Si ningún versículo dice «antes» —y eso vimos en la entrada anterior—, la certeza de que la iglesia escapa antes de la tribulación no se sostiene en el aire. Se apoya en cuatro pilares, y son serios: hay que tomarlos uno por uno. Eso hace esta entrada —mirarlos de cerca, sin prisa, y ver qué tienen.
El que no tiene nombre
Esos cuatro apoyos no son un capricho. Son argumentos que, estructurados de cierta manera, parecen sostenerlo. Conviene mirarlos uno por uno, con calma y sin trampa, porque el que sostiene el «antes» no es un necio: tiene sus textos, y hay que tomarlos en serio.
Empecemos por el más firme. Está en la segunda carta a los tesalonicenses, y dice así: el hombre de pecado no se manifestará todavía, porque «solo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio» (2 Tesalonicenses 2:7). Hay alguien deteniendo. Cuando ese alguien sea quitado, el inicuo aparecerá.
La lectura del «antes» toma ese versículo y arma con él una secuencia: el que detiene es el Espíritu Santo obrando por medio de la Iglesia; ser «quitado de en medio» es el arrebatamiento; así que cuando la Iglesia se va, el que detenía se va con ella, y entonces —solo entonces— se levanta el anticristo. Es ingenioso. Encaja. Y todo el peso descansa sobre tres afirmaciones.
La primera: que el que detiene es el Espíritu Santo. La segunda: que detiene por medio de la Iglesia. La tercera: que «quitado de en medio» significa «arrebatado al cielo». Tres afirmaciones, y conviene decirlo despacio: el texto no hace ninguna de las tres. No dice que sea el Espíritu. No dice que sea la Iglesia. Y «quitado de en medio» —apartado, sacado del camino para que el otro pueda surgir— no es lo mismo que «arrebatado». El versículo describe a alguien que se hace a un lado; el arrebatamiento de la Iglesia hay que traerlo de afuera y montarlo encima.
Y aquí está el detalle que lo decide. No es que Pablo no supiera quién era. Es que no lo escribió a propósito. Dos versículos antes les recuerda: «¿No os acordáis que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto?» (2:5). Y luego: «Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene» (2:6). Ellos sabían. Pablo se refiere a algo que ya les había dicho en persona, cara a cara, y que por eso no necesitó poner por carta. La identidad del que detiene no se nos perdió por accidente. Pablo eligió no dejarla escrita.
Piénsalo. Si para el argumento importara quién es —si de su identidad dependiera una doctrina entera sobre cuándo se va la Iglesia—, ese era el lugar para decirlo, y Pablo lo dejó en blanco. Hay quien rellena ese blanco con un ángel. Hay quien dice que es Miguel, o el imperio, o la ley, o el Espíritu. Y la verdad es que no importa con qué se rellene, porque el problema no es cuál es la respuesta correcta: el problema es que el texto dejó el espacio abierto, y la postura del «antes» lo cierra justo en la única dirección que su conclusión necesita.
El propio texto, además, se resiste a que lo fijen. En un versículo el que detiene es «lo que lo detiene» —una cosa, una fuerza—; en el siguiente es «quien al presente lo detiene» —alguien, una persona— (2:6-7). Pasa de un algo a un alguien sin decidirse. Ni siquiera nos deja saber si hablamos de una fuerza o de un ser. ¿Y sobre ese espacio en blanco se quiere edificar la certeza de que la Iglesia sale antes?
Demos, con todo, un paso de gracia. Concedamos que sea el Espíritu Santo. Aun así el esquema tiene un problema, y de los que no se arreglan. Porque para sacar el arrebatamiento del versículo, el esquema necesita al Espíritu Santo fuera. Pero al mismo tiempo lo necesita obrando —porque es el Espíritu quien trae al arrepentimiento a los que han sido llamados, quien abre los ojos que estaban cerrados—. Y esa apertura no es un detalle: es la promesa misma que la Escritura guarda para Israel, la conversión que ha de venir. Quita al Espíritu del campo y habrás quitado al único que puede hacer precisamente aquello que el esquema está esperando que ocurra. No puedes tener las dos cosas: el Espíritu ausente para que haya arrebatamiento, y el Espíritu obrando para que haya cosecha. Elige una, y la otra se cae.
