en que se cumplieron las sesenta y nueve semanas, el pueblo del Mesías le hizo en tierra, sin saberlo, el retrato del encuentro que Pablo escribiría para el aire.

Y aquí, por fin, las dos frases con que se enseña la venida en dos fases —viene por los suyos, viene con los suyos— encuentran su lugar. Porque las dos son ciertas. Ese es el detalle: no hay que negarle al que las enseña ninguna de las dos, porque las dos están en el gesto. El pueblo sale por el rey; el pueblo entra con el rey. Por él y con él —los dos tiempos de un solo encuentro, la misma tarde, el mismo movimiento—. Lo que el gesto no trae, lo que ninguna de las tres escenas trae, es la distancia: los siete años entre el por y el con no los puso el texto. El texto los escribió pegados. Sepáralos, y ya no estás leyendo el encuentro: estás dibujando encima de él.

Una venida, entonces —palpada desde el consuelo por los que lloran, palpada desde la justicia por los que sufren, y es la misma—. Un encuentro con la forma que los encuentros de rey siempre tuvieron: se le sale al camino, se entra con él. Y un «después» del que el texto dice una sola cosa: con el Señor, siempre. Si esto es así, la salida que la semana necesitaba no aparece tampoco aquí —aquí lo que hay es una llegada, y un pueblo que sale a recibirla—.

Pero no quiero cerrar el asunto todavía, porque falta un pasaje. Uno donde no se nos describe el encuentro, sino algo anterior y más hondo: la noche en que el Rey, antes de irse, le pidió al Padre por los que íbamos a esperarlo. Y en esa oración —vas a verlo— la pregunta que este estudio trae encendida fue puesta sobre la mesa, palabra por palabra, y respondida por él mismo.

La última noche

Es la víspera de la cruz. La cena ha terminado —la copa ya fue alzada, el pacto ya fue dicho: «mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada»—. Judas ya salió a lo suyo. Y Jesús, a horas de ser «el Mesías muerto» del versículo 26, levanta los ojos al cielo y ora. Juan nos dejó la oración entera, y es la más larga que tenemos de sus labios. En ella el Hijo le habla al Padre de los suyos —de los once que están ahí, cansados y a punto de dispersarse— y les pide cosas. Escucha una:

«No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17:15).

Detente todo lo que haga falta, porque en esta frase está, palabra por palabra, la pregunta que traemos encendida desde la rampa —y está respondida—. Míralo: la frase tiene dos mitades, y cada mitad carga un verbo. Quitarlos del mundo —sacarlos, removerlos, la salida—. Guardarlos del mal —protegerlos adentro, en medio, sin sacarlos—. Las dos opciones de todo este asunto, las dos que llevamos toda la entrada sopesando, puestas una junto a la otra en una sola frase —y no por un maestro que opina, sino por el Rey que ora—. La salida no es una idea que a la Escritura se le olvidó considerar. Fue considerada. Fue puesta sobre la mesa en la noche más solemne de la historia, en oración, por el único que podía pedirla con derecho —«Padre, quítalos del mundo antes de que venga lo que viene»: pudo pedirlo; nombró la opción—. Y la declinó. «No ruego que los quites —sino que los guardes.» El no y el sino son suyos. De todas las frases de la Biblia, esta es la única donde la evacuación y la preservación compitieron de frente —y el que decidió entre ellas fue el que unas horas después moriría por los que estaba encomendando—. Pidió guardados, no sacados.

Y si alguien piensa que esa petición era solo para los once —para aquella noche, para aquel peligro—, el mismo que oraba cerró esa puerta tres versículos después: «Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (17:20). Los que han de creer por la palabra de ellos: eso corre de mano en mano —los que creyeron por los once, los que creyeron por aquellos, y así generación tras generación hasta ti, que crees por esa misma palabra llegada hasta tu puerta—. Es la misma cláusula de herencia que ya vimos en el monte: «lo que a vosotros digo, a todos lo digo». Las dos cosas que Jesús dejó expresamente extendidas a todos los creyentes de todos los siglos son el encargo de velar y la oración de ser guardados en medio. Hay que decirlo despacio: aquella noche, con la cruz enfrente, Jesús te tuvo en la oración —y lo que pidió para ti no fue que salieras. Fue que fueras guardado.