Queda una salida, la del defensor cuidadoso, y hay que cerrarla. Dirá: «yo no digo que el Espíritu se vaya; digo que cesa su ministerio de contención por medio de la Iglesia, no su presencia». Muy bien. Déjalo decirlo —porque le sale peor—. Si el Espíritu no se va, entonces «quitado de en medio» ya ni siquiera puede significar «la Iglesia arrebatada»: significa una función que se apaga. Más especulativo todavía, y más lejos aún de lo que la palabra dice. Y de cualquier modo, el ministerio que no puede cesar es justamente el de traer al arrepentimiento; de manera que la conversión de Israel le rompe el esquema tome la versión que tome.
Así que el pasaje más firme de la postura del «antes» resulta ser un versículo del que penden tres cosas que el texto nunca dijo, escrito sobre un nombre que Pablo decidió callar. Guárdalo, tenlo presente. Lo vamos a ver otra vez.
La iglesia que desaparece
El segundo apoyo de la postura del «antes» no es un versículo. Es una ausencia. Y conviene mirarlo con cuidado, porque es de esos argumentos que parecen fuertes hasta que uno pregunta sobre qué están parados.
El dato es real, y hay que reconocerlo. En los tres primeros capítulos del Apocalipsis, la palabra iglesia aparece una y otra vez: son las cartas a las siete iglesias, y el término está por todas partes. Luego, a partir del capítulo cuatro —justo donde empiezan los juicios, la tribulación, las copas—, la palabra desaparece. No vuelve a aparecer hasta el final del libro. Y de ese silencio se saca una conclusión: si la palabra iglesia no está en los capítulos de la tribulación, la Iglesia tampoco está; se fue antes del capítulo cuatro, y lo que desfila por esas páginas le ocurre a otros.
Tómalo en serio, porque el patrón es cierto: la palabra, en efecto, se ausenta. Pero hay un problema, y es de raíz. Esto es un argumento del silencio —se concluye que algo no está porque no se lo nombra—, y el silencio nunca probó una ausencia. Que una palabra falte no demuestra que la cosa falte. Pero ni siquiera hace falta apoyarse en eso, porque aquí el silencio es falso. La Iglesia no desapareció de esos capítulos. Está en cada uno de ellos. Solo que no la están buscando por su nombre.
Mira. En medio de la tribulación, cuando la bestia ejerce su poder, el texto dice que «se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos» (Apocalipsis 13:7). Los santos están ahí —no en el cielo, a salvo, sino en la tierra, bajo la bestia, siendo perseguidos—. Más adelante, en el corazón mismo de esos capítulos: «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús» (14:12). Y la sangre de los santos aparece derramada una y otra vez conforme caen los juicios (16:6; 17:6; 18:24). Los santos llenan las páginas de las que supuestamente la Iglesia fue retirada.
¿Y quiénes son «los santos»? Son la Iglesia. Es la palabra con que el Nuevo Testamento la nombra más que con ninguna otra. Pablo escribe «a los santos que están en Éfeso» (Efesios 1:1), «a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos» (Filipenses 1:1), a los romanos «llamados a ser santos» (Romanos 1:7). Cuando el apóstol quiere dirigirse a una congregación de creyentes, los llama santos sin pestañear. De modo que decir «la Iglesia no se menciona en la tribulación» solo es cierto si uno decide de antemano que la Iglesia puede llamarse de una sola manera —y se queda mirando una de sus palabras mientras ignora la otra, que está ahí, en cada capítulo, sufriendo y perseverando.
Hay incluso una razón sencilla para que la palabra iglesia se retire, y está a la mano. Los capítulos dos y tres son cartas a congregaciones reunidas: ahí es donde cabe la palabra iglesia, que nombra precisamente a la asamblea congregada. Del capítulo cuatro en adelante la escena cambia: ya no hay congregaciones recibiendo correspondencia, hay un pueblo disperso y acosado bajo la bestia. La palabra de la asamblea reunida se retira; la palabra del pueblo santo se queda. El vocabulario sigue a la escena. Pero conviene decirlo claro: no se necesita esta explicación para que el argumento caiga. Ya cayó, porque el pueblo está ahí.
Queda la salida del que afina: «esos santos no son la Iglesia; son santos de la tribulación, otro grupo, gente convertida después de que la Iglesia se fue». Nota lo que acaba de pasar. El argumento ya cambió. Empezó diciendo «la Iglesia no se menciona» —el silencio— y ahora dice «sí se menciona, pero son otros» —la separación—. Es otra afirmación, y es justo la que la entrada anterior ya examinó: que Israel y la Iglesia, los creyentes de antes y los de después, sean dos pueblos con dos programas. El olivo era uno. Si no hay dos pueblos, no hay dos grupos de santos; hay un solo pueblo de Dios atravesando la tribulación, llamado por el nombre de siempre.
Otra vez, entonces, una certeza apoyada en lo que el texto no dice. Solo que esta vez el texto sí lo dijo —y lo dijo en cada página.
El que se cree fuera
La postura del «antes» tiene un tercer apoyo, y es quizá el más atractivo de todos, porque no es un argumento de letra sino de expectativa. Se llama inminencia, y dice así: Cristo puede volver en cualquier instante, hoy mismo, sin que antes tenga que cumplirse ninguna profecía. Nada lo precede; el creyente vive en vela porque la trompeta podría sonar mientras lee esta línea. Y de ahí sale un reclamo contra el «después»: si la Iglesia es recogida «inmediatamente después de la tribulación», como dice Mateo, entonces el regreso ya no sería inminente —primero tendrían que aparecer el anticristo, la abominación, las señales—. ¿Y cómo obedecemos entonces el mandato de velar y estar preparados en todo momento, si todavía faltan cosas por pasar?
Es una buena pregunta, y merece respuesta, no esquive. Y conviene contestarla en el único lugar donde tiene sentido hacerlo: el mismo discurso donde Jesús manda velar.
Porque resulta que el que manda velar es el mismo que da las señales, y las da juntas, en la misma conversación, sin ver entre ellas contradicción alguna. En Mateo 24 Jesús describe las señales con todo detalle —guerras, hambres, la abominación, la gran tribulación— y luego, con la imagen de la higuera —que anuncia el verano cuando le brotan las hojas, sin decir el día—, concluye: «cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas» (24:33). Conocer que está cerca, al ver las señales. Y a renglón seguido, sin cambiar de tema: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (24:42). Las señales y la vela, una junto a la otra, de la misma boca. Si Jesús hubiera sentido que dar señales anula el deber de velar, no habría hecho las dos cosas en el mismo aliento. No las sintió en conflicto. El conflicto, si lo hay, no está en la página: está entre la página y el esquema que se le pone encima.
Y es que velar nunca significó «no saber siquiera por dónde van los tiempos». Significó estar listo. Lo que sigue al mandato de velar no es una lección de cronología, es un retrato de conducta: el siervo fiel a quien su señor halla cumpliendo su tarea, frente al siervo malo que dijo «mi señor tarda» y se puso a golpear y a embriagarse (24:45-51). La diferencia entre los dos no es que uno supiera la fecha y el otro no —ninguno la sabía—; es que uno vivía preparado y el otro no. Velar es una manera de vivir, no una ignorancia del calendario. Se puede ver venir la tormenta y seguir velando; de hecho, verla venir es parte de velar.
Pero hay algo más, y es lo que le da vuelta a todo el asunto. El peligro contra el que Jesús pone en guardia en ese discurso no es el de un Señor que llega sin avisar. Es otro, y lo dice desde la primera frase: «Mirad que nadie os engañe» (24:4). Lo que más le preocupa no es que sus discípulos se duerman y pierdan la hora; es que los engañen. ¿Y con qué los engañarían? Con señales. «Se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos» (24:24). Leámoslo despacio, porque es grave: el riesgo no es que al creyente le falten señales que ver; es que vea las equivocadas —prodigios reales, hechos a propósito para arrastrarlo—. No es descuido, es señalización falsa puesta en su camino.
Y nota a quién apunta ese engaño: «aun a los escogidos». Los escogidos están en el cuadro —no a salvo y lejos, sino en medio del peligro, en la mira, teniendo que discernir—. Es la misma palabra que unos versículos después nombra a los que serán reunidos por los ángeles (24:31), y la misma con que el resto del Nuevo Testamento nombra a la Iglesia. Los escogidos a quienes la bestia querría engañar y los escogidos que serán recogidos al final son los mismos: un pueblo que atraviesa la prueba, advertido, en riesgo, mirando —no un pueblo que ya no está.