¿Y no es exactamente eso lo que promete, años después, ya resucitado y glorificado, cuando le habla a una iglesia sobre la hora de la prueba? «Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo» (Apocalipsis 3:10). Es el mismo que oró aquella noche —el mismo hablante— y es el mismo verbo: guardar. No dijo «te quitaré antes de la hora»; ese verbo lo tenía disponible —lo había tenido en los labios aquella noche, para declinarlo—. Dijo «te guardaré», el verbo que eligió orando. El autor de la promesa ya había definido, en oración y de frente a la alternativa, qué clase de guardar es el suyo: el que no quita del mundo. Y mira de paso la hechura de la frase, porque es de orfebre: por cuanto guardaste… yo te guardaré. Guardar por guardar. El que guarda la palabra es guardado por el que la dijo. No es un boleto que se cobra; es una fidelidad que se corresponde.

Pero la oración de aquella noche pedía algo más, y es aquí donde este estudio y toda esta serie se encuentran con su fuente. Porque después de extender la oración a los que habríamos de creer, Jesús dijo para qué la extendía: «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (17:21). Uno. No pidió que fuéramos dos pueblos bien coordinados; pidió uno —y puso la medida más alta que existe: como el Padre y el Hijo—. ¿Caben, en esa medida, dos pueblos con dos tiempos, uno retirado al cielo mientras el otro corre su semana en la tierra? El Padre y el Hijo no llevan calendarios que se turnan. Y esta petición no quedó esperando cumplimiento remoto: la cruz la respondió a los pocos días —«porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación […] para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre» (Efesios 2:14-15)—. El olivo único que pesamos en su momento no era, entonces, solo un argumento de Pablo: era una oración de Jesús, contestada. Y esa unidad corre en las dos direcciones del tiempo, porque de los creyentes de antes de Cristo está escrito que «no recibieron lo prometido, proveyendo Dios algo mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros» (Hebreos 11:39-40). Aparte de nosotros —la Escritura conoce la expresión, y la usa para negarla—. Ni los de antes consumados aparte de nosotros, ni nosotros aparte de nadie: un solo pueblo, una sola perfección, un solo día. Que es, dicho sea, la escena exacta del encuentro que ya vimos: los muertos en Cristo primero, y los vivos «arrebatados juntamente con ellos» —nadie llega aparte; nadie espera aparte; se entra junto o no es la entrada que Pablo escribió—.

Junta ahora las dos peticiones de aquella noche, y míralas contra las dos piezas que este estudio ha estado buscando dónde están escritas. El esquema necesita una salida; la oración pidió, nombrando la salida para hacerla a un lado: guardados. El esquema necesita dos pueblos; la oración pidió, con la medida del Padre y el Hijo: uno. Las dos piezas que el esquema trae de afuera son exactamente las dos que Jesús pidió al revés —en la misma oración, la última noche, con la cruz enfrente—. Esto ya no es un espacio en blanco que alguien rellenó, como el nombre del que detiene o el sujeto del versículo 27. Esto es palabra dicha. Y sobre palabra dicha ya no cabe rellenar: cabe creerla, o taparla.

Nos queda poco camino. Pero antes del final hay que hacer una pausa honesta y preguntar qué cambia, en la práctica, todo esto —porque quizá alguien ha leído hasta aquí con una inquietud creciendo: si me enseñaron la semana con la salida adentro, ¿qué me pasa por haberlo creído? Y la respuesta de la Escritura es más mansa, y más seria a la vez, de lo que se espera.

Lo que cambia y lo que no

Digamos primero lo que no cambia, porque es lo más grande y conviene asentarlo sin prisa.

Creer una lectura u otra de la semana que falta no cambia los hechos. Lo que fue, fue: las sesenta y nueve semanas aterrizaron donde aterrizaron, el Mesías fue muerto, el santuario cayó —nada de eso consulta nuestras lecturas—. Y lo que será, será: el Señor viene, los muertos en Cristo resucitarán, el desolador tiene su sentencia «determinada» desde antes que naciéramos. La profecía no es una votación. Ningún esquema, por difundido que esté, adelanta o atrasa un solo día del calendario de Dios; ninguna lectura equivocada descarrila una sola promesa. Si algo enseña la escena de la rampa es esto: los setenta años de Jeremías se cumplieron mientras casi nadie los contaba. Lo escrito se cumple solo.

Y creer una lectura u otra no cambia la puerta. Esto hay que decirlo con toda la claridad que se pueda, porque aquí se han hecho heridas que no debieron hacerse: nadie entra al pueblo de Dios por acertar la semana setenta, y nadie queda fuera por errarla. La puerta es la de siempre —la fe en el Mesías, la sangre del pacto «por muchos derramada»— y es una sola. El que espera la salida antes de la semana y el que espera ser guardado en medio de ella, si son de Cristo, son del mismo olivo, hijos de la misma oración de aquella noche, hermanos que se encontrarán en el mismo aire el mismo día. La semana que falta no es artículo de salvación. El que la convierte en frontera entre hermanos está levantando la pared que Cristo derribó —y esa sí que no tiene versículo—.