Y aquí el reclamo de la inminencia se da vuelta entero. Todo este discurso —«mirad», «no os engañéis», «ya os lo he dicho antes» (24:25)— supone una Iglesia presente y despierta, con el ojo entrenado para distinguir la señal verdadera del prodigio falso. El que da por hecho que se irá antes no entrena ese ojo, porque ¿para qué, si no va a estar? La doctrina que promete la salida ahorra el discernimiento que el texto manda tener. No hace falta decir aquí si eso fortalece o debilita al que la cree; basta con preguntar: las instrucciones de Jesús para resistir el engaño de la tribulación, ¿para quién eran, si no para los que la verían?
Otra vez, entonces, lo mismo. El texto da señales y manda velar, y no ve choque entre las dos. El choque aparece solo cuando se trae de afuera la regla de que velar exige que nada se anuncie. Esa regla no está escrita. Es, como las anteriores, parte del esquema —no de la página.
La ira que nunca fue
Llegamos al apoyo más serio de todos, y al más sentido. Los anteriores eran de letra o de ausencia; este toca algo que de veras está en la Escritura y que ningún creyente quiere soltar: la promesa de que no estamos puestos para la ira de Dios. El texto es claro y es dulce: «porque no nos ha puesto Dios para ira» (1 Tesalonicenses 5:9). Y de ahí sale el argumento más fuerte del «antes»: la tribulación que describe el Apocalipsis es la ira de Dios derramada sobre la tierra; si la Iglesia no está puesta para esa ira, entonces tiene que ser sacada antes de que caiga. Salvarla de la ira es sacarla del mundo.
Hay que entrar aquí con cuidado, porque el corazón de la promesa es verdadero y no se va a tocar. La Iglesia, en efecto, no está destinada a la ira de Dios. Concedido, entero, sin reservas. Toda la pregunta es otra: ¿librarla de la ira exige sacarla antes, o se cumple de otro modo?
Y lo primero que conviene notar es que el mismo versículo que usan para la salida ya dice cómo se cumple, y no es sacando a nadie. Leámoslo completo: «no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo» (5:9). Por medio de Jesucristo. El versículo nombra su propio mecanismo, y el mecanismo es Cristo, no el calendario. Lo mismo, y más claro todavía, en Romanos: «estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira» (Romanos 5:9). Por él. Por su sangre. Así nos libra Dios de su ira: no apartándonos en el tiempo del lugar donde cae, sino cubriéndonos con la sangre del Cordero, de modo que cuando cae, no nos alcanza. El versículo que se trae para probar el rescate por remoción dice, en su misma frase, que el rescate es por Cristo. Es una salvación de la ira, no una evacuación antes de ella.
Pero hay un eslabón más hondo, y es donde el argumento entero se sostiene sin decirlo: hay que dar por hecho que la tribulación es la ira. Esa igualdad es la bisagra de todo. Si la tribulación es la ira de Dios, entonces sí, quien escape de la ira escapa de la tribulación. Pero el texto nunca suelda esas dos cosas. Las mantiene separadas —de palabra y de destinatario— de principio a fin.
Miremos la primera. La palabra tribulación —thlipsis— es, en el Nuevo Testamento, la suerte ordinaria del creyente. No es un castigo del que haya que huir; es el camino. Jesús se lo dijo a los suyos sin rodeos: «en el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33) —thlipsis, la misma palabra—. Y Pablo, recorriendo las iglesias, las animaba diciendo «que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hechos 14:22) —otra vez thlipsis—. Si la tribulación fuera la ira de Dios, entonces Jesús les prometió a sus discípulos la ira, y Pablo enseñó que se entra al reino atravesando la ira. Nadie cree eso, y con razón: la tribulación no es la ira. Es lo que el pueblo de Dios padece en un mundo que no es suyo.
Y en el Apocalipsis mismo, en el corazón de los capítulos en disputa, aparece una multitud que zanja la cuestión. El anciano le pregunta a Juan quiénes son los vestidos de blanco, y la respuesta es: «estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero» (Apocalipsis 7:14). Han salido de la gran tribulación: estuvieron dentro. Y no son otros —son los lavados en la sangre del Cordero, los redimidos, sin ninguna duda—. Los redimidos atravesando la gran tribulación, en una sola frase. Si la pluma del propio libro pone a los lavados en la sangre dentro de la tribulación, ya no se puede decir que la tribulación sea el lugar del que el pueblo de Cristo fue sacado.
Ahora la otra palabra. La ira —orgē, thymós— no cae sobre los santos; cae sobre el mundo que no se arrepiente, y el texto dice expresamente sobre quiénes. Son los reyes y los poderosos de la tierra los que claman a los montes que los escondan «de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado» (Apocalipsis 6:16-17) —los que no se arrepintieron, escondiéndose—. Y las copas, el derramamiento final, son llamadas «el furor de Dios», vaciadas sobre «los hombres que tenían la marca de la bestia» (16:1-2). La tribulación es lo que atraviesan los santos; la ira es lo que cae sobre los que llevan la marca. Dos palabras, dos pueblos, dos destinos. El argumento del «antes» necesita que sean una sola cosa. El texto se empeña en mantenerlas distintas.
Queda un último versículo, el que se guarda para el final: la promesa a Filadelfia, «yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo» (Apocalipsis 3:10). Guardar de la hora —se lee como sacar antes de ella—. Pero esa expresión, «guardar de», es exactamente la que ya pesamos en la entrada anterior: el tēreō ek que no significa arrancar de un lugar, sino preservar dentro de él —como se guarda a alguien en medio del fuego, no antes del fuego—. La promesa no dice «te llevaré para que no la veas»; dice «te guardaré mientras la atraviesas». El mismo verbo, la misma respuesta. Tampoco ese versículo los rescata.
Y aquí cae todo el apoyo, porque ya no le queda piso. La Iglesia está librada de la ira de Dios —cierto, y para siempre—, pero por la sangre del Cordero, no por una salida anticipada de algo que, para empezar, nunca fue la ira. Se la guarda en medio, como a la multitud de blanco; no se la evacúa antes. Quítale al argumento la igualdad entre tribulación e ira —esa que el texto nunca escribió— y no queda razón alguna para sacar a nadie de ningún lado.
El velo que traemos puesto
Damos ahora un paso atrás y miremos los cuatro juntos, porque hasta aquí los vimos uno por uno y conviene verlos en conjunto.
El primero —¿recuerdas que dije que lo guardaras?— fue un nombre que el texto no dio: el que detiene, a quien Pablo decidió callar, y al que la postura llena con la respuesta que su conclusión necesita. El segundo fue una presencia que el texto sí dio —los santos, en cada página de la tribulación— y que se vuelve invisible solo porque se la busca bajo una palabra y no bajo la otra. El tercero fue un conflicto que el texto no sintió: Jesús da señales y manda velar en el mismo aliento, sin choque, y el choque hay que traerlo de afuera. El cuarto, el que acabamos de ver, fue una igualdad que el texto no escribió: tribulación e ira soldadas a la fuerza para que el argumento funcione.
Cuatro apoyos. Y cuatro veces lo mismo: ninguno descansa sobre lo que el texto dice. Cada uno descansa sobre algo que se le trae al texto. Lo dijimos al cerrar cada sección, casi con las mismas palabras, y ya es hora de darle su nombre.
Porque esto, al final, no es una rareza de una sola postura. Es la cosa más humana que hay, y nos pasa a todos. Llegamos al texto con un cuadro ya formado en la cabeza —lo aprendimos, lo heredamos, lo dimos por seguro antes de abrir el libro—, y entonces leemos, y el cuadro se confirma. No porque seamos deshonestos. Porque ver lo que uno espera ver es lo más natural del mundo. Creemos primero, y después leemos, y la lectura obedece. Le ponemos al texto un cristal, y vemos a través de él lo que el cristal ya traía pintado.
Y aquí hace falta una honestidad incómoda, o todo esto se vuelve una piedra que se le tira al de enfrente. No es eso. Esto no es un reproche contra «ellos». Es un espejo para cualquiera que tenga una Biblia en las manos —incluyéndome—. Todos llegamos con algo puesto. La pregunta no es si traigo un cristal; lo traigo, y tú también. La pregunta es si dejo que el texto me lo quite. Eso, y no otra cosa, fue lo que hizo de los de Berea un ejemplo: «recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). No examinaron al maestro para hallarle la razón; examinaron las Escrituras para ver si lo que se les decía —aun lo que decía Pablo— se sostenía en ellas. Sometieron el cristal al texto, no el texto al cristal.
El apóstol tiene, de hecho, un nombre para esa cosa interpuesta entre el lector y la página. Escribiendo justamente sobre Israel cuando lee a Moisés, dice que «hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto» (2 Corintios 3:14). Un velo —no sobre los ojos en general, hay que notarlo bien, sino sobre la lectura, sobre el acto mismo de leer el texto—. Algo tendido entre el que lee y lo que está escrito, que le deja ver lo que ya traía. Y lo que lo levanta no es la astucia ni el estudio: «cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará» (3:16). Se quita volviéndose a Aquel de quien el texto habla, que es el único que lo descorre.