Entonces, si no cambia los hechos ni cambia la puerta, ¿por qué escribir todo esto? ¿No da lo mismo, al final, lo que cada quien crea del calendario?

No da lo mismo. Y lo que sí cambia es una sola cosa, pero es precisamente la única que se nos encargó.

Vuelve al monte de los Olivos por última vez. Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús por el fin, su primera palabra —la primera, antes de toda señal, antes de toda cumbre— fue esta: «Mirad que nadie os engañe» (Mateo 24:4). Y sobre esa advertencia volvió, y volvió con detalle: «se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes» (24:24-25). Léelo bien: el peligro que Jesús puso al centro de su discurso sobre el fin no fue quedarse dormido —fue ser engañado—. No prodigios falsos: prodigios reales, «grandes señales», hechos a propósito para arrastrar. Y apuntados ¿a quién? «Aun a los escogidos.» El engaño del final no está diseñado para el mundo distraído; está diseñado para el pueblo que espera. Por eso el encargo que heredamos —velad, «a todos lo digo»— no es solamente el de mantenerse despierto: es el del ojo que distingue. Velar, en ese discurso, es saber reconocer la señal verdadera y no dejarse llevar por el prodigio fabricado. Es vigilancia con discernimiento, no solo con insomnio.

Y aquí está lo que cambia, dicho sin acusar a nadie, porque no es acusación —es cómo funcionamos los seres humanos, todos—: uno vela según el escenario que espera. El ojo se entrena para lo que cree que va a ver. Eso no es negligencia ni tibieza; es lógica pura: nadie ensaya para una prueba que le enseñaron que no va a presentar. De modo que la pregunta que este estudio deja no es «¿velas o no velas?» —hay creyentes de todas las lecturas velando con toda el alma, y quién es nadie para medirle la lámpara a otro—. La pregunta es más fina y más incómoda: ¿para qué escenario está entrenado tu ojo? Piensa en el sereno de un edificio: despierto toda la noche, fiel, sin dormirse un minuto —mirando la puerta por la que le dijeron que vendría el peligro—. Su problema no es la vigilancia; la tiene toda. Su problema, si lo tiene, es el plano que le dieron. Si el peligro viene por la puerta que su plano marca como segura, toda su fidelidad estará mirando hacia otro lado. Así de serio es un plano. No toca la puerta del cielo —el sereno es hijo, y el dueño del edificio lo ama—. Toca la guardia.

Por eso la respuesta que prometí es mansa y es seria a la vez. Mansa, porque al que creyó la semana con la salida adentro no le ha pasado nada en la puerta: cree en el mismo Señor, lo espera igual, y esa esperanza es preciosa y nadie va a tocársela. Y seria, porque el mismo Jesús que dijo «velad» dijo primero «que nadie os engañe» —y un plano del fin donde yo ya no estoy cuando llegan los prodigios es un plano que entrena mi ojo para no examinarlos—. ¿Para qué aprender a distinguir la señal del prodigio, si no voy a estar cuando los hagan? Esa cuenta cada quien tiene que hacerla a solas, con su Biblia abierta, delante del que oró por nosotros aquella noche. Yo no la voy a hacer por nadie. Solo dejo, una junto a otra, las dos cosas que ya vimos escritas: que la única pieza del pasaje que Jesús señaló adelante la entregó con instrucciones a los suyos —ver, huir, orar, no dejarse engañar—, y que lo que pidió para los suyos aquella noche no fue sacarlos del examen, sino guardarlos en medio de él.

Lo demás es lo que queda al final de todo estudio verdadero: no un sistema que defender, sino una pregunta que responder. Y la de esta entrada es más sencilla de lo que parecían cuatro versículos tan difíciles.

Como un niño

Las entradas de esta serie terminan en preguntas, y esta también trae las suyas. Son pocas, y son para leerse despacio, a solas, con el libro abierto —como todo lo bereano—.

La primera: de cada pieza que crees sobre la semana que falta, ¿sabrías mostrar dónde está escrita? No dónde la aprendiste, ni quién la enseña, ni en qué lámina la viste dibujada —dónde está escrita—. Hazlo de verdad, pieza por pieza: la pausa, las fases, la salida. Es un ejercicio que duele menos de lo que se teme y alumbra más de lo que se espera.