De modo que la pregunta de «antes o después» nunca fue, en el fondo, una pregunta de calendario. Fue siempre esta otra: ¿leemos el texto, o nos leemos a nosotros mismos dentro del texto? ¿Dejamos que diga lo que dice, o le ponemos encima el velo que trajimos puesto? La fecha de la salida era el síntoma. El velo era el asunto.
Lo que queda en tus manos
Y aquí termino, pero no con una conclusión. Con preguntas.
Tiene su razón de ser, y es la del velo. Si lo que está en juego es un cristal que cada quien trae puesto, entregarte mi conclusión sería poner encima otro velo más —el mío—. No es eso lo que quiero. Lo bereano no fue creerle a Pablo porque era Pablo; fue tomar lo que decía y escudriñar las Escrituras «para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Eso es lo que puedo dejarte: el texto, unas preguntas, y un paso atrás. Las respuestas las hallas tú, a solas, con el libro abierto. No acusan a nadie. Solo ofrecen un criterio —y un espejo.
Empieza por la cabeza. Si las cuatro certezas que sostenían el «antes» resultaron ser una sola —lo que el texto calla—, ¿sobre qué se sostiene ahora? Y si mañana alguien te dice «la Iglesia se va antes», ¿podrás mostrarle el versículo, o tendrás que mostrarle el esquema?
Sigue por lo que esa creencia hace. Nadie puede decirte que verás la tribulación; afirmarlo sería pasarse de lo que el texto dice, y en eso no vamos a caer. Pero tampoco hallarás quien te muestre la promesa de que no la verás. Y si esa promesa no está, la pregunta deja de ser «¿cuándo salgo?» y se vuelve otra. El Nuevo Testamento dejó instrucciones para los que pasen aflicción: cómo no ser engañados, cómo perseverar, cómo no amar la vida hasta la muerte. Si te enseñaron que esas instrucciones eran para otro pueblo, uno del que no formas parte, ¿qué hiciste con ellas? ¿Y si la pregunta más urgente no fuera cuándo te vas, sino si estás listo para quedarte?
Llega por fin a lo más cercano, a la estructura en la que estás parado. Jesús advirtió que vendrían prodigios capaces de engañar, si fuera posible, aun a los escogidos. Si eso es así, una pregunta deja de ser teórica: ¿qué te prepara para distinguir la señal verdadera del prodigio falso? ¿Te formaron para probar los espíritus, para escudriñar las Escrituras y ver si las cosas son así —o para no preguntar, para confiar sin mirar en el que lleva la palabra? Un cuerpo donde se puede examinar, contradecir y pedir cuentas sostiene una vigilancia que ningún oído solo, y ninguna grey enseñada a callar, alcanza a imitar. La iglesia donde estás, ¿te entrena para mirar el texto por ti mismo, o para descansar en que ya hay quien lo mira por ti?
Y una última, debajo de todas. Tu paz —esa que tienes, o que te falta, cuando piensas en lo que viene—, ¿sobre qué descansa? ¿Sobre una fecha de salida que el texto nunca dio, o sobre Aquel que prometió guardarte en medio del fuego, y no antes de él?
Porque al final, el que dio las señales es el mismo que dijo «mirad, os lo he dicho antes» (Mateo 24:25). No nos dejó una fecha. Nos dejó su palabra, y el encargo de mirar. Todo lo demás —el cuándo, el cómo, el orden exacto— es velo: y de cada quien es quitárselo, o seguir leyendo a través de él.
Esta entrada es parte de una serie
Cuatro publicaciones que se pueden leer por separado, pero se complementan entre sí. Si llegaste a esta primero, empieza por Todo Israel será salvo.
- Todo Israel será salvo — la promesa que Dios no ha olvidado, y a quién incluye.
- Antes o después de la tribulación — sobre el regreso de Cristo que todos esperamos.
- Los cuatro pilares del «antes» — los argumentos que sostienen el «antes», tomados uno por uno, en serio.
- Un anciano entre los ancianos — lo que el Nuevo Testamento dice sobre quién gobierna la iglesia local.
3 comentarios sobre “Los cuatro pilares del «antes» (pretribulacionismo)”