La segunda: tu ojo, ¿para qué escenario está entrenado? Si los prodigios de los que Jesús advirtió te encontraran mirando, ¿sabrías examinarlos —o tu plano te enseñó que para entonces ya no estarías, y no hizo falta aprender?

Y la tercera, debajo de las otras: lo que crees de más —lo que excede la letra—, ¿te lo dio el texto, o te lo dio el cuadro que ya traías puesto al abrirlo?

Hasta aquí, esta entrada sería como las anteriores. Pero esta vez no puedo terminar en preguntas, y quiero decir por qué: porque esta vez el estudio encontró algo que los anteriores no tenían. Los otros terminaban señalando espacios en blanco —el nombre que Pablo calló, el versículo que no existe—, y ante un espacio en blanco lo honesto es preguntar. Este terminó encontrando una palabra dicha: una oración, hecha por nombre de generación, la última noche. Y ante una palabra dicha lo honesto ya no es preguntar. Es creerla.

Así que cierro, por primera vez en esta serie, afirmando.

Sé lo que se siente soltar un esquema, y no lo voy a adornar: se siente como perder. El esquema daba respuestas para todo —el orden, los plazos, el lugar de cada quien—, y quedarse sin él parece quedarse con menos. Los esquemas, además, se venden siempre como el creer más serio: el que domina las láminas y los plazos parece creer más que el que solo dice «viene por mí y estaré con él para siempre». Pero mide las dos creencias con la única regla de esta serie, y el resultado se invierte: el esquema no cree más —cree de más—. Cada pieza suya que la letra no da es un hueco rellenado por mano de hombre. Y una fe con menos huecos rellenados no es una fe menor: es una fe más limpia —más letra y menos cristal—. Simplificar lo que creemos no le baja la calidad a la fe. Se la sube.

Por eso el trueque que este estudio te propone no es «suelta tu certeza y quédate sin nada». Es al revés: suelta la certeza inventada y quédate con la promesa verdadera. Porque mira lo que sí está escrito, lo que quedó en pie cuando todo lo demás se pesó: Él viene —una venida, la suya—. Los muertos en Cristo resucitarán primero, y los que vivamos seremos arrebatados juntamente con ellos, a recibirlo —como se recibe a un rey: saliendo por él, entrando con él—. Y así estaremos siempre con el Señor. Y aquella noche, sabiendo todo lo que venía, no pidió sacarte del mundo: pidió guardarte del mal —y pidió que fuéramos uno, como él y el Padre—. Eso está escrito. Sostenlo con la mano abierta, sin el andamiaje, y descubre que no es pobreza: es la libertad del que ya no tiene un sistema que defender —solo un Señor que esperar—.

Hay una palabra de Jesús que suele leerse como si hablara de otra cosa, y habla exactamente de esto: «De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Marcos 10:15). Como un niño. No dice como un erudito, ni como un vigía de láminas y plazos. Y un niño ¿cómo cree? Cree lo que su padre le dijo, completo, sin rebajarle nada —y lo que su padre no le dijo, no se lo inventa para completar el cuadro—. Si el padre dijo «vengo por ti», el niño no exige el itinerario, ni el número de vuelo, ni la hora: se queda en la ventana, listo, porque le basta la palabra viene. Esa fe no es la versión infantil de la nuestra, la que se supera con estudio. Es la puerta. Lo dijo el mismo que oró por nosotros aquella noche.

Y quizá por eso el retrato más perfecto de lo que nos espera ya ocurrió una vez, y lo hemos visto en esta entrada dos veces sin agotarlo. El día exacto en que se cumplieron las sesenta y nueve semanas, un pueblo oyó que su Rey venía —y salió al camino—. No le pidieron el plan. No le exigieron el orden de los eventos ni la fecha de nada. Oyeron viene, y salieron con palmas, y lo recibieron en el camino, y entraron con él. Así de simple fue, y así de simple será: la semana que de verdad nos falta no es la de ningún calendario —es la que termina con la trompeta, el encuentro en el aire, y la entrada—.

El Señor regresa por nosotros. Yo creo que regresa por nosotros. Y los detalles que no me da, no me los invento.

Creer de nuevo, como niños. Velando en la ventana —no por miedo, sino porque viene—.

Hasta que él entre; y entremos con él.


Esta entrada es parte de una serie

Cuatro publicaciones que se pueden leer por separado, pero se complementan entre sí.

4 comentarios sobre “La semana que falta

